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Advertencia: algunos relatos pueden tener contenido para adultos.

ANIK

ANIK es una novela de fantasía en la que una joven recibe un medallón mágico que le otorga unos poderes extraordinarios.

LA PIEDRA DE SCONE

ANIK sigue luchando para continuar su vida normal y no perder el amor de su vida en su lucha contra los seres alados.

LA INVASIÓN DE LOS REINOS DEL HIELO

La humanidad está en peligro y Anik, junto a sus hijos Sigurd y Meghan y los amigos de este: dos dioses asgardianos, lucharán para salvar a la Tierra y a sus habitantes.

ANIK

ANIK es una novela de fantasía en la que una joven recibe un medallón mágico que le otorga unos poderes extraordinarios.

LA PIEDRA DE SCONE

ANIK sigue luchando para continuar su vida normal y no perder el amor de su vida en su lucha contra los seres alados.

LA INVASIÓN DE LOS REINOS DEL HIELO

La humanidad está en peligro y Anik, junto a sus hijos Sigurd y Meghan y los amigos de este: dos dioses asgardianos, lucharán para salvar a la Tierra y a sus habitantes.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Feliz 2013


jueves, 13 de diciembre de 2012

HIJO DE LA LUNA NEGRA

El próximo veinte de diciembre de 21012 saldrá a la venta, si no hay problemas de última hora, mi segunda novela "Hijo de la Luna Negra".

Sinopsis:



Edgar, un joven estudiante, hijo y nieto de Guardia Civil, descubre a través de una novela la vida oculta de su abuelo. Este, sintiendo cercana su muerte, decide contarle su vida secreta como guerrillero, su traición y su trabajo como infiltrado en la izquierda al servicio de la Guardia civil. Pero no le puede contar la “Gran Mentira” de su familia. 
Junto a Edgar está Aura, su novia, con la que vivirá una intensa historia de amor y erotismo y le protegerá de todos los males.
A la muerte del abuelo recibe una gran herencia y se desvela la “Gran mentira” que cambiará su vida y le hará buscar sus orígenes.

Esta es la portada de la nueva novela:


La podréis adquirir a partir del día veinte en la tienda online del autor: LIBRERÍA DE MORENO.
El precio es de 14 Euros incluidos gastos de envío, excepto contrarreembolso  y podéis utilizar el cupón de descuento de 3 Euros del 23 de diciembre al 7 de enero poniendo en el carrito de compra: LANZAMIENTO

También podéis ir a la tienda online a través de las pestaña "Comprar libros" de este blog.

Mi correo es: andosmore@gmail.com




sábado, 24 de noviembre de 2012

MIS PROYECTOS LITERARIOS

Poco a poco se van cumpliendo mis proyectos literarios de la Serie:  GUERRA Y POSGUERRA.
La Guerra Sencilla publicada. Para el 10 de diciembre saldrá la segunda parte titulada HIJO DE LA LUNA NEGRA. El teatro publicado y espero que para el próximo año NADIE AMABA A FEDERICO COMO YO  vea la luz, ahora está en fase de corrección. 
De la Serie: FANTASÍA la primera novela está muy avanzada y espero terminarla antes del verano:


viernes, 5 de octubre de 2012

El escritor y la rubia del vestido rojo




El camarero no dejaba de mirar la puerta. Desde hace seis años, el escritor nunca había llegado tarde. Todos los días a las seis en punto entraba por esa puerta y se sentaba en la mesa del fondo, sacaba su libreta y su bolígrafo mientras Efrén, el único camarero del bar, le servía un café y una copa de coñac, y se alejaba para dejarlo a solas con sus historias. Salvo un escueto «buenas tardes», nunca había intercambiado  una palabra con él. Sabía que nunca había publicado un libro, pero cada tarde escribía durante varias horas. Nunca habló de sus historias. En realidad nunca hablaba con nadie.
            Ese día llegaron las seis, luego las siete, y el escritor no entró. Efrén terminaba su jornada a las ocho, a partir de entonces era el dueño del bar el que se hacía cargo del negocio hasta la hora del cierre, después de doce horas tenía ganas de llegar a su casa y hacer el amor con su mujer en el salón de su casa. Mientras limpiaba el mostrador, miraba la máquina del café y la botella del coñac, luego dirigía su mirada a la mesa vacía, « ¿dónde estará?, ¿qué le habrá pasado? » Pensaba preocupado sin saber por qué.
            Eran casi las ocho cuando el escritor entró por la puerta. Efrén estaba a punto de marcharse, sin embargo preparó el café, la copa de coñac y se las llevó a la mesa.


