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El Hospital psiquiátrico de Granada
Jueves, 18 de agosto de 1960
Domingo
Ortiz Serrano había conducido durante toda la noche en su flamante vehículo,
desde Madrid a Granada. Por fortuna
la noche era de ensueño. La carretera parecía una avenida hacia las estrellas,
alumbrada por la luna. Domingo, a pesar de su profesión, era un soñador y
aunque viajaba sin compañía y no tenía a nadie con quien hablar, siempre fue fantaseando
con su esposa. No lo podía evitar. En cuanto se encontraba solo comenzaba a
soñar con ella y le hablaba como si estuviera a su lado. Para ello había
construido un mundo exclusivo para los dos. Eso le hizo más ameno el viaje. En
realidad cuando su esposa vivía, nunca habían viajado a ningún sitio juntos, ni
siquiera tenían coche. Por eso ahora viajaban juntos a todas partes del mundo,
quería compensarla, aunque fuera en sueños, por no haberle prestado atención.
Ya desde su noviazgo, su preocupación era estudiar y estudiar para aprobar las
oposiciones y tener un puesto importante en la vida. Luego viajarían por el
mundo, a ella le gustaba viajar. Pero la vida se burló de él. Justo cuando
comenzaba a triunfar en la vida, la muerte se la llevó en plena juventud. Ahora
estaba más enamorado que nunca, ahora la amaba más que nunca. Pero solo podía
amarla en sueños.
El viaje
había sido bueno, salvo por el episodio de la gasolina. Le ocurrió que al pasar
por Despeñaperros, se dio cuenta de que la aguja del contador de combustible
estaba en el cero y necesitaba repostar lo más pronto posible. No sabía el
tiempo que llevaba la aguja indicando esa posición, por lo que podía quedarse
sin gasolina en cualquier momento. Observó la lejanía y la oscuridad no le
ofreció ningún lugar para refugiarse. Dejó de soñar. Se preocupó. No sabía dónde
encontrar una gasolinera y siguió el primer indicador hacia un pueblo. Paró el
coche en la plaza de esa villa y encendió un cigarrillo. A esas horas de la
noche todo el mundo dormía. Pensó que quizás debería de esperar a que fuera de
día para encontrar a alguien para preguntarle dónde comprar gasolina. Sin
embargo, no habían pasado ni cinco minutos, cuando un anciano se le acercó a
preguntarle, si tenía algún problema.
¾ Buenas
noches. Sí, me he quedado sin gasolina y no sé dónde comprarla a estas horas.
¾ Venga
conmigo ¾Le
dijo sin más explicaciones.
El individuo
era bajito, llevaba un pantalón de pana raída y una camisa blanca remangada
hasta el codo. El poco pelo que le quedaba en la cabeza lo llevaba de punta
como si hubiese saltado de la cama sin haberse peinado. Andaba con pasos cortos
pero rápidos. Arrancó de nuevo el motor del coche y lo siguió hasta un callejón
a las afueras del pueblo. Allí se paró ante una casa que tenía un gran portón
al lado de la puerta de entrada. El anciano llamó con insistencia hasta que salió
un hombre calvo, de mediana edad, con pantalón corto y camiseta blanca de
verano. Era un taller de coches. El diálogo fue breve. El individuo abrió el
portón y entró. Encendió la luz y el taller se iluminó haciendo unos
relampagueos harta que la luz se estabilizó. En el interior solo había un coche
negro con el capó levantado, y, en los laterales, estanterías repletas de
objetos. Estuvo buscando algo y finalmente cogió una lata no muy grande. Se
acercó con ella hasta el coche, le quitó el tapón del depósito y vaciando su
contenido dentro. Parecía una película de cine mudo en la que los actores
actúan sin gesto alguno. Cuando el individuo terminó, volvió a dejar la lata
donde la había dejado y se aproximó hasta la ventanilla con paso tranquilo.
¾ ¿A dónde va, amigo?
¾ A Granada.
¾ Entonces
pare en Bailen. Allí hay gasolinera y podrá llenar el depósito. Por las noches
deja las luces encendidas, la verá sin problemas. Si José está durmiendo,
despiértelo, de noche pasan pocos coches y suele echar una cabezadita ¾le
dijo volviendo al taller para cerrar el portón.
¾ Gracias
amigo. ¿Qué le debo? ¾preguntó con la cartera en la
mano.
¾ Nada.
La próxima vez sea más precavido.
¾ Insisto.
Le daré lo que me pida.
¾ No
insista. Que tenga buen viaje. Buenas noches ¾le expresó
dándole la espalda y regresando a su casa.
El anciano, que
contemplaba la escena en silencio, se le acercó para explicarle la situación,
como si el forastero no tuviera capacidad para entenderla:
¾ Juan
no cobra nada por ayudarle. Él solo cobra por su trabajo.
Lo entendió. Un
desconocido necesitaba ayuda y se la dieron. Sin más. Aun así, le hubiera
gustado pagar al menos el valor de la gasolina. Se despidió del anciano y dio
la vuelta; regresó por donde había venido hasta encontrar de nuevo la carretera
nacional. Continuó su camino y al llegar a Bailen vio rápidamente las luces de
la gasolinera que le había indicado el amable mecánico de aquel pueblo, y paró
para repostar gasolina. Llenó el depósito y siguió su ruta hacia Granada. Ya no
tuvo más incidencias durante el resto del viaje. Eso
le permitió seguir dialogando con su esposa el resto del camino, quería que
ella se sintiera feliz acompañándolo en su nuevo destino.
No conocía
Granada. Aun así, no tuvo dificultad para encontrar el hospital con las
indicaciones que le dieron por teléfono. Dejó su coche justo al lado del aparcamiento
que tenía reservado el director, ocupado aún, por quien le precedió.
Al salir
del coche el frescor de la mañana envolvió su cara. El hospital se encontraba
cerca del campo, a las afueras de la ciudad. En Madrid el aire no olía así. Por
un momento cerró los ojos y sintió una alegría interna que creía haber
olvidado. Respiró profundamente como si quisiera impregnarse de la esencia del
lugar al que acababa de llegar. Era hora de trabajar. Tenía ganas de comenzar
con su nueva actividad. Se trataba de un trámite que tenía que pasar y cuanto
antes lo hiciera mejor. Cogió su cartera de mano y subió las escaleras del
Hospital Psiquiátrico de Granada. Eran las nueve de la mañana del día 18 de
agosto de 1960. En la puerta ya lo esperaba el antiguo director que le saludó
efusivamente y le enseñó su nuevo despacho donde hablaron de muchos temas,
incluido el estado de la Institución. El director cesado era un hombre mayor,
de unos sesenta años, calvo. No muy alto y regordete. Su nariz prominente no le
hacía muy atractivo y su voz áspera y seca le permitía imponer su autoridad sin
mucho esfuerzo.
Después fue
presentado a los médicos y enfermeros de turno que se habían reunido en la Sala
de Juntas. Lo recibieron con un gran aplauso, como si fuese una estrella de
cine, intentando congratularse con el nuevo director. Los saludó uno a uno dándoles
la mano y les dijo unas palabras de agradecimiento. Después le acompañaron en un
breve recorrido por las instalaciones y finalmente volvieron al despacho. Los
médicos y enfermeros regresaron a su trabajo. Entró y se sentó por primera vez
en su nuevo sillón.
¾ ¿Se
sabe ya quién va a ocupar la cátedra que deja vacante Antonio Vallejo-Nájera? ¾le
preguntó su predecesor para romper el silencio que se había producido al quedar
solos.
¾ Sí,
eso está más que pensado, no hay otro candidato posible: Juan José López Ibor.
¾ Ya me
lo imaginaba, aunque aquí los rumores llegan muy tarde.
¾ En la
Universidad de Madrid no se habla de otra cosa.
¾ Hay un
tema del que no hemos hablado y que te tengo que legar para que tú lo resuelvas
¾le
dijo el ex director.
¾ Dime
Pepe, ¿de qué se trata?
¾ Del
expediente 100/1936 ¾le indicó con sequedad.
¾ ¿1936?
¾hace
mucho tiempo de eso¾ pensó.
¾ Sí, es
un expediente secreto, la orden de internamiento viene de la Jefatura del
Estado; se trata de un enfermo que nos trajeron de la prisión provincial nada
más inaugurar el hospital, en 1955. Está recluido en una habitación desde
entonces.
¾ ¿Qué
le ocurre?
¾ Bueno,
es un individuo que perdió la memoria durante la guerra civil. Aquí hemos
conseguido reconstruir su memoria, aunque a veces duda de quién es. El único
recuerdo que le ha quedado es una fantasía sobre su amor por otro hombre.
¾ ¡Ah! Interesante.
¾ Se
llama Fernando García Luna, se ha avanzado mucho en su comportamiento pero no
en su vida cotidiana, solo recuerda su amor por Federico.
¾ ¿Federico?
¾le
preguntó sin saber de quién estaba hablando.
¾ Sí.
Federico García Lorca, el poeta.
¾ ¡Ah! ¿Lo
conocía?
¾ Creemos
que sí, pero no sabemos qué hay de verdad en lo que cuenta, bueno, tampoco
tenemos constancia de quien es realmente.
¾ Muy
interesante. Bien, bien, veré qué se puede hacer.
¾ En el
expediente encontrarás una solicitud de la Presidencia del Gobierno para unos
informes de actitud y comportamiento del individuo. Yo quería solicitar una
revisión de su situación legal por si correspondiera ponerlo en libertad, pero
no he tenido tiempo para hacerla.
¾ No te
preocupes, me encargaré en seguida de ello.
¾ Bueno,
te deseo mucha suerte en el cargo y, ya sabes, si necesitas algo de mí no
tienes más que llamarme.
