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lunes, 2 de julio de 2012

LA NIÑA DE LAS TRENZAS



1970.- 13 años.
La niña de las trenzas.

Ayer me miraste
 con tu cara de niña,
te hablé, me hablaste
y te marchaste con prisa.
¿Dónde vives, cómo te llamas?
¿Quieres ser mi amiga?
Cuando salgo del Instituto,
recorro las calles, mirando por las esquinas,
buscando  tus negras trenzas
entre todas las niñas.
.
Si no te veo, todo se vuelve oscuro,
si te veo, siento en mi corazón su cambio brusco.
¿Dónde vives, cómo te llamas?
¿Quieres ser mi amiga?
Si se lo digo al viento
¿el viento te lo dirá?

*** 

Mi destino cambió cuando Cáritas decidió subvencionar el Transporte Escolar para que los niños de los pueblos, cuyos padres no tenían medios económicos, pudieran realizar estudios en el Instituto de Guadix. Mi hermano Mayor, Francisco, me había mandado siete mil pesetas para que comprara una máquina de escribir, yo decidí darle otro destino a ese dinero, se lo comuniqué a mi hermana Nicolasa que le pareció muy bien. Al día siguiente nos fuimos a Guadix y me matriculé en el Instituto Pedro Antonio de Alarcón para estudiar el Bachiller Elemental, también me compró ropa para que fuera decente y pagamos las tres mil pesetas del transporte escolar, el resto lo destiné a la comida durante el curso.

Con varios años de retraso se cumplía mi sueño de estudiar, yo ya había cumplido los trece años cuando comencé el curso escolar en el mes de octubre y el bachiller se podía comenzar a los diez años.

Cada día a las siete y media de la mañana me subía al transporte escolar en Huélago, que hacía un recorrido infernal recogiendo niños de Laborcillas, Moreda, Huélago, Darro, Diezma, Lopera, Purullena, Bejarín y Benalúa. Los primeros días el recorrido lo hacíamos con un fuerte olor a vómitos, pero con el paso de los días el cuerpo se fue acostumbrando y estos desaparecieron. El campo de amigos se fue ampliando considerablemente, en primer lugar con aquellos que hacíamos el recorrido cada día y luego en el instituto con los compañeros de clase y de curso.

Molero fue mi primer compañero de clase y lo fue por casualidad ya que yo debía de estar en otra aula y al oír el nombre,  Antonio Molero Moreno,  yo lo confundí con el mío, Antonio Moreno Moreno, y con ellos me fui, claro luego resulta que yo no estaba en las listas y en cada clase la misma frase con el consiguiente murmullo de risas:

¾     A mí no me ha nombrado.

Hizo falta un mes para que aquello se normalizara.

Pronto hice amistad con otro niño que al ver mi timidez siempre me ayudaba en mis relaciones con los demás, Antonio Moya Molina, que vivía en un barrio de Guadix llamado La Huerta Millas.

Moya me invitó a pasar un fin de semana en su casa antes de Navidad. Por la mañana me dijo que tenía que ducharme.  Yo no me había duchado nunca, bueno eso no significa que fuera un guarro sino que en mi casa no había agua corriente y por supuesto ducha. Para lavarnos utilizábamos la palangana, donde echaba agua caliente de la lata que había en la chimenea junto a la lumbre y me lavaba por partes, primero la cabeza, luego de cintura para arriba, entonces me quitaba los pantalones y lo hacía de cintura parta abajo y finalmente, ya vestido con ropa limpia  y con agua fría, la cara. Todo eso en un rincón del salón-cocina.

Los padres de Moya si tenían ducha, esta se encontraba en la planta de arriba en medio de una habitación diáfana. La ducha me resultó rara pero placentera y muy cómoda, el agua caía continuamente y con la temperatura adecuada, no había que tirar el agua sucia de la palangana, ni añadir agua fría. Aquello me gustó, pero pasaron varios años para que mis padres pusieran el agua potable.

Después de la ducha, nos fuimos a recorrer Guadix, especialmente el barrio de las Cuevas donde había muchos rincones para jugar. Fue  allí donde la vi por primera vez.

Corríamos para ver quien llegaba antes a lo alto de un cerro y ella bajaba con una lechera en la mano, iba a la tienda a comprar medio litro de leche, al vernos se paró y se quedó mirándonos. Moya siguió corriendo pero yo me paré a su lado para mirarla detenidamente.

¾     ¿Quién eres?, ¿tú vives aquí?  ¾me dijo sonriendo.
¾     No vivo en otro pueblo, estoy en casa de un amigo ¾le contesté.
¾     ¡Ah!

Y siguió corriendo calle abajo, me quedé mirándola un largo rato mientras mi amigo me llamaba a voces desde lo alto del cerro.

¾     Mira, estoy encima de una cueva ¾me decía saltando.

Seguimos jugando y al volver Moya me propuso un juego,  a ver quién llega antes a la casa, cada uno debe tirar por un camino diferente. Él tenía ventaja pero no me importó yo volví a pasar por la misma calle para ver si la volvía a ver y de nuevo me la encontré, ahora llevaba un enorme pan debajo del brazo y en la otra mano una  talega que parecía pesar.

¾     ¿Me ayudas? ¾me dijo nada más verme.

Le cogí la talega y caminé junto a ella, no dejaba de sonreír.

¾     El pan es para nosotros y la harina es para mi tía que vive más lejos ¾me dijo¾ espérame aquí.

Y salió corriendo desapareciendo en el interior de una cueva. Al rato salió y cogió la talega.

¾     Voy a llevarle esto a mi tía, ¿vienes?

No esperó respuesta, comenzó a andar y la seguí, me contó que su madre estaba enferma y ella tenía que cuidarla y llevar la casa, pero que en cuanto se pusiera buena volvería a la escuela. Yo le hablé de mi pueblo y de mis obligaciones. Si darnos cuenta estábamos de nuevo en el camino de su cueva.

¾     Me voy que tengo que hacer el puchero.

Y se marchó. Volví a la Huerta Millas muy feliz, mi amigo Moya salía a buscarme muy preocupado por si me había perdido. Por la noche no dejaba de soñar con ella, la veía correr con sus largas trenzas de pelos negro golpeándole los hombros. Durante todo el curso volví a verla varias veces, pero sus obligaciones no le permitían estar tiempo conmigo. Al terminar el curso le escribí una carta y esta poesía que le dejé debajo de una piedra, junto al camino de su cueva.




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