  •  ¡Buenas tardes! ¿Qué le ha pasado hoy? -le preguntó el camarero interesándose por las causas de su retraso.
  • Hoy me ha pasado algo maravilloso.
  • Me alegro, ¿y puede saberse que ha sido?
                  El escritor miró a Efrén, luego al dueño del bar que se encontraba detrás de la barra.
  •  Estamos solos -le comentó el camarero.   
  •  Es largo de contar, pero si quiere escucharme se lo puedo relatar.
                        Efrén dejó la bandeja en el mostrador y se quitó el mandil de camarero que colgó en la percha de la cocina, volvió junto al escritor y se sentó por primera vez en seis años a su lado.

  • Ya he terminado mi jornada laboral, tengo todo el tiempo del mundo para escucharle. 
  •  ¿No le espera nadie? 
  •  Me espera mi mujer, pero ya está acostumbrada a mis retrasos. Le escucho.

                           El escritor, bebió un sorbo de café, separó un poco el cuaderno donde escribía su novela y miró a Efrén sonriendo.  
  •  Hoy, cuando me dirigía a este bar, al llegar a la avenida, me he encontrado con una preciosa rubia con un vestido rojo y zapatos a juego. 
  •   ¿Una rubia? 
  •   La señora volvía de la compra con una bolsa en cada mano, era evidente que pesaban mucho y con los tacones apenas si podía andar. Me ofrecí a ayudarle y aceptó muy agradecida. Le acompañé hasta su casa y le dejé las bolsas junto al ascensor. Ya me disponía a volverme cuando me dijo con voz angelical: 
  •  Si quiere un café se lo prepararé con mucho gusto. 
  •  Yo nunca rechazo un café -le dije muy cortés y subí con ella a su casa. 
  •  ¿Y qué pasó entonces?, ¿era casada? -le preguntó muy emocionado Efrén. 
  •  Sí, era casada, eso lo supe después. Me senté en el sofá y ella se marchó a la cocina, volvió enseguida con una taza de café que dejó sobre la mesa. Sin mediar palabra se sentó a horcajadas sobre mis piernas y me echó los brazos al cuello. Acercó sus labios a los míos en un beso desesperado que me pareció infinito. Sin separar su boca de la mía, y mientras hundía su lengua en mi garganta, me quitó la camisa y me desabrochó el pantalón. Luego llevó su lengua a mi cuello, bajó por mi pecho y para cuando llegó a mi entrepierna ya me había quitado el pantalón. Yo pensé que el mundo se acababa de placer, pero me equivocaba. Se puso de pie y comenzó a bailar moviendo su melena rubia al tiempo que se quitaba el vestido rojo, siguió con su sujetador de encaje blanco y su tanga también blanco, solo le quedaron los tacones rojos. Se puso entonces de pie en el sofá dejando mi cabeza entre sus muslos, y me llené de su sabor mientras oía sus gemidos hasta que sus muslos se apretaron contra mi cabeza y un temblor recorrió todo su cuerpo. Volvió a sentarse sobre mí, esta vez introduciendo mi miembro en su cuerpo, y comenzó un movimiento infernal que me elevó a otra dimensión hasta que exploté de placer.
                        −Se vistió sonriendo y contempló como me vestía yo. Su voz angelical sonó de nuevo−
  • Vístete rápido, a las ocho sale mi marido del trabajo y le estoy preparando una sorpresa. 
  •   ¿Nos volveremos a ver? –le pregunté para saber si esto se repetiría. 
  •  No, lo de hoy ha sido una excepción, sólo he querido agradecerte tu caballerosidad y de camino practicar la sorpresa que le voy a dar a mi marido. 
  •  Seguro que se siente tan feliz como yo. Te estoy muy agradecido. Eres la única mujer con la que he estado en mi vida. 
  •   ¿Nunca habías estado con una mujer? 
  •  Yo soy hombre de un solo amor, ella no me quiso y no volveré a amar. 
  •   Entiendo –me dijo muy compresiva.
                   −Me acompañó a la puerta, la quise besar de nuevo y solo me ofreció su mejilla,  me vine al bar para seguir mi rutina de todos los días−.