La
conversación fue amena, propia entre colegas, pero se notaba que ambos deseaban
terminarla. Pepe estaba contento, por fin había conseguido el traslado a
Madrid. Llevaba muchos años como director del hospital y deseaba volver a la
capital de España. La vida en provincias no le gustaba, ni a él, ni a su
esposa. En cambio Domingo quería emprender una nueva vida en un lugar tranquilo,
deseaba comenzar cuanto antes. Acompañó a su predecesor hasta las escalerillas
de salida y se despidió de él para volver inmediatamente al despacho.
Se sentó en
su mesa de trabajo. Ahora se encontraba solo y tomó posesión de verdad de su
nuevo despacho. Lo recorrió detenidamente con la mirada y la sonrisa en los
labios, luego se puso a reflexionar sobre los objetivos
que tenía en su mente. Había mucho trabajo por hacer. El Director General del
ramo le había ordenado, personalmente, su marcha a Granada para iniciar las
reformas necesarias y llevar la psiquiatría en la provincia hacia la
modernidad. Y eso era lo que iba a hacer.
Comenzó
su trabajo con alegría. Eso era muy importante para él. Decidió empezar
estudiando los expedientes académicos de todo el personal sanitario, necesitaba
saber el potencial humano que tenía para realizar su proyecto. Entre los
médicos, encontró a un antiguo amigo de la Facultad de Medicina de la
Universidad de Madrid. Luis fue su compañero de habitación en el colegio mayor,
donde tenía fijada su residencia durante su carrera. Y, aunque no era
brillante, ya que se quedó atrás al repetir un curso, sí era un buen aliado,
con el que compartió no solo noches de estudio, sino también, muchas noches de
juerga. Durante un tiempo su mente se trasladó a sus vivencias de aquellos
años. Luego, al darse cuenta, se dijo que era hora de trabajar y no de soñar.
Pensó que se estaba haciendo viejo ya que cada vez recordaba con más asiduidad
el tiempo pasado. Realmente le ocurría desde que enviudó y se quedó solo.
Parecía como si su mente necesitara trasladarse al pasado.
Indicó
a la secretaria que llamara a Luis a su despacho. La charla fue animada, como
de viejos colegas. Después de recordar los viejos tiempos, le propuso que fuera
su mano derecha en la dirección del hospital y este aceptó. Era su primera
decisión, necesaria para realizar su trabajo.
Le
pidió que convocara a la Junta de Dirección del hospital y en cuanto estuvieron
reunidos, les dio un breve discurso sobre el trabajo que había venido a hacer y
les comunicó que había decidido el nombramiento de Luis como subdirector para
que fuera su mano derecha en las reformas de la institución. En realidad era el
único al que conocía personalmente y además le merecía respeto. En cuanto se
quedaron a solas, le indicó los planes a seguir.
¾ Luis,
hay dos cosas en las que quiero que te pongas a trabajar inmediatamente.
Primero, un informe de todos los internos que tenemos y sus posibilidades de llevar
una vida en el exterior con sus familias. ¿De acuerdo? Me pones en una carpeta
aquellos que tienen posibilidades de vivir con sus familias y en otra los que
no tienen rehabilitación.
¾ ¿Te
refieres a que te separe los que son capaces de vivir en sociedad y los que no?
¾ Sí. El
estado gasta mucho dinero en el cuidado de los enfermos mentales. Muchos de
ellos pueden vivir con sus familias y seguir en su casa el tratamiento. Es hora
de que sus familias participen en su cura.
¾ Pero,
¿las familias sabrán atenderlos?
¾ Nosotros
le enseñaremos.
¾ Lo veo
difícil. La familia, al igual que la gente les tiene miedo.
¾ Eliminar
ese miedo será nuestro trabajo.
¾ De
acuerdo, ¿y la segunda?
¾ La
segunda es el expediente 100/1936, ¿lo conoces?
¾ Sí,
intenté trabajar con ese individuo, pero recibí la orden de que me ocupara de
otras cosas, no sé por qué, pero no querían que lo tratara. Ese hombre no da
problemas, yo creo que tiene cura.
¾ Quiero
que me traigas su expediente, va a ser lo primero que estudie.
¾ De
acuerdo. Eso es fácil, hay una copia de todos los expedientes en este armario.
Luis
era alto, de mediana edad, tenía el pelo rubio y cara redonda, los ojos verdes
y la nariz achatada. Aún se conservaba bien, parecía más joven de lo que decía
su edad. Llevaba la bata abierta, sin abotonar, como si quisiera enseñar su
traje gris y su corbata de seda. Sus andares eran elegantes y hablaba con
propiedad. Se dirigió al armario archivador, que había en un lateral de la
habitación, abrió un cajón y extrajo la carpeta que contenía el expediente al
que se refería. Se la dejó encima de la mesa.
¾ Los
originales están en el archivo ¾le
explicó el subdirector.
¾ ¿Y por
qué están en dos lugares?
¾ Eso
fue cosa de tu predecesor, quiso que todos los informes pasaran por sus manos,
y, al archivarlos, debíamos entregarle una copia que guardaba en ese armario.
¾ Eso
está bien, creo que podemos seguir igual en ese apartado.
¾ El
anterior director dio la orden de que nadie le molestara y desde entonces no ha
salido de allí.
¾ Te
refieres a ese individuo.
¾ Sí, claro,
¿no estamos hablando de él? ¾preguntó
con ironía y le continuó hablando desde la puerta¾. Bueno,
voy a pasarme por todos los departamentos y darles las órdenes para que cada
uno prepare los informes de sus pacientes.
¾ De
acuerdo, quiero leer este expediente antes del almuerzo. Me tiene intrigado.
Luis
se marchó. Al quedarse solo respiró profundamente y se echó hacia atrás. Abrió la
carpeta que le había dejado sobre la mesa y se sorprendió de los pocos papeles
que contenía. «Si
llevaba tantos años encerrado ¿cómo es que solo hay dos informes?, el de
entrega y el de admisión». El
primero decía:
«Fernando García Luna, de filiación
desconocida, se cree que nació en 1890 en Madrid. Durante la guerra sufrió una
herida en el pecho y otra en la cabeza que le hicieron perder la memoria, sufre
alucinaciones e imagina vidas paralelas. Una vez curado de sus heridas se le
ingresó en el hospital para pobres de Granada debido a su estado mental, donde
estuvo hasta el final de la guerra. En 1940 fue identificado por un amigo suyo,
del que no constan datos, que nos facilitó su nombre y apellidos y manifestó
que no le quedaba familia de ningún tipo. Parece ser que antes de la guerra
estudió derecho, pero fue expulsado de la universidad por conducta inmoral. Los
expedientes fueron destruidos durante la guerra. También había trabajado en una
gestoría, propiedad de su padre, hasta el comienzo de la guerra civil. Aquí se
pierde la pista. Recibida la orden de internamiento desde la Jefatura del
Estado, se procede a trasladar el individuo a las instalaciones del nuevo
Hospital Psiquiátrico de Granada. Dicha orden se cumplió el 18 de agosto de
1955».
«Desde la Jefatura de Estado… ¿y quién es este
individuo para que se interese el mismísimo Franco? », —pensaba
mientras leía.
El segundo
informe hablaba de su recepción y estado de salud, así como de su
comportamiento a la llegada a este centro.
«Es
necesario que lo entreviste, tengo que averiguar de qué se trata»
—se decía así mismo.
A la hora del almuerzo prefirió irse a su casa
con la excusa de que tenía que instalarse en el nuevo piso. Ni siquiera sabía
dónde estaba su casa. Los trámites para el alquiler los había realizado por
teléfono con una agencia inmobiliaria. Un piso amueblado. La llamó y quedó con
ellos para que le entregaran las llaves de la vivienda.
La agencia mandó a un joven muy servicial que
le enseñó el piso y le ayudó con las cajas que había traído de Madrid en el
coche. En realidad solo había traído en el maletero del coche su ropa personal
y unas cajas con libros. El resto de
enseres llegaría unos días después con una agencia de transporte. Ahora debería
desembalarlo todo y colocarlo en su nueva ubicación. No le apetecía pero debía
hacerlo. A eso se dedicó toda la tarde. No tenía más remedio que hacerlo para
terminar de instalarse en su nuevo domicilio. Su esposa hubiera hecho ese
trabajo con gran alegría, pero ahora estaba solo y tenía que hacerlo él mismo.
Al llegar la noche bajó a la calle y buscó un
bar donde comer algo. Entró al primer bar que encontró y preguntó que podía
comer. Solo había bocadillos. Pidió un bocadillo de jamón con queso y una
cerveza y se lo comió en la barra del bar con la mirada perdida en las botellas
de la estantería.
Al volver a casa, tuvo la sensación de que el
piso era un horno donde se podía cocer el pan. El calor de Granada era tan
sofocante como el de Madrid. Se sentó en el sofá y encendió la tele. La noche
se le hizo larga, muy larga. Pero ya estaba acostumbrado a ese tipo de noche.
No quería darla más importancia de la que tenía. Dentro del piso el calor era
sofocante y abrió las ventanas. Todo el mundo las tenía abiertas. Deseaba que
el aire de la calle refrescara el interior, esperó en vano. Fuera hacía tanto
calor como dentro. Cuando terminó la emisión de televisión, se tumbó en el sofá
y cerró los ojos. Si no podía dormir, al menos, descansaría, y en el salón
hacia menos calor que en el dormitorio. Así se durmió, pensando en que no iba a
conciliar el sueño durante toda la noche.
Se despertó al amanecer. Le dolía la espalda y
tenía el cuerpo como si le hubiesen dado una paliza. Hubiese sido mejor dormir
en la cama a pesar del calor. El sofá no era un lugar adecuado para dormir. Eso
ya lo sabía y a pesar de eso, solía quedarse muchas noches dormido en el sofá.
