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sábado, 10 de diciembre de 2011

Carmen María y las matemáticas

      
Salió a la calle y apegó su carpeta al pecho, el aire de noviembre era muy frio en Guadix. Al volver la esquina se encontró con su amiga Irene:
  •  ¿Dónde vas chiquilla?
  • A estudiarme el examen de matemáticas.
  • Si todavía falta una semana
  •  Ya, pero no tengo ni idea y quiero aprobar. No quiero que mis padres me sigan dando la lata. Este año lo voy a aprobar todo.
  • Pues yo no tengo tantas ganas, de todas maneras me suspenden siempre, da igual que estudie o no.

  • Pero si tú nunca estudias.
  •  Por eso, ¿y con quien vas a estudiar?
  •  ¿Y a ti que te importa?
  • Bueno, no me lo digas, seguro que es con el chico sexy, se les da bien la matemáticas.
  •  No
  • Entonces con el profe
  • ¿Estas, loca?
  •  ¿Entonces con quién?
  • Ya hablaremos otro día, me voy. Adiós.
  • Adiós.
      Al pasar por la puerta de La Bodeguilla, salió un borracho que tropezó con ella y la cogió de la cintura, le soltó un carpetazo en la cabeza que hizo tambalearse al individuo.

  •       ¡Mierda de borracho!

    Continuó su camino a paso acelerado, cuando llegó al portal, estaba abierto, entró y subió directamente las escaleras sin coger el ascensor. Al llegar al piso respiró hondo y llamó al timbre, le abrió la puerta con una amplia sonrisa y el pijama puesto:

  • Pasa, pasa, no te quedes en la puerta.
      El piso era agradable, la calefacción estaba puesta con la temperatura muy alta.
  • Si te molesta el calor, le bajo un poco... a mí me gusta así.
  • No, está bien. Fuera hace mucho frio.
  • Siéntate en el sofá y ponte cómoda, voy a preparar un té.
  • Vale, gracias.
       Se sentó en el sofá y comenzó a pasar las páginas del libro,  se notó nerviosa, abrió la carpeta y sacó su bloc de apuntes. Tomaron el té y se pusieron a repasar los primeros temas de las matemáticas.

     A las siete decidieron descansar. Se miraron a los ojos durante un rato. Echó su cuerpo hacia atrás y apoyó su cabeza en el respaldo.

      Sintió una mano sobre su muslo al tiempo que le besaban los labios, cerró los ojos y se dejó transportar al mundo de los sentidos. Quería decir no, pero no dijo nada. Quiso abrir los ojos cuando su cuerpo quedó desnudo, para verlo todo, pero no los abrió. La nueva forma de sentir la envolvió en un estado que no sabía explicar pero deseaba que nunca terminara, el tiempo se volvió indefinido terminando en una explosión que la transportó de nuevo a la realidad, jadeaba y respiraba con dificultad, seguía con los ojos cerrados.
  • Abre los ojos –le dijo.
  • Carmen María abrió los ojos y sonrió.
  • ¿Qué me dices? –le preguntó.
  • No sé. ¿los hombres lo hacen igual?
  • Un hombre nunca sabrá lo que sientes, yo sí. ¿Estás bien?  -le preguntó preocupada.
  • No sé, sí, estoy bien. Me tengo que ir.
  •  Es temprano, son las ocho, me has dicho que hasta las nueve no coméis.
  • Sí, pero me tengo que ir.
  • Bueno, pero otro día terminamos las matemáticas, no quiero que suspendas.
  •  Vale.
       Salió con precipitación del piso, en la calle las farolas estaban apagadas, respiró hondo y se alegró de que nadie pudiera verle la cara, se imaginaba las mejillas coloras y la gente preguntándole porqué, apretó la carpeta contra su pecho y aceleró el paso, en un momento llegó a su casa, entró directamente al cuarto de baño y cerró la puerta con el cerrojillo. Al mirarse al espejo notó que su cuerpo temblaba todavía, sus mejillas parecían que iban a explotar, hacía mucho calor y le faltaba el aire.
  • Voy a darme una ducha, así se me pasará.
       Se metió en la ducha con la esperanza de que se le pasara, el agua estaba muy fría, pero ella no lo notó.
  •  Niña, ¿otra vez te estas bañando? No es bueno tanta ducha. El calentador no se enciende, mira a ver a que grifo le has dao, yo voy a preparar la cena –le dijo su madre a voces desde el pasillo.
      Cuando cerró el grifo, se dio cuenta de que se había duchado con agua fría, no había usado jabón, en realidad no lo necesitaba, tampoco había encendido la estufa, solo quería quitarse el maldito calor, la temperatura en el piso era fresca, sus padres no tenían calefacción, solo un brasero en la mesa-camilla y una estufilla en el cuarto de baño, pero ella seguía con un calor sofocante y seguía respirando con dificultad, se sentía en la nada, abrió la puerta y allí estaba su madre, que le dijo:
  • ¿Dónde vas desnuda?
      Pero ella no la vio, estaba sumergida en la oscuridad, se desplomó encima de su madre que chilló al tiempo que la depositaba suavemente en el suelo.


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