                    Efrén se quedó pensativo  «menos mal que mi mujer es morena» pensó para sí mientras salía del bar en dirección a su casa. Cuando llegó su mujer lo esperaba frente a la puerta, Efrén  se quedó pasmado al verla:
  • Cariño, me he pintado el pelo rubio y me he comprado este vestido rojo y estos zapatos a juego para cumplir tu fantasía favorita. ¡Vaya sorpresa! ¿Verdad?



           


           







 

viernes, 7 de septiembre de 2012

GADEA, UNA MUJER ÍBERA



Gadea cruzó el claro del bosque y comenzó a subir la ladera de la sierra por el camino de siempre. El santuario se encontraba en la cima de la Sierra Pequeña, junto a la Fuente de los Dioses, en una cueva profunda cuyo eco, al entonar las oraciones formaban un ambiente de gran religiosidad. Cuando llegó al final del bosque escuchó un tropel de caballos por el camino de la ciudad. Dirigió su mirada hacia allí y vio como un jinete huía de otro grupo de jinetes, el jinete que huía era íbero, los otros eran sin duda, soldados romanos, parecía que podría escapar pero una lanza le alcanzó y lo derribó. Al caer al suelo se quedó inmóvil, los jinetes le rodearon y le pisaron con los caballos. Como no dio señales de vida, guardaron sus armas y continuaron su camino llevándose el caballo que llevaba el ibero, parece que era eso lo que buscaban. No le gustaban los romanos y aunque su tribu compartía su tierra con los íberos, que llegaron a esta tierra hace muchas generaciones, no era asunto suyo.

Pasó todo el día limpiando y preparando el altar para la ceremonia del día siguiente, al caer la tarde decidió volver a su alquería cuando vio de nuevo el cuerpo inerte del íbero. Se acercó y al darle media vuelta para verle la cara descubrió que estaba vivo.

Ella era sacerdotisa, no podía dejar abandonado un moribundo.

«Si está vivo tal vez los dioses quieran que viva». Lo apartó del camino y lo llevó junto a un árbol, le quitó el escudo y la falcata que colgaban de su cuerpo y buscó una piedra que le puso debajo de la cabeza, parecía respirar mejor. Examinó su cuerpo lleno de cicatrices de guerra, «se trata de un guerrero que ha debido de estar en muchas batallas». Tenía la punta de una lanza clavada en un muslo que le sangraba abundantemente. En el pecho un gran moratón indicaba que los caballos al pisarlo le habían roto algunas costillas y no podía respirar bien. «Lo más probable es que muera, pero mi obligación es curarlo, si vive o no que lo decidan los dioses».

Cogió su daga y hurgó la herida hasta encontrar la punta de la lanza, luego metió el dedo y la extrajo totalmente de la pierna. «El hierro solo ha roto carne, eso es bueno». Se quitó la túnica y con la daga cortó unas tiras y le vendó el muslo. El ibero seguía inconsciente. «Tengo que transportarlo a la aldea, paras ello necesitaré un carro. Debe moverse lo menos posible». Dejó al ibero bajo el árbol, no sin antes ponerle su falcata junto a su mano por si despierta y le ataca algún felino mientras vuelve, y se marchó a paso ligero a la aldea, distante una media hora de aquel lugar.