En cuanto abrió los ojos notó que el aire que entraba por la ventana ahora era
fresco y agradable. Se sintió mejor. Fue al cuarto de baño y se desnudó para
ducharse. No pudo evitar mirarse en el espejo. Se tocó la cabeza, cada día
tenía menos pelo, a ese ritmo pronto sería calvo como lo fue su padre. Domingo
tenía cuarenta y cinco años. Había alcanzado la dirección del hospital muy
joven y se sentía orgulloso. No era muy alto, medía uno sesenta y seis
centímetros, de piel clara y pelo marrón. Su cara era triangular y su nariz
aguilucha. Su cuerpo no era musculoso, más bien fofo. Nunca había hecho
deporte. Se había pasado toda su vida entre libros.
Después de la ducha se vistió y se preparó
para una nueva jornada. Todavía no había comprado comida y tenía el frigorífico
de la cocina totalmente vacío, cuando eso ocurría decía su madre que si un
ratón entraba en su casa se moría de hambre. El recuerdo de su madre le hizo
sonreír. Su madre era una mujer muy inteligente que ante la imponente autoridad
de su padre, utilizaba la ironía para desahogarse, con el consiguiente enfado
de su padre. Su padre en cambio, solo hablaba parta imponer su autoridad, y,
ejercer sus castigos. Lo demás no le interesaba. ¡Cuánto echaba de menos a su
madre!
Desayunó en el mismo bar que se había comido
el bocadillo por la noche y se marchó pronto al trabajo. Parecía un joven
impaciente, pero él era así. En cuanto llegó su subdirector, Luis, le reveló su
deseo de ver al individuo del expediente 100/1936. Un expediente secreto
siempre era emocionante. Sobre todo cuando no entendía por qué, y, suponía que
ocultaban algo.
¾ Podemos
ir cuando quieras. Si te parece, es mejor después del desayuno, se pone
nervioso con las visitas.
¾ De
acuerdo, pero prefiero ir solo, quiero observarlo con tranquilidad. ¿Dónde
está?
Luis
se acercó a la ventana mientras le hablaba:
¾
Está en la habitación número 13. Es una
habitación con una gran ventana, igual a la de su despacho, que da al patio. En
un principio estaba destinada a ser un despacho, ya que tiene una situación
estratégica, luego alguien decidió dársela a ese individuo, quizás por la
creencia de que ese enfermo iba a estar largamente en esta institución. Es aquella
habitación, ¾le dijo señalando con el dedo
hacia el frente¾ ahora mismo lo podemos ver
desde aquí, está mirando el jardín a través del cristal de su ventana. Es su
ocupación favorita.
El
Director se levantó y observó la escena a través de la ventana que daba al
patio. Justo al otro lado del jardín pudo ver a un individuo sentado en una
silla, con la mirada fija en los rosales, que solo ofrecían unas cuantas rosas
quemadas por el sol. Le pareció pensativo y desde luego no parecía peligroso, más
bien todo lo contrario. ¿Qué secretos ocultaría para estar recluido por la
Jefatura del Estado? Eso le intrigaba desde que su predecesor se lo había
comentado.
A
media mañana decidió visitarle. El interno seguía sentado en la misma silla,
enfrente de la ventana, sin apartar la vida del jardín. Al verlo se levantó y
se fue a un rincón sin dejar de mirarlo. Su cara era de sorpresa. Era evidente
que no esperaba la visita. No pretendía asustarlo, pero necesitaba hablar con
él.
El
director le pidió otra silla al enfermero que le acompañaba, este, rápidamente
fue a buscarla y se la entregó. No necesitaba ejercer su autoridad de forma
drástica antes los subordinados, ni alzar la voz para que le obedecieran. Estos
parecían querer complacerle y eso le estaba resultando su trabajo más cómodo.
¾
Déjeme a solas con él ¾le
ordenó al enfermero.
Cuando
este se marchó, puso la silla junto a la del enfermo y se sentó. Durante un
momento quedó en silencio, contemplando la ventana. Luego miró a Fernando que no
quitaba ojo a sus acciones.
¾ Vuelve
a sentarte, por favor ¾le pidió al enfermo.
Fernando era un hombre de mediana
estatura, de frente ancha y nariz prominente. Su pelo era oscuro, aunque ya se
le notaban algunas canas. Obedeció y se sentó en la silla sin decir nada. Ambos
se observaron durante un rato, luego, el enfermo siguió mirando por la ventana
hasta que el director decidió romper el hielo.
¾
¿Te
gustan las rosas? ¾la pregunta le salió del alma al verlo contemplar
los rosales.
¾
Me
gustan pero no sé por qué.
¾
¿Te gustaría ver la calle?
¾
Sí. Me gustaría ver las calles y el
campo.
¾
Quisiera conocerte, ¿quieres hablar
conmigo?
¾
¿Por qué voy a hablar con usted si es
un desconocido? ¾afirmó Fernando sin mirarlo a la
cara.
¾
Tienes razón. Permíteme que me
presente, me llamo Domingo y soy el director del hospital.
¾
¿Director de teatro al aire libre?
¾
¿Cómo? No, no, director de este
hospital.
¾
Perdone, es una broma que me enseñó un
amigo poeta, hace mucho tiempo.
¾
¡Ah! Creí que no recordabas tu vida.
¾
Recuerdo cosas. Solo algunas cosas. A
usted no le he visto antes por aquí.
¾
Comprendo. Acabo de llegar, antes, el
director era otro hombre. Ahora soy yo y quiero conocerte.
¾
Bueno, pues conózcame.
Fernando
tenía la voz clara, pero firme, incluso tenía la capacidad de bromear. La
charla se prolongó con preguntas informales al principio y luego con
reflexiones sobre las cosas que le gustaban a cada uno. Parecía que eran viejos
amigos, como si hubiese una conexión interna que le permitía hablar en
confianza. Domingo estaba sorprendido con la conducta del paciente, no era la
que le habían dicho, ni siquiera parecía un enfermo mental. En ningún momento
Fernando manifestó tener miedo o sentirse amenazado, le habían dicho que tenía miedo
a salir de su habitación y el director quiso comprobarlo, quería saber cómo
reaccionaría el paciente si le invitaba a salir.
¾ Hoy
voy a comer con todo el personal y algunos enfermos, ¿quieres acompañarme?
¾ ¿Usted
los conoce a todos?
¾ No, no
los conozco, acabo de llegar. Por eso quiero comer con ellos. Para conocerlos
¿Y tú, los conoces?
¾ Algunos
vienen a verme, yo no salgo de aquí.
¾ ¿Por qué?,
¿no te dejan salir? ¾le preguntó para ver si el
enfermo captaba la ironía.
¾ Nadie
me dice que vaya, los enfermeros me traen de comer aquí.
¾ Comprendo,
hoy quiero que vengas a comer al comedor conmigo, ¿qué te parece?
Fernando lo
miró sorprendido, como si pensara que todo era una broma. En el comedor solo
comía el personal y algunos pacientes que tenían la aprobación de su médico y
eran acompañados por su enfermero. Dudó durante un momento, pero luego se
levantó con una sonrisa angelical, como la que tienen los niños cuando les dan
una golosina, pero esperando otro premio mayor que el que le acababan de hacer.
Domingo también se había sorprendido por su comportamiento y se quedó parado
sin reaccionar hasta que escuchó las palabras del paciente:
¾ Bueno.
Si usted quiere.
¾ Entonces,
vamos ¾le dijo Domingo mientras se
levantaba y colocaba la silla junto a la pared. Era una vieja costumbre que le
había enseñado su madre. Nunca dejar la silla vacía en el centro de la
habitación.
El
director echó a andar por el pasillo y Fernando le siguió, al principio a unos
pasos detrás, pero luego, caminó a su lado. Su llegada al comedor provocó la
sorpresa de todos los presentes. Le preguntó al responsable del comedor donde
se sentaban y este les indicó una mesa libre. Se sentaron y esperaron a que les
sirvieran la bandeja con la comida. Un
médico se levantó y llamó la atención de todos, luego se dirigió a él:
¾ Señor Director, sea bienvenido. Gracias
por acompañarnos.
Todos
aplaudieron y Domingo no tuvo más remedios que levantarse y decirles unas
palabras:
¾ Gracias,
gracias, gracias por vuestra acogida. Poco a poco iremos trabajando para
conseguir los objetivos que nos han marcado. Ahora, vamos a comer, que el
cuerpo también necesita alimentarse.
Un
murmullo de risas acompañó a las palabras del nuevo director. Volvió a sentarse e intentó fijar su atención en su
acompañante. Enseguida se acercó una mujer, que miró sonriendo al Director y
luego se sentó al lado de Fernando. Era mayor, aún atractiva. Tenía el pelo
negro, suelto como una magdalena y los ojos azabaches.
¾ Hola
Fernando. ¿Cómo tienes el día hoy? ¾saludó,
la desconocida.
¾ Muy
bien. El señor Director me ha invitado a comer ¾le
contestó con cortesía.
¾ Buenas
tardes señor Director.
¾ Buenas
tardes, señora. ¿Cuál es su nombre?
¾ Soy
Mercedes.
¾ Es
Mercedes. Viene a verme todos los días ¾le
explicó él.
¾ ¿Sois
amigos?
¾ Sí,
ella también ama a Federico.
¾ Todos
los días voy a su habitación y le recito alguna poesía de Lorca y también de
otros poetas. Tenemos una biblioteca, ¿sabe? Pero casi nadie la utiliza.
¾ Me
parece muy interesante. Nadie me había dicho nada.
¾ Eso es
porque nadie se preocupa de nosotros.
¾ Le
prometo que a partir de ahora las cosas van a cambiar.
¾ ¿A
usted le gustan las poesías, señor Fernando? ¾El
director quiso volver a la conversación anterior. Para hablar con los enfermos
necesitaba conocer su historial, hablar con su tutor, familiares y aún no se
había preparado para eso.
¾ Sí, me
gustan, pero no las recuerdo. No sé por qué, pero las olvido, enseguida ¾dijo Fernando.
¾ Bueno,
a mí me pasa igual. Soy incapaz de aprenderme una poesía de memoria ¾intentó
justificarlo el director.
Domingo
se puso a comer para que sus acompañantes también lo hicieran. Comieron en
silencio. Tanto el personal del hospital, que estaba en esos momentos en el
comedor, así como los enfermos presentes, los miraban asombrados. Para ellos,
era extraño ver, a aquellos dos individuos sentados en una mesa. El director
observó que Fernando comía con corrección, incluso con elegancia. Hasta ahora
todo lo que había visto sobre este enfermo le había sorprendido y no coincidía
con las observaciones que le habían hecho ni con lo leído de su expediente. No
encontraba ninguna razón para que aquel individuo estuviera en una institución
mental como aquella. Había conocido otros casos en los que el enfermo había
mejorado e incluso había desparecido todos los síntomas iniciales, pero siempre
era devuelto a su casa en la mayor brevedad. Sabía que sus actos iban a ser
observados con meticulosidad por sus subordinados, por eso los miraban tan
extrañados. Bueno eso será porque nunca
antes el director de la Institución había venido a comer con el personal y
menos con los enfermos, ¾pensó¾. Terminaron de comer y quiso hacer
otra prueba con el paciente. Al finalizar le dijo que tenía que marcharse y que
no podía acompañarlo a su habitación.
¾ No
importa señor Director, sé volver a mi casa ¾le
indicó emocionado el enfermo.
¾ ¡Bien!,
me despido hasta otro día. Tengo mucho trabajo en mi despacho. ¡Adiós!
¾ ¡Adiós!
¾le
respondió.
Ante la
sorpresa de todos, Fernando se levantó de la silla, y sin decir palabra, se
dirigió a su habitación seguido por el enfermero que lo vigilaba. Había intentado
no parecer nervioso, pero lo estaba. Su tranquilidad cotidiana había sido
alterada por aquel individuo. Sin embargo estaba contento. Hacía mucho tiempo
que deseaba llevar una vida más social con sus compañeros de infortunio. Hasta
ahora no había pedido permiso para salir por miedo a los castigos, a que de
nuevo le pusieran las corrientes, a que lo amarraran a la cama. No. No, quería
volver a sufrir aquello. Este nuevo director le pareció diferente, por eso
había confiado en él.
Cuando llegó a
su habitación se sentó de nuevo a contemplar el jardín a través de la ventana. Necesitaba
volver a su mundo para relajarse. Llevaba cinco años en aquella cárcel sin
rejas. Durante ese tiempo había conocido a muchos médicos. Unos le habían
ayudado a descubrir y ordenar la parte de su pasado que recordaba, pero otros
le habían hecho mucho daño. Ahora se encontraba muy bien. Había conocido a
Mercedes, una interna que tenía libertad para andar y visitar a otros enfermos
y le había ofrecido su amistad. En cinco años era la primera vez que alguien se
había acercado como amigo.
Fernando tenía
la mirada serena y a veces sonreía, otras, en cambio, se ponía muy serio,
parecía que vivía las emociones de la naturaleza, y así era. Su humor dependía
más del tiempo y sus circunstancias, que de los demás. Aquel patio se había
convertido en todo su mundo exterior. Era todo lo que podía ver del mundo. Aquel
que podía soñar en secreto para que nadie pudiera arrebatárselo como le
arrebataron su vida aquellos que le dispararon. El problema era que no podía saber
si los recuerdos que le venían a su cabeza pertenecían a su vida real o eran producto
de sus fantasía. Ni siquiera podía recordar nada de su niñez, ni por qué le
habían disparado. Sabía que había sido en la guerra. Pero él no recordaba
ninguna guerra.
2
El
encuentro con el Poeta.
Granada,
jueves, 1 de septiembre de 1960.
Domingo se
centró en su trabajo y los días fueron trascurriendo muy rápidamente. Pero en
ningún momento se le olvidaba la imagen de aquel hombre que decía amar a un
poeta muerto. Decidió visitarlo en cuanto tuvo un hueco en su agenda diaria. Lo
encontró como siempre, contemplando el jardín a través de su ventana. Le
gustaría indagar en su mente para averiguar por qué solo recordaba su amor por
Federico. Este punto era la única entrada a lo que fue su vida, y el camino a
seguir, dado que los daños de su cerebro no permitían otra cosa. Las heridas de
guerra le habían producido daños irreversibles, pero no conocía hasta donde
había llegado esa destrucción.
Observó
detenidamente la habitación, junto a la cama había una mesita con un papel y un
lápiz. Se fijó que estaba lleno de dibujitos, parecidos a los que haría un niño.
Pero lo que más le llamó la atención fue la firma: F. G. L. Esa firma ya la
había visto antes y parecía más la firma del poeta granadino que la de Fernando
García Luna. ¿Coincidencia?
»
Demasiada coincidencia. A lo mejor me estoy volviendo loco. ¿Nadie
se ha dado cuenta de ese detalle? Debe ser mi imaginación. Encontrar a un
hombre, que dice que, conoció y amó, a Federico García Lorca, me ha
impresionado. Tampoco le puedo hacer mucho caso a un enfermo con su historial,
y que no recuerda bien quién es. Mejor, dejo de especular mis fantasías y hablo
con él sobre el tema. Tengo curiosidad por saber qué me cuenta ¾Pensaba mientras lo observaba.
¾ ¿Quieres
que hablemos de Federico? ¾le
preguntó directamente.
¾ Si
usted quiere.
¾ ¿Cómo
era tu relación con él?
¾
Mi relación con
Federico fue extraña, amorosa y sexual, pero sobretodo extraña. Sin embargo, yo
lo amaba. Hoy lo puedo decir, cuando han pasado veinticinco años desde que lo
vi por última vez, toda una eternidad. A pesar del silencio de su muerte, yo la
vivo cada día.
¾
¿Por qué fue extraña?
¾
Por qué mis recuerdos
son confusos. Yo tenía recuerdos que no sabía su significado. Un día vino un
amigo y los fuimos ordenando.
¾
¿Quieres decir que tus
recuerdos pueden haber sido manipulados?
¾
No, mis recueros sobre
Federico son buenos. Lo que tenía más confuso son mis recuerdo personales. Y de
la niñez no recuerdo nada.
¾
Comprendo. Eso fue
debido a tus heridas de guerra ¾le
quiso explicar.
¾ No lo
sé. Ahora soy otro hombre. Qué importa lo que fui.
¾ ¿Tú lo
amabas de verdad?
¾ Nadie
amaba a Federico como yo. Yo conocía su angustia.
¾ ¿Cómo
lo conociste? ¾tenía verdadera curiosidad por
saberlo.
¾ ¿Quiere
usted que le cuente mi vida con Federico?
¾ Sí. Si
tú quieres. Has dicho que la recuerdas bien.
¾ Claro
que la recuerdo. Es lo único que recuerdo con claridad. La sueño muchas veces
pero solo a Mercedes le interesa que se la cuente.
¾ ¿Se
los has contado a Mercedes?
¾ Sí,
pero ella dice que algo no cuadra. A mí me da igual. Federico murió. Ahora solo
vive en mi corazón. Te lo contaré:
Últimos días
del Poeta en Madrid.
La primera vez que lo vi, fue paseando
por la Gran Vía de Madrid. No lo conocía pero había visto su foto en los
periódicos, era un poeta famoso. Al pasar junto a mí, me miró un segundo y mi
cuerpo se estremeció, como si hubiese sufrido un terremoto; su sonrisa y sus
carcajadas se transformaron en terror, el cielo se volvió rojo, parpadeé varias
veces y de nuevo lo miré, su angustia se había transformado en sonrisa, sus
carcajadas se oían a distancia. Todos hablaban en voz alta y a la vez. Me
sorprendió que un grupo de gente, tan bien vestida, hiciera tanto jaleo en
plena calle. Estaba acostumbrado a las continuas huelgas, manifestaciones
políticas y sindicales, de todo tipo y color, pero aquel grupo se lo estaba
pasando genial.
Continué mi camino con esa imagen
aterradora de Federico en mi mente. Vi su alegría como sufrimiento y eso me
impactó. Al llegar a mi casa, mi cuerpo todavía temblaba al recordar esa visión.
Por las noches me despertaba con imágenes del poeta convertido en monstruo.
Sentía la necesidad de reconfortar sus sufrimientos. Soñaba con él a cada
momento, como si fuera un enamorado. Desde aquel día lo busqué y pronto supe
dónde encontrarlo. Quería entrar en su círculo y necesitaba averiguar la manera
de llegar a él.
Fue a comienzos de 1936 cuando tuve la
oportunidad de acercarme a Federico. Una mañana me pasé por un bar que había
cerca de la Plaza Mayor. Me senté en una mesa y pedí un café bien cargado. Por
la mañana necesitaba la cafeína para que mi cuerpo funcionase con normalidad. Al
levantar la cabeza para observar el local, vi un individuo que parecía dormir
con la cabeza echada sobre los brazos apoyados en la mesa, y estaba solo. Poco
después, un muchacho entró y se sentó junto a él. Me llamó la atención y presté
atención, vi que levantaba la cabeza y lo miraba, pero no hablaron, solo se
observaron durante un rato. El individuo metió la mano en el bolsillo interior
de su chaqueta y sacó algo que le entregó al joven. Este lo cogió sin mirar que
se trataba y lo guardó en su pantalón, poco después se levantó con decisión y
se marchó con la mirada fija en el cielo. Al salir del local echó a correr como
alma que lleva el diablo.