Entró a la alquería por la puerta de los espíritus, que conducía directamente al palacio dónde vivía junto a su padre. Dejó primero en el santuario de los Primeros Dioses sus aperos para realizar las ceremonias. Al llegar a su casa contó rápidamente el incidente a su padre que apoyó su acción y puso a su disposición un carro y dos hombres que le ayudaran en el rescate de aquel hombre. Con la carreta tuvieron que ir por el camino principal y tardaron más de los que Gadea deseaba. Quería que aquel hombre viviera «Dios de la vida, protégelo» rezaba mientras se acercaban al lugar. El ibero seguía inconsciente cuando llegaron, pero la herida del muslo había dejado de sangrar, prepararon unas parihuelas y sobre ellas lo depositaron en la carreta. Recogió las escasas pertenencias y se subió junto al herido, le cogió la cabeza entre sus brazos intentando amortiguar los baches del camino sin darse cuenta que su corazón palpitaba al mismo ritmo que el del herido. Seguía respirando con dificultad y durante el trayecto solo una vez abrió los ojos y fue para sonreírle pero rápidamente cerró los ojos y no respondió a ninguna pregunta. Gadea elevó su pensamiento a los dioses para que no muriera.

En cuanto traspasó las puertas de la muralla y se dirigió a casa del jefe de la tribu la gente se concentró en los alrededores para saber que había pasado. Ya casi oscurecía y todos habían terminado sus labores. La paz había llegado después de muchos años de guerras con los púnicos y romanos y no querían que ahora se rompiera por un incidente que no era de su incumbencia. Alojaron al herido en una de las habitaciones para invitados a petición de Gadea que quería tenerlo cerca y los curanderos comenzaron a examinarlo, Gadea permaneció a su lado y ayudó en el vendaje del cuerpo para que si vivía, las heridas de las costillas se curaran debidamente.

Chalbus, jefe de la tribu y padre de Gadea se dirigió a su gente en cuanto dejaron el enfermo en manos de los curanderos y les explicó que Gadea había visto desde el santuario de la Sierra Pequeña como el ibero había sido herido por unos bandidos que le habían robado su caballo, y lo había dejado por muerto. «No sabemos las causas de la agresión, en cualquier caso intentaremos que viva y cuando pueda nos explique qué pasó, luego decidiremos lo que hacer. Por ahora lo atenderemos conforme a nuestra hospitalidad con los forasteros». Se marcharon refunfuñando por la acogida que se le daba al desconocido, no sabían quién era ni que venía hacer a esta tierra. Tal vez fuera un viajero de paso, pero su aspecto de guerrero les causaba temor.

Gadea pasó toda la noche en vela por si el ibero se despertaba pero no fue así y al amanecer se quedó dormida. Se despertó por el bullicio de la gente que se había congregado en la entrada de la vivienda. Eran los iberos que vivían en el poblado y que antes de irse a sus labores querían verle la cara por si alguno lo conocía. Puso orden y les pidió que pasaran a verlo un momento, de uno en uno. Así lo hicieron y solo uno pareció reconocerlo, un bastetano que se había casado con Salea, hija de Selbus y que era agricultor.

  • ¾ Se parece a Sheraton, Hijo de Sheratus, un antiguo príncipe de Basti, si es él, se marchó con Aníbal hace muchas lunas. Su familia, parte de la cual era rehén de los púnicos, se enfrentó a los romanos y fueron derrotados y masacrados, los que sobrevivieron fueron vendidos como esclavos. Si es él, ahora no es nadie.

Gadea se sobrecogió al oír esa palabras y sintió pena por aquel desconocido que seguramente volvía a su tierra después de sobrevivir a la guerra y no sabía que ahora no tenía donde ir. Ahora lo importante era sobrevivir, lo demás ya se vería en su momento. Tenía pinta de saber solucionar sus problemas. Decidió lavar su cuerpo con agua aromática que ahuyentara los malos espíritus y le fuera más fácil la recuperación. Buscó la esponja de mar que su padre le había conseguido en un intercambio con un comerciante fenicio, y lavó su cuerpo con mucho cuidado por las zonas que no estaba vendado, el íbero de vez en cuando se quejaba de dolor. Tenía la piel clara, tensa y áspera y el pelo moreno, un poco largo, era delgado, alto y bello de rostro. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices «Dios creador de la vida, cuanto ha sufrido este hombre». Cuando llegaron los curanderos le cambiaron la venda del muslo y le limpiaron la herida que presentaba un mejor aspecto, el íbero seguía sin despertar pero ya movía los brazos de vez en cuando y parecía inquieto. «Parece que va a vivir» pensaba mientras preparaba sus cosas para salir a buscar plantas para la despensa de la botica de los curanderos. Aunque ella era sacerdotisa, había aprendido el oficio de los curanderos y ayudaba en todo lo que necesitaban, como la recogida de plantas medicinales y aromáticas. Esa mañana decidió ir sola. Junto a la talega para la recogida de plantas puso su falcata, ella era la única mujer del poblado que la llevaba y aunque los romanos había prohibido llevar armas de guerra, la espada la utilizaban no solo para defenderse sino para cortar todo lo que necesitaban por lo que finalmente el Pretor les había permitido que la llevaran si iban solos, pero no podían llevar escudos ni jabalinas para la caza.