Fue entonces cuando me di cuenta de
quién era. Mi alma sufrió un sobresalto al reconocerlo. Allí estaba mi
oportunidad para conocerlo en persona. Federico se levantó con dificultad,
parecía bebido, y al pasar a mi lado, y ver que lo estaba observando, me
sonrió. Yo le dije:
¾
Puedo
ver la angustia que le atormenta ¾al tiempo que le entregaba una de mis tarjetas.
Se paró un momento para leerla. Me miró
con cara de asustado o sorprendido, pero no pronunció palabra alguna. Cogió una
silla de mi mesa y se sentó a mi lado. Levantó un dedo para llamar mi atención
y me dijo:
¾
Hábleme
de mi angustia.
Hablamos un buen rato, él, que tanto
hablaba, ahora escuchaba con atención. Sus oídos estaban atentos a mis palabras.
Solo decía:
¾
Continúa,
continúa…
Yo hablaba y hablaba, él parecía
escucharme, pero me di cuenta de que estaba como hipnotizado, tal vez era el
cansancio de una noche de juerga. Me levanté y lo cogí de la cintura al tiempo
que caminábamos hacia la calle.
¾
¿Dónde
vives?
¾
En
mi casa. Yo no soy de aquí.
¾
Ya
lo sé, pero en Madrid, ¿dónde vives?
¾
En
la calle Alcalá, en el número 102, ¾me dijo con un susurro apenas inteligible.
Lo acompañé hasta su casa, más bien lo
llevé. Él no echaba un paso si yo no lo obligaba dándole un empujoncito, ya que
lo tenía que llevar casi a peso. Parecía un muñeco en mis manos. Al llegar no
encontraba la llave. Rebusqué entre sus bolsillos y finalmente la hallé, abrí
la puerta y en ese momento pareció espabilarse y se desprendió de mí.
Tambaleante, entró en el piso apoyándose
con las manos en la pared hasta llegar a su habitación. Dio unos cuantos
traspiés y se dejó caer sobre la cama.
¾
Aquí
es ¾afirmo
categóricamente. Me miró y comentó¾Me siento muy mal, y muy solo.
¾
Tranquilo,
yo te cuidaré.
¾
¿Tú
estás enamorado?
¾
Todo
el mundo está enamorado.
¾
Pero
tú ves mi angustia ¾dijo cerrando los ojos.
La habitación era amplia, muy bonita.
Tenía una cama en uno de los lados, junto a un armario para la ropa. A la
derecha del cabecero había una mesita con unos libros amontonados, y al lado,
una silla con ropa. Al fondo, una puerta que daba al cuarto de baño. A la
izquierda, había una ventana grande que daba a la calle y a un lado, una
librería en la que no quedaba un solo hueco. En el centro, una mesa llena de
libros y papeles con una silla al lado. Colgando del techo, una lámpara
iluminaba la habitación.
Durmió profundamente todo el día, y yo
me entretuve leyendo un ejemplar de La Celestina que encontré en la librería.
Al mediodía preparé un buen caldo para cuando se despertara, pero no lo hizo
hasta bien entrada la noche.
Al despertar, ni siquiera se sorprendió
cuando me vio sentado en una silla frente a él. Mi presencia le pareció normal
y mi miedo a que se asustara al verme desapareció. Para Federico todo era
normal. Cenamos la sopa y hablamos como viejos amigos. Cuando nos dimos cuenta
eran más de las doce de la noche. Llevaba todo el día a su lado.
¾
Dormirás
aquí, no quiero que salgas con el ambiente que hay en Madrid. ¡Tú ves mi
angustia!, además, no están mis padres, ni la criada. El piso es muy grande y
no quiero sentirme solo.
A partir de ese día me convertí en su
sombra, me introdujo en todos sus círculos y todos me aceptaron con gran
naturalidad. Pero yo intuía que contaba con poco tiempo.
No recuerdo mi niñez. Pero el amigo que
me ayudó a reconstruir mi vida, me contó que de niño, yo tenía un don. A veces
sabía lo que iba a ocurrir. Mis compañeros de escuela, me decían que tenía gafe,
porque predecía cuando iba a ocurrir algo malo. A mí no me gustaba pelear, por
eso cuando me insultaban o me pegaban, simplemente lanzaba unas maldiciones
sobre mis agresores que al convertirse en realidad, me otorgaron,
inmerecidamente, fama de gafe, y eso me dio un estatus de intocable que me
permitió llevar una vida tranquila. En el Instituto y en la Universidad ocurrió
otro tanto. Pero no tengo ningún recuerdo, salvo lo que me contó este amigo.
Sin embargo yo no recuerdo tener amigos y tengo la sensación de que no los
necesité, ni amé a nadie, salvo a Federico.
Me contó que quise ser abogado, pero a
los tres años de no ir a clase, mis padres se dieron cuenta y me retiraron la
financiación. A partir de entonces me tuve que poner a trabajar. Pude convencer
a mis padres para que me dieran algo de dinero para montar una gestoría, pero
pronto me di cuenta que podía sacar más dinero con mi don, que arreglando
papeles.
A mis primeros clientes los llevé
rápidamente a mi terreno, al poco tiempo todos venían a que solucionara sus
problemas actuales adivinando su futuro. Me convertí en un charlatán que vivía
del cuento. Me bastaba observar el cuerpo del individuo en cuestión y poder
adivinar lo suficiente para ganarme su confianza. El lenguaje del cuerpo es
fabuloso, pero la gente lo desconoce. Lo mismo que se aprende a hablar, yo
aprendí a conocer los gestos de los demás y a asociarlos a sus temores y necesidades.
Eso si debe ser verdad, porque yo soy así. Aun aquí, yo soy así.
Mis recuerdos propios comienzan cuando conocí
a Federico, lo dejé todo para dedicarme a él. No importa lo que estuviera
haciendo ni lo que era antes. Lo importante, lo verdaderamente importante era
Federico. Pero él no me amó, o me amó como a tantos otros, y yo tampoco se lo
exigí, ni hubiera podido hacerlo.
Su gran amor no
le correspondía como él necesitaba, por eso buscaba amores efímeros para
olvidar su soledad, amores físicos, guapos efebos a los que seducir, como
hicieron en los albores de la humanidad los dioses del Olimpo.
El último día
que pasamos en Madrid fue el once de julio de 1936. Aquel sábado, habíamos
quedado a las doce en un bar cercano a su casa. No vino. Lo esperé hasta las
tres de la tarde y fui a buscarlo a su casa. Sabía que había estado toda la
noche de juerga y pensé que necesitaría dormir.
Antes de llegar
a su casa, en las escaleras, me crucé con un joven, guapo y de tez morena.
Parecía llevar prisa. Tenía los pelos alborotados, como de no haberse peinado;
ni siquiera me miró. Supuse que era uno de sus esporádicos amantes. Para estos
casos, Federico me había dado una copia de la llave de su casa, por lo que no
tuve ningún problema para entrar, sabía que en el piso estaba él solo. Lo
encontré dormido en la cama. La luz debió de molestarle y se giró para que no
le diera en los ojos. Lo zarandee con energía, era la única manera de conseguir
que se espabilara. Al rato conseguí que abriera los ojos con cara de sorpresa,
pero se dio media vuelta e intentó seguir durmiendo.
¾
¡Vamos,
que me prometiste asistir a ese acto!, llevo varias horas esperándote en el
bar, y como no venías, me supuse que estarías en la cama ¾le grité casi al oído
para que reaccionara.
¾
¡Me
has despertado! ¾me dijo de mal humor.
¾
¡Ya
lo veo!, pero vamos a llegar tarde a la reunión, y son tus amigos. Recuerda que
esta noche cenamos en la casa del poeta chileno, ¿Dónde tienes la obra que vas
a leer? ¾le grité para que se diera por aludido.
¾
No
lo he olvidado, está sobre la mesa, pero no hables tan alto que me duele la
cabeza.
¾
¿Has
estado con Arlequín?
Sabía con quién había estado, lo
acababa de ver bajando por las escaleras como alma que lleva el diablo, pero
quería conocer su respuesta. Yo no era celoso, no podía serlo, pero me dolía lo
mal que lo trataban sus amantes.
¾
No,
no he estado con él. Está enfadado conmigo. Me vine con un guapo efebo, pero ha
debido marcharse pronto y no se ha despedido.
Eso pareció despertarlo. Poco
a poco parecía que iba admitiendo que tenía que levantarse y atender sus
obligaciones con los amigos y asistir a los compromisos que aceptaba. Porque en
realidad se comprometía a más compromisos de los que luego le apetecía
participar. En cuanto comenzaba a espabilarse, su semblante iba cambiando y terminaba
por aceptar que no podía estar todo el día en la cama. Entonces mi esfuerzo por
despertarlo comenzaba a tener sus frutos y me sentía feliz cerca de
él.
Finalmente accedió a mis ruegos y se
levantó de la cama. Mientras esperaba que se lavara y se vistiera, me senté en
la mesa y cogí un puñado de folios mecanografiados y numerados que había sobre
ella. Se trataba de la obra de teatro que quería leer a sus amigos. Si la había
pasado a máquina significaba que ya la daba por terminada, aunque eso nunca se
sabía. Su cabeza trabajaba noche y día. Siempre estaba creando. Revisé que todas las páginas estuvieran en
orden y las guardé en una carpeta azul que había sobre la mesa.
¾ ¿Es esta tu nueva
obra?
¾
Sí,
es un drama rural ¾me dijo desde el cuarto de baño.
¾
Le
gustará a todo el mundo. ¡Date prisa, que se nos hace tarde!
¾
Ya
voy.
¾
¿Es
verdad que hay una bala en tu ventana?
No respondió. Ese tema le había
impresionado mucho y deseaba contárselo a todo el mundo. Dejó lo que estaba
haciendo, salió rápidamente del cuarto de baño y se dirigió a la ventana, con
grandes gestos y la voz muy asustada me explicó el incidente.