Gadea puso las pertenencias en su barca y se sentó remando rio abajo hasta encontrar las plantas e hierbas aromáticas que necesitaba para la botica. Volvió a su alquería antes del mediodía. Quería saber cómo seguía el íbero.

sábado, 1 de septiembre de 2012

SI YO TE HABLARA DE AMOR


La timidez me hizo parco en palabras habladas, pero la palabra escrita salía con facilidad de mi mente. En mi adolescencia, la timidez se acentuaba con el sexo femenino, encontrar la palabra justa en el momento oportuno era toda una odisea. Pronto descubrí una manera especial de sentir la vida y empecé a escribir poesías donde expresaba mis sentimientos, todo aquello que quería que llegara a otra persona, a veces una amiga, a veces un amor, a veces para nadie. Esa forma de sentir aumentaba la realidad de los sentimientos y los desamores se volvieron dramas terribles. Desde que tuve conciencia del amor siempre me sentí enamorado, amar y ser amado era el objetivo de mi vida adolescente. Con mis cualidades solo llegaba al grado de amigo, muy pronto descubrí que a las chicas les gustaba una de mis cualidades, la sensibilidad poética, y utilicé las poesías para llegar a ellas. La sensibilidad era todo un problema, pues las lágrimas afloraban con facilidad y eso a veces es un incordio, por cierto, que después de mi contacto con la muerte, esa sensibilidad ha aumentado, y ahora, cuando estoy solo, veo las películas llorando, todo un problema que tengo que ir controlando. Pero no era de eso de lo que estaba hablando si no de la sensibilidad poética.

Como me costaba trabajo comunicar mis sentimientos, siempre utilicé la poesía para que ellas supieran lo que sentía. Era otra manera de hablar. A comienzo de 1977 estaba enamorado de una chica a la que llamaba Yusy, “La Loquilla de arriba” y a la que le dirigía mis poesías. En una ocasión, después de una charla con ella, le entregué una poesía titulada “Declaración de un poeta”. Era una declaración de amor en toda regla, pero me contestó que no la entendía. En el recreo le hice una estrofilla rápida y me contestó: “esta es muy corta”. Durante una clase sin que el profesor me viera escribí otra poesía más larga que titulé: “Para cuando lo leas” (y que conste que es difícil escribir mientras el profesor explica). Al salir de clase, por el camino de vuelta a casa, se la entregué, eran dos folios cuadriculados escritos con bolígrafo verde que me devolvió al día siguiente y que ahora tengo en mis manos. Está escrita a la una del mediodía de marzo de 1977, pero no dice que día. Hoy esa adolescente será una señora de cincuenta años, con un marido probablemente aburrido y unos hijos a punto de volar...A Yusy, con el recuerdo del corazón......

PARA CUANDO LO LEAS

Si yo te hablara de amor

te podría dar felicidad,

creo que bien sabes

mi corazón te sabría amar.

—Eso te dije yo—

Es corta tu poesía

—me dijiste tú—

Abstracta como la soledad

breve como la vida

oscura como un callar.

—añadiría yo—

Aparecía tu sonrisa en mi mente

y ya no sabía controlar

las imágenes del pensamiento

que tratabas de ocultar.

Quizás seas tú, mi amiga

escondida en el azar

ocultando la quimera de tu vida

en un continuo saltar.

Tus ojos me dicen deseos,

me piden besos que no puedo dar.

Mis labios dicen “te quieros”

que no puedo pronunciar.

Quisiera escribirte cosas bonitas

alegres e interesantes

–¡lo siento!– pero en este instante

mi pensamiento no me da más.

Sigo pensando en tus ojos

que me dicen la verdad

pequeños, como la primavera

bonitos, como la arena del mar.

Veo tu sonrisa volar

a lo alto de la montaña

rodeada de mariposas

que tus labios quieren besar

y tu piel acariciar.

Quisiera contarte mis sueños

llenos de amor y paz

y solo encuentran el silencio que besa

la soledad.

Si yo te hablara de amor

te podría dar felicidad,

creo que bien sabes

mi corazón te sabría amar.

No creas que estoy enfadado con ella

ni contigo, ni con las estrellas

solo con el amor que me esquiva,

que me huye,

que no me deja llegar a ti.

Continúo escribiendo, sin pensar

este momento del pensamiento

a la una del mediodía del mes de marzo

de mil novecientos setenta y siete

y siento

que no es lo que quisieras oír del viento.

Quisiera escribirte cosas bonitas

alegres e interesantes

–¡lo siento!– pero en este instante

la soledad vuelve a brillar

y el profesor me va a pillar.

((Andos))

sábado, 18 de agosto de 2012

La Virgen Tramposa en Huélago

El 15 de agosto siempre fue fiesta, pero era una fiesta solamente religiosa. Sim embargo desde hace unos años se celebra una fiesta con todos los honores. Se trata de celebrar la vuelta de tanta gente que marchó del pueblo como emigrante y que vuelve cuando puede por vacaciones. Este año, 2012, ha tenido mucha afluencia. Me ha dado mucha alegría poder saludar a gente que no había visto desde hace muchos años.
Por eso quiero poner este video de la procesión para aquellos que no pudieron venir. Un ab razo para todos.

jueves, 2 de agosto de 2012

¿RECUERDAS?

El sol solloza
sobre tu cuerpo
mientras te besan las olas
y te digo te quiero.
El silencio de miel
circula lleno de amor
mientras vibra tu piel
morena, sobre la arena del sol.
¿Recuerdas?

lunes, 2 de julio de 2012

LA NIÑA DE LAS TRENZAS



1970.- 13 años.
La niña de las trenzas.

Ayer me miraste
 con tu cara de niña,
te hablé, me hablaste
y te marchaste con prisa.
¿Dónde vives, cómo te llamas?
¿Quieres ser mi amiga?
Cuando salgo del Instituto,
recorro las calles, mirando por las esquinas,
buscando  tus negras trenzas
entre todas las niñas.
.
Si no te veo, todo se vuelve oscuro,
si te veo, siento en mi corazón su cambio brusco.
¿Dónde vives, cómo te llamas?
¿Quieres ser mi amiga?
Si se lo digo al viento
¿el viento te lo dirá?

*** 

Mi destino cambió cuando Cáritas decidió subvencionar el Transporte Escolar para que los niños de los pueblos, cuyos padres no tenían medios económicos, pudieran realizar estudios en el Instituto de Guadix. Mi hermano Mayor, Francisco, me había mandado siete mil pesetas para que comprara una máquina de escribir, yo decidí darle otro destino a ese dinero, se lo comuniqué a mi hermana Nicolasa que le pareció muy bien. Al día siguiente nos fuimos a Guadix y me matriculé en el Instituto Pedro Antonio de Alarcón para estudiar el Bachiller Elemental, también me compró ropa para que fuera decente y pagamos las tres mil pesetas del transporte escolar, el resto lo destiné a la comida durante el curso.

Con varios años de retraso se cumplía mi sueño de estudiar, yo ya había cumplido los trece años cuando comencé el curso escolar en el mes de octubre y el bachiller se podía comenzar a los diez años.

Cada día a las siete y media de la mañana me subía al transporte escolar en Huélago, que hacía un recorrido infernal recogiendo niños de Laborcillas, Moreda, Huélago, Darro, Diezma, Lopera, Purullena, Bejarín y Benalúa. Los primeros días el recorrido lo hacíamos con un fuerte olor a vómitos, pero con el paso de los días el cuerpo se fue acostumbrando y estos desaparecieron. El campo de amigos se fue ampliando considerablemente, en primer lugar con aquellos que hacíamos el recorrido cada día y luego en el instituto con los compañeros de clase y de curso.