¾
Mira,
allí está, ¾señalando con el dedo¾ si hubiera estado
asomado a la ventana, estaría muerto.
¾
¿Y
cómo fue? ¾le pregunté mostrando interés.
¾
No
lo sé, ¾me dijo decepcionado¾un tiroteo en la
calle, cada día la situación está peor. Cualquier día se matan unos a otros.
Volvió al cuarto de baño y siguió
hablándome desde allí. Cuando terminó, salió con una toalla echada sobre la
cabeza y me hizo «¡buuu!», como si fuera un fantasma. En realidad era como
un niño que en cuanto lo dejan se pone a jugar con lo primero que tiene en
mano. Sin dejar de hablar, cogió su ropa, que la tenía colgada en la silla, y
se vistió sentado en el borde de la cama. Federico era muy elegante, parecía un
caballero inglés y le gustaba vestir bien. Su ropa era siempre de calidad y se
notaba con diferencia. Le encantaba cantar. Mientras se vestía siempre tarareaba
canciones de su tierra. Canciones populares sobre las que muchas veces componía
sus poesías. Eso le hacía alegre y divertido.
Cuando estuvo listo, y para eso tenía
que armarme de paciencia, nos dirigimos a casa de un duque, donde le esperaban
sus amigos tertulianos. Yo, caminando a su vera, como siempre.
Aquella tarde parecía diferente. Por la
calle fue menos locuaz que de costumbre. En cuanto llegamos nos sentamos y
apenas si participó. Federico estaba retraído, como si en su mente estuviera
viajando por otros lugares diferentes a los de sus compañeros. No era el de
siempre. Yo lo vi muy asustado. Y me preocupé porque no era normal en él que, invariablemente,
era el alma de todas las reuniones en las que estaba. Aunque fuera un funeral
con él siempre se vivía alegría.
En aquellos días, por la noche se
sucedían tiroteos, incluso disparaban contra las ventanas iluminadas a altas
horas de la madrugada. Para evitar que se viera la luz desde el exterior,
tenían las cortinas echadas, y, aunque las ventanas estaban abiertas, no
entraba aire lo que hacía que el calor se volviera insoportable. Dadas las
circunstancias políticas, nadie se quejaba de ese hecho. Todos aguantaban el
calor con entereza, pero Federico parecía mareado.
La tertulia había derivado hacia el
terreno político y eso lo asustaba, en realidad todos estaban asustados,
temerosos de lo que podía ocurrir. Ellos no podían verlo, pero yo sí. ¡Y qué
iba a hacer yo!, prefería no opinar, me hubieran considerado un extremista y
Federico se hubiese asustado aún más.
Todos notaron que estaba raro, pero
solo yo podía ver su angustia. Respiré aliviado cuando salimos de casa del
conde. Al salir a la calle, enseguida todos sus compañeros se excusaron y se
marcharon con mucha prisa. A nadie le gustaba estar en la calle a esas horas.
Se les notaba el miedo y no era para menos, en cualquier momento podría llegar
un grupo de extremistas y comenzar un tiroteo de consecuencias imprevisibles.
Ese era el Madrid de comienzos de 1936.
Nos dirigimos a la residencia de Pablo
Neruda, que vivía en la Casa de las Flores en el Barrio de Argüelles. Federico
se animó por el camino, incluso me tarareó alguna canción y pareció ponerse
alegre; al llegar a la casa, la criada nos dijo que ya estaban allí todo los
invitados, se quitó la chaqueta echándosela
sobre el hombro, simulando un capote, y haciendo el paseíllo con la
porte de un torero. Todos aplaudieron y
él respondió haciendo un brindis mientras giraba sobre sí mismo y luego se
inclinaba como un actor. Pablo se levantó y le saludó ofreciéndole su mano.
¾
Es
un honor recibirlo en mi casa, maestro ¾le dijo muy serio el anfitrión.
¾
El
honor es miótropo¾le contestó en el mismo tono e inventándose la
palabra, según su costumbre.
Los poetas se abrazaron durante un
momento. Luego el chileno le indicó con la mano que se dirigiera a la terraza interior,
donde se sentaron con los demás invitados.
¾
¿Una
copa de vino chileno, señores? ¾les preguntó el anfitrión mientras descorchaba una
botella de vino que había mandado traer de su país.
Pablo les llenó las copas y brindaron
por la literatura. Federico se levantó y mirándolos con la copa en alto, comenzó
a recitar algo sobre el dios Baco. Al terminar le volvieron a aplaudir.
Mientras cenaban, discutieron con gran
intensidad sobre los vicios de los dioses, que eran iguales a los de los
hombres. Cada uno defendió a los que eran de su agrado haciendo que la comida
fuera muy amena.
En la sobremesa, cuando los ánimos se
calmaron un poco, cogí la carpeta que llevaba y saqué la obra de Federico entregándosela
para su lectura. Federico cogió una silla y se sentó enfrente de los demás. Todos
guardaron silencio esperando sus palabras. Con voz dramática les dijo:
¾
Señores,
tengo el honor de leer en exclusividad para ustedes mi última obra de teatro,
un drama rural que todavía no tiene título definitivo, para que ustedes juzguen
y opinen. Va por ustedes ¾dijo saludando como si tuviera una montera de
torero en las manos.
Y después de esto, comenzó a leer
con templanza y serenidad, como el mejor de los actores.
Todas las miradas se concentraron en la
persona de Federico, parecía flotar mientras leía. Sabía dramatizar la historia
como si estuviera en un teatro, como si fuese el más grande actor nacido. Pero
solo era un poeta que se transformaba en cada personaje, viviendo intensamente
sus emociones. Los espectadores no solo estaban atentos a lo que contaba, sino también
a sus gestos, al tono de su voz, a su mirada transformada en la mirada de los
personajes. Cuando terminó, el silencio fue absoluto, sus amigos estaban
impresionados, tardaron un momento en reaccionar. Federico seguía ausente, en
su mundo de ficción. Los intensos aplausos le volvieron a la realidad. Los miró
sonriente, satisfecho, mientras recogía sus folios mecanografiados. Todos se
levantaron y le abrazaron, felicitándole y augurándole un gran éxito.
Aquella noche Federico había estado
genial. Así era él. Imprevisible. Por la tarde le había visto casi derrumbado
por los comentarios pesimistas de sus compañeros de tertulia. Sin embargo, en
este foro de literatura se había crecido convirtiéndose en la gran figura
literaria que era. Este era el Federico triunfal que admiraba el público.
Cuando veía juntos a dos poetas, como
Lorca y Neruda, me decía a mí mismo: «cómo dos personas tan diferentes, se
pueden compenetrar tanto». Ambos eran tan desiguales en su forma de pensar, en
su manera de escribir, en todo. Pero tenían una cosa en común: admiraban la
poesía uno del otro. Sí, eso era. No sentían envidia, sino admiración. Esa era
la única explicación que encontré.
«Ellos se
conocieron en Buenos Aires. Federico había llegado en un gran transatlántico, tal
como él lo había pedido, el trece de octubre de 1934. Viajaba a la gran urbe
argentina para dirigir y estrenar su obra teatral «Bodas de sangre» y la gran ciudad le impresionó mucho. Pensaba quedarse dos semanas, pero
allí se encontró tan a gusto que permaneció seis meses.
Cuando partió de España nunca lo
hubiera imaginado. La llegada del poeta-dramaturgo fue recogida por todos los
medios de comunicación argentinos.
Se instaló en el hotel Castelar, y
enseguida abandonó la cortesía de extranjero integrándose en la cultura local,
como si hubiera nacido allí. Su sencillez y su sonrisa de niño conquistaron a
todo el mundo. Al día siguiente fue invitado por Pablo Rojas, ¾un poeta de
éxito argentino¾, que le ofreció una recepción en su
casa, junto al grupo de tertulianos de «La Rubia». También invitaron al poeta chileno, que estaba en Argentina como
cónsul de su país en dicha ciudad.
Federico siempre brillaba junto al
piano, entonando canciones populares, con su magia y su duende. Allí se
conocieron los dos poetas, hermanos en la poesía y en la vida. Bueno, había más
poetas, pero ellos sobresalían entre los demás.
A finales de 1933, trabajaron juntos en
un homenaje al poeta nicaragüense Rubén Darío, en el Pen Club, y aunque la idea
inicial fue de Pablo, Federico, rápidamente, vio la manera de hacerlo
sorprendiendo al público con una presentación «al alimón».
¾
Dos
toreros pueden torear al mismo tiempo y con el mismo capote a un toro, y solo
pueden hacerlo si se sienten hermanos o tienen la misma sangre ¾le explicó al chileno
que lo entendió y aceptó.
Y realmente se sentían como hermanos.
Los dos se levantaron al mismo tiempo y dieron el discurso de bienvenida al
alimón, ya sabéis, uno comenzaba la frase «Rubén» y el otro la terminaba «Darío». El éxito fue
apoteósico y durante mucho tiempo se habló de ese día.
Desde el primer momento Federico
distinguió con su amistad a Pablo y lo eligió entre los muchos poetas que
conoció en «La Rubia» o en las
tertulias literarias que visitó. Le gustaba su poesía y su carácter, a pesar de
las diferencias entre ellos, y, naturalmente, a Pablo le gustó el poeta alegre
y genial que animaba todas las reuniones. Pero sobretodo, a ambos les gustaba
la poesía del otro, poesía que se leían y que comentaban como amigos.