Molero fue mi primer compañero de clase y lo fue por casualidad ya que yo debía de estar en otra aula y al oír el nombre,  Antonio Molero Moreno,  yo lo confundí con el mío, Antonio Moreno Moreno, y con ellos me fui, claro luego resulta que yo no estaba en las listas y en cada clase la misma frase con el consiguiente murmullo de risas:

¾     A mí no me ha nombrado.

Hizo falta un mes para que aquello se normalizara.

Pronto hice amistad con otro niño que al ver mi timidez siempre me ayudaba en mis relaciones con los demás, Antonio Moya Molina, que vivía en un barrio de Guadix llamado La Huerta Millas.

Moya me invitó a pasar un fin de semana en su casa antes de Navidad. Por la mañana me dijo que tenía que ducharme.  Yo no me había duchado nunca, bueno eso no significa que fuera un guarro sino que en mi casa no había agua corriente y por supuesto ducha. Para lavarnos utilizábamos la palangana, donde echaba agua caliente de la lata que había en la chimenea junto a la lumbre y me lavaba por partes, primero la cabeza, luego de cintura para arriba, entonces me quitaba los pantalones y lo hacía de cintura parta abajo y finalmente, ya vestido con ropa limpia  y con agua fría, la cara. Todo eso en un rincón del salón-cocina.

Los padres de Moya si tenían ducha, esta se encontraba en la planta de arriba en medio de una habitación diáfana. La ducha me resultó rara pero placentera y muy cómoda, el agua caía continuamente y con la temperatura adecuada, no había que tirar el agua sucia de la palangana, ni añadir agua fría. Aquello me gustó, pero pasaron varios años para que mis padres pusieran el agua potable.

Después de la ducha, nos fuimos a recorrer Guadix, especialmente el barrio de las Cuevas donde había muchos rincones para jugar. Fue  allí donde la vi por primera vez.

Corríamos para ver quien llegaba antes a lo alto de un cerro y ella bajaba con una lechera en la mano, iba a la tienda a comprar medio litro de leche, al vernos se paró y se quedó mirándonos. Moya siguió corriendo pero yo me paré a su lado para mirarla detenidamente.

¾     ¿Quién eres?, ¿tú vives aquí?  ¾me dijo sonriendo.
¾     No vivo en otro pueblo, estoy en casa de un amigo ¾le contesté.
¾     ¡Ah!

Y siguió corriendo calle abajo, me quedé mirándola un largo rato mientras mi amigo me llamaba a voces desde lo alto del cerro.

¾     Mira, estoy encima de una cueva ¾me decía saltando.

Seguimos jugando y al volver Moya me propuso un juego,  a ver quién llega antes a la casa, cada uno debe tirar por un camino diferente. Él tenía ventaja pero no me importó yo volví a pasar por la misma calle para ver si la volvía a ver y de nuevo me la encontré, ahora llevaba un enorme pan debajo del brazo y en la otra mano una  talega que parecía pesar.

¾     ¿Me ayudas? ¾me dijo nada más verme.

Le cogí la talega y caminé junto a ella, no dejaba de sonreír.

¾     El pan es para nosotros y la harina es para mi tía que vive más lejos ¾me dijo¾ espérame aquí.

Y salió corriendo desapareciendo en el interior de una cueva. Al rato salió y cogió la talega.

¾     Voy a llevarle esto a mi tía, ¿vienes?

No esperó respuesta, comenzó a andar y la seguí, me contó que su madre estaba enferma y ella tenía que cuidarla y llevar la casa, pero que en cuanto se pusiera buena volvería a la escuela. Yo le hablé de mi pueblo y de mis obligaciones. Si darnos cuenta estábamos de nuevo en el camino de su cueva.

¾     Me voy que tengo que hacer el puchero.

Y se marchó. Volví a la Huerta Millas muy feliz, mi amigo Moya salía a buscarme muy preocupado por si me había perdido. Por la noche no dejaba de soñar con ella, la veía correr con sus largas trenzas de pelos negro golpeándole los hombros. Durante todo el curso volví a verla varias veces, pero sus obligaciones no le permitían estar tiempo conmigo. Al terminar el curso le escribí una carta y esta poesía que le dejé debajo de una piedra, junto al camino de su cueva.




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