Federico volvió a España después de su
gira triunfal por Argentina, Uruguay y Brasil. Poco después, el cinco de mayo de
1934, lo hizo Pablo, al ser nombrado Cónsul de Chile en Barcelona. Pablo
conectó con todos los poetas españoles que, capitaneados por Federico, le
hicieron un homenaje en la Universidad de Madrid el día seis de diciembre de
ese año. Ambos frecuentan en esas fechas, la casa del Embajador de chile en
España, Carlos Morla Lynch. Neruda también conocería en esas fechas a su
segunda esposa. El tres de febrero de 1935 Neruda sería trasladado como cónsul
a la ciudad de Madrid. Cargo que ya ocupaba Gabriela Mistral y que a partir de
entonces lo hicieron conjuntamente.
Desde que Neruda se instaló en la
capital, se veían casi a diario. Cuando por alguna circunstancia esto no
ocurría, se buscaban.
Por aquellos días Federico me contó,
que estando en su casa solo, bañándose, alguien llamó fuerte e insistentemente
a su puerta. Salió con la bata poniendo el suelo perdido de agua y jabón, y se
encontró que era Pablo, quién llevaba unos días sin verlo y estaba preocupado.
Lo invitó a entrar y se metió de nuevo
en la bañera. Le dijo que le acercara unos papeles que había en una carpeta
azul, y estuvo leyéndole sus poemas de amor durante mucho rato. El pobre
Federico tenía el corazón partido a causa de Arlequín y esos poemas eran su
desahogo. Los llamaba, sus sonetos del amor oscuro, de su amor escondido. ¡Mi
pobre Federico! Murió sin que nadie pudiera darle el amor que necesitaba».
Volvamos de nuevo a la lectura de su
obra teatral en casa del poeta chileno.
Al final de la noche, la conversación
cambió de signo. Salió el tema de la situación política, Federico entonces
calló. La discusión subió de tono, todos estaban preocupados. Y aunque pensaban
de forma diferente, entre ellos se sentían libres para poder opinar. Sin
embargo, Federico no hablaba, en realidad tenía la cara pálida y me miraba.
¾ Yo veo la tierra llena
de muertos ¾dijo con voz grave, mirando la nada.
Todos callaron, esperaban alguna
actuación de las suyas, a veces su duende aparecía en los momentos menos
esperados, pero no estaba actuando, ahora era real. Todos se dieron cuenta de
su preocupación y le animaron, pero solo yo vi su angustia, esa que le
acompañaba siempre.
¾
Tranquilo
Federico, esto no puede ir a peor, la sangre no llegará al rio, cuando pase el
verano todo volverá a estar tranquilo ¾le decían.
¾
Pues
entonces me iré a Granada todo el verano, en mi Vega hace más fresquito que
aquí ¾les decía intentando
controlar su miedo.
¾
En
ningún sitio vas a estar mejor que aquí. Madrid es una gran ciudad y puedes
pasar desapercibido. En Granada eres una celebridad y serías el centro de
atención, nada bueno en momentos difíciles, es mejor que te quedes ¾todos estuvieron de
acuerdo en este punto.
¾
Bueno,
me lo pensaré ¾decía para intentar tranquilizarlos.
Su rostro estaba blanco y su
mirada perdida. Acudí en su ayuda y le propuse marcharnos. Pablo se
acercó y le comentó que necesitaba descansar, era cierto, su aspecto era
terrible. Él notó que su ánimo no estaba para fiestas y decidió irse a casa. Se
despidió con una de sus frases.
¾
Adiós
comparéjanos.
Y salimos a la calle. Ya era madrugada
y nos sorprendió el aire fresco que nos dio en la cara, fue entonces cuando se
me derrumbó y casi se me cae al suelo. Seguía consciente pero le costaba
caminar. La calle estaba casi a oscuras y no se veían transeúntes a esas horas,
y menos en las condiciones que vivíamos. Por fortuna, un taxista que iba camino
de su casa nos vio y paró a nuestro lado, le pedí que nos llevara a la calle
Alcalá. Al principio decía que había terminado su servicio pero cuando le
enseñé el dinero, aceptó y nos llevó.
Lo bajé del taxi y lo cogí de la
cintura caminando con mucha dificultad. Me costó mucho trabajo meterlo en su
casa, peor que cuando lo llevaba borracho. Quise llevarlo a su cama pero se
soltó y se sentó en una silla junto a la mesa, yo me senté a su lado.
¾
¡Vaya
susto que me has dado! ¾le dije intentando iniciar una conversación.
¾
Ya
me encuentro bien, dame agua, tengo la boca seca ¾parecía recuperarse.
Fui a la cocina y volví con un vaso de
agua que le puse sobre la mesa.
¾
Toma,
bebe despacio, aún estás nervioso. ¿Por qué te has asustado?
¾
Gracias,
ya me encuentro bien, no tenía que haber bebido.
¾
Estabas
nervioso desde la tertulia. Pero esos sudores y ese desmayo no me lo esperaba.
Tu cara parecía de terror ¾le expresé mi preocupación.
¾
Tienes
razón, esta sociedad me está volviendo loco, cada día hay más intransigencia,
tanta algarabía callejera, esos incendios por la noche, los tiroteos, ¡esto
tiene que terminar mal!
¾
La
situación política está muy mal, pero la República sabrá controlar la calle, imponer
el orden, si no, el ejército se nos echará encima y entonces será peor¾volvimos a la dinámica
de la conversación en casa del chileno.
¾
¿Tú
crees que el ejército va a intervenir? ¾su preocupación era el reflejo de su angustia.
¾
Eso
se dice, pero los mandos son fieles al Gobierno, si una cosa tienen los
militares es que obedecen órdenes y por tanto no pueden ir en contra del
Gobierno.
¾
Eso
es un consuelo, pero falta controlar a los extremistas ¾su angustia lo
ahogaba.
¾
Olvídate
de todo y duerme, cuando descanses verás las cosas mejor ¾ese era mi deseo, yo
también necesitaba descansar.
¾
¿Qué
día es hoy? ¾preguntó de repente.
¾
Hoy
es domingo, doce de julio de 1936.
Su cara se quedó fija con la mirada
extraviada de nuevo. Me asustó. De pronto su rostro cambió y apareció su
sonrisa de niño travieso. A veces pasaba de la tristeza en un momento, o al
contrario. Sin embargo yo seguía viendo el miedo en sus ojos.
¾
Para
el dieciocho tengo que estar en Granada. Es la fiesta del santo de mi padre. Se
lo prometí en la estación del Mediodía, cuando fui a despedirlos el cinco de
julio. Es una costumbre pasar la fiesta en la huerta, mis padres se molestarían
si no fuera. Desde allí iré a Cádiz para embarcar a México y olvidaré los
problemas de este violento país ¾yo lo miré con tristeza, presentía que no iría
nunca a México.
¾
Sí,
ya me lo has contado. Aún falta una semana, ¡ahora a dormir! ¿Te acuesto en la
cama? ¾no sabía qué decir,
¿qué le iba a decir?, ¡angustiarlo más!, no, yo no tenía derecho a intervenir
en su vida, lo que tenía que pasar, pasaría.
¾
¡No,
no!, voy a escribir un ratillo, mañana es domingo y me levantaré tarde.
Federico siempre se levantaba tarde,
todos los días trasnochaba por unas cosas o por otras, pero si le preguntabas, nunca
lo reconocía.
Lo miré a los ojos intentando ver su
bondad, acaricié su rostro y lo besé suavemente, él me respondió al beso, pero
luego retiró su cabeza y me dijo:
¾
Sabes
que no te puedo amar.
¾
Lo
sé, pero hoy necesito amarte.
¾
Pues
entonces nos amaremos.
Y nos amamos con pasión, lo reconozco.
Yo sí lo amaba, era el único hombre que podía amar y sabía que lo iba a perder.
Nada más terminar de hacer el amor se quedó dormido. Yo no pude dormir.
Cuando comenzó a entrar la luz del sol
por la ventana del dormitorio me levanté, me vestí en silencio y marché de su
lado. No podía abandonarlo. En ese momento decidí preparar mis cosas y
marcharme con él a Granada. Tardaría unos días en resolver mis asuntos. Preparé
una nota diciéndole que en unos días me reuniría con él en Granada.
Mi querido Federico: he decidido conocer tu
tierra. En unos días me reuniré contigo en tu Granada. Antes tengo que resolver
unos asuntos. Te deseo un buen viaje.
Tuyo, Fernando.
Fernando
guardó silencio y volvió su mirada a la ventana. Recordar le suponía un
esfuerzo tremendo y le fatigaba. Por un momento pareció ausentarse de la
habitación, como si estuviera reviviendo aquellos momentos y le dolía recordar.
Parecía cansado y el director decidió darle un respiro.
¾
Descansa. No quiero
que fuerces tu mente. Si estás cansado seguimos otro día.
¾
No. Estoy bien, no
estoy cansado. ¿Estás escandalizado?
¾
No. Todo el mundo sabe
que Federico era homosexual.
¾
Yo también lo era. Eso
lo sé. Pero no se lo digo a nadie. no quiero que me pongan de nuevo las
corrientes. Tú pareces diferente.
¾
Lo soy. No te
preocupes. Nadie tiene por qué saberlo. Nadie te volverá a hacer daño.
¾
Gracias.
¾
Una curiosidad. Tienes
buena memoria y los informes dicen que no recuerdas tu vida.
¾
Bueno, realmente solo
recuerdo mi vida con Federico. Al principio los recuerdos que tenía, estaban
difusos. Luego aparecieron algunos con más claridad, y fui recordando cosas,
poco a poco. Pero a ellos no les interesa lo que tengo en mi memoria, sino lo
que no recuerdo. Tienen miedo a que reconstruya mi pasado, por eso me tiene
aquí.
¾
Comprendo. Ignoro las verdaderas
razones de tu estancia en esta institución, pero quiero que sepas que estudiaré
tu caso.
¾
No se preocupe señor director,
aquí estoy bien. Además a donde iba a ir. No tengo a nadie en este mundo que me
acoja.
Me
marché y continué con mi trabajo. A eso había ido a Granada y había mucho que
hacer. Volví a visitarlo unos días después. Parecía esperarme. En cuanto me
vio, se levantó y se acercó ofreciéndome la mano para estrechármela como
saludo. Se lo había enseñado su cuidador.
¾ ¿Cómo
está usted, señor director?
¾ Muy
bien. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras?
¾ ¿Viene
usted para hablar de Federico?
¾ Vengo
para hablar contigo. ¿Tú de qué quieres hablar?
¾ No,
usted viene para hablar de Federico. Lo sé.
¾ ¡Vale!
Me has pillado. ¿Cuéntame algo de
Federico?
¾ Federico
tenía muchas pesadillas. A veces me las contaba.
¾ ¿Y
recuerdas algunas?
¾ Sí,
ahora me he acordado de «Las Sombras».
¾ ¿Soñaba con sombras?
¾
Sí. Un día me contó que había soñado con sombras:
Una noche se quedó dormido leyendo una
de sus obras cuando, detrás de las cortinas, apareció una sombra que lo observaba
detenidamente durante un rato, luego le puso la mano sobre el hombro y lo movió.
¾ Hola
Poeta, ¿preguntabas por mí? ¾le dijo.
Federico despertó y al ver la
sombra se asustó cayéndose de la silla y arrastrándose por el suelo hasta la
pared. Allí, buscó con la mirada que hacían sus visitantes. Sentía curiosidad
por saber que querían de él aquellas sombras teatrales.
¾ ¡Válgame
el cielo! ¿Otra vez tú? ¿Por qué apareces en mis sueños?
¾ Soy
tu sombra y tu muerte.
¾ ¡Vaya
sueño con más malafollá! ¡Quiero despertar de este sueño! No puede ser, ni en sueños tienes
gracia, yo estoy vivo, y por favor, desaparece que no me gusta el color negro,
por eso amo las noches con luna.
¾ Escucha
Poeta: vienen tiempos oscuros. Ha llegado el tiempo de la muerte de los poetas.
Yo solo vengo a avisarte,
los campos se llenarán de muertos y tú serás uno de ellos.
¾ ¿Acaso
eres una premonición?
¾ Llámame
como quieras. Estoy aquí porque tu angustia ha llegado a mí.
¾ Mi
angustia es el miedo a la barbarie, a que los hombres se vuelvan dañinos, yo
amo a los hombres
que aman la paz y la libertad.
¾ Yo
no conozco el amor, solo vivo para morir y nacer en otro hombre que volverá a
morir.
¾ Y
dime ¿cómo he de morir?
¾ No
te lo he de decir, pues prohibido lo tengo.
¾ Y
dime ¿Qué va a ocurrir?
¾ Mira
la ventana.
Una gran explosión iluminó la
habitación, Federico se aterrorizó aún más. La ventana parecía una gran pantalla
de cine y veía como los aviones pasaban dejando caer sus bombas que explotaban
al llegar al suelo. Se apegó a la pared e intentó cerrar los ojos pero tampoco
quería perderse el espectáculo. A continuación apareció un grupo de soldados
desfilando a paso marcial con banda de música incluida. Nuestro Poeta lo tuvo
fácil para deducir el mensaje de las sombras. Sin embargo no era fácil aceptar
que eso iba a pasar.
¾ ¿Una guerra?, ¿acaso me dices que
habrá una guerra en España?
¾ Tú lo has dicho, no yo ¾sentenció
la sombra desapareciendo tras las cortinas.
¾ ¿Qué
clase de sueño es este? ¿Será verdad que va a ocurrir o es simplemente una
visión de mi miedo a que ocurra?
Federico
se levantó con los
ojos cerrados y se dejó caer sobre la cama, ni siquiera se había despertado.
El director lo
miraba, atento a sus palabras, y puso cara de sorpresa ante la premonición que
estaba escuchando.
¾ ¿En
sus sueños tenía premoniciones?¾quiso
saber el director interrumpiendo el relato.
¾ Sí.
Muchas veces. Pero otras se equivocaba y no pasaba nada. Cuando tenía esos
sueños, prefería quedarse en la cama y no levantarse durante todo el día.
¾ Sí,
es un sueño triste y que luego resultó ser verdad. ¿Quieres que volvamos a
nuestra conversación del otro día?
¾ Claro.
¾ Te
marchaste para arreglar tus asuntos y luego viajar a Granada. ¿Lo recuerdas?
¾ Sí.
¾ ¿Sabes
cuándo se marchó Federico a Granada?
¾ Sí,
esa misma noche.
¾ Pero
tú ya no estuviste con él.
¾ No.
Yo quería ir a Granada. Pero parece que no fui. La guerra me lo impidió.
¾ Pero
tus heridas se produjeron en Granada.
¾ Es
cierto. Desde entonces estoy aquí. Eso parece real, no se trata de una de mis
fantasías. Ignoro cómo llegué a Granada y por qué me dispararon.
¾ ¿A
qué fantasías te refieres?
¾ Cuando
me desperté después del coma, me creía que yo era Federico.
¾ ¿Por
qué? ¿Por qué sentías eso? ¾le
preguntó desconcertado.
¾ No
lo sé. Veía como me disparaban y luego veía la cara de Federico destrozada como
la mía. Nuestros cuerpos estaban
mezclados. Con el tiempo ese recuerdo se alejó de mí y ahora me parece
una fantasía.
¾ Comprendo
¾le dijo
pensando que en realidad no lo entendía. Habría que analizar todos los detalles
del recuerdo para saber que partes de realidad tenían. Dejó de pensar y siguió
escuchando a Fernando.
¾ Ese
recuerdo no cuadraba con el resto de recuerdos confuso que pululaban por mi
mente. Cuando vino mi amigo Juan, repasamos mi vida y los recuerdos que tenía
se fueron fijando. Ese recuerdo seguía atormentándome pero estaba solo. Los
psiquiatras decidieron que ese recuerdo no era real. Y tenían razón.
¾ ¿Quién
era Juan? ¾quiso saber el
director.
¾ Juan
era un amigo de la infancia. Pero yo no lo recordaba. Fue él, el que me contó
lo que sé de mí. Yo no recuerdo nada. Solo recuerdo mi vida con Federico, todo
lo demás me lo contó mi amigo Juan, aunque yo no recuerde nada de él.
¾ Comprendo.
¿Y dónde está tu amigo?
¾ No
lo sé. Se marchó y no volví a saber de él.
A lo mejor le ha pasado algo y no ha podido venir más.
El nuevo dato
alertó otra vez a Domingo. Sus sospechas de que había algo extraño en el
expediente de este individuo aumentaban en cuanto más hablaba con él. Nada de
lo que había averiguado en las conversaciones con Fernando, estaban reflejadas
en su expediente. Aquel, era el expediente médico más corto que jamás hubo visto
en sus muchos años de experiencia. Además, no encontraba en aquel individuo
ninguna enfermedad de tipo psiquiátrico.
Pensativo,
no se dio cuenta de que eran observados por dos personas que estaban paradas en
la puerta de entrada. Fernando si los vio y se acercó a ellos sonriendo. Se
trataban de su amiga Mercedes y otro hombre que la acompañaba
¾ Buenos
días! Pasad, pasad. El director ha venido para hablar conmigo. Veo que tienes
visita, ¿quién es? ¾saludó
Fernando, que gesticulaba para que entraran.
¾ Es
mi marido, Marcial. Ha venido a verme como todos los viernes ¾le indicó Mercedes, sin entrar.
¾ Estupendo,
eso te hará feliz ¾le
dijo Fernando acercándose y dándole dos besos. Luego le dio la mano a su
marido.
¾ Buenos
días señor director. No quiero interrumpirles. Volveré en otro momento ¾saludó Mercedes dirigiéndose al
director.
¾ Buenos
día Mercedes, ¿me presenta a su marido? ¾le
dijo ofreciéndole la mano como saludo.
Marcial
le estrechó la mano con firmeza, al tiempo que le decía:
¾ Es
un placer señor director.
¾ Tenía
ganas de saludarle y hablar con usted. ¿Me acompaña un momento? ¾le
dijo indicándole con la mano que fuera con él.
¾ Sí,
por supuesto. Me perdonas un momento, querida.
Mercedes entró
y, cogiendo a Fernando del brazo se acercaron a contemplar la ventana. Marcial
y Domingo se alejaron por el pasillo. Ambos entendieron que quería hablar sobre
ella.
¾ ¿Es
usted policía? ¾le
preguntó el director por curiosidad.
¾ Jubilado.
Policía jubilado. Hace unos meses que me jubilé.
¾ Comprendo.
Echará de menos el trabajo.
¾ Por
supuesto. Me paso el día aburrido sin saber qué hacer. Además, al no tener a mi
esposa en casa se agrava la situación.
¾ De
eso quería hablarle. Su esposa está bien. Con el tratamiento adecuado podrá
llevar una vida normal.
¾ ¿En
casa?
¾ Sí,
en casa. Sus tendencias suicidas hace mucho tiempo que desaparecieron. Ahora ha
reconocido que ama la vida. Naturalmente deberá llevar un cumplimiento estricto
del tratamiento que se le ponga. Su incumplimiento puede ser peligroso.
¾ ¿Está
seguro de que yo podré cuidarla? Me da miedo que quiera volver a quitarse la
vida.
¾ Usted
podrá cuidarla mejor que nadie.
¾ De
acuerdo. ¿Cuándo le dará el alta?
¾ En
unos días. Le avisaremos para que venga a recogerla.
¾ Echará
de menos a Fernando. ¿Sabe qué dice?
¾ ¿Qué?
¾Domingo lo miró
con curiosidad.
¾ Que
ese hombre podría ser Federico. Ella está entusiasmada con él.
¾ Mejor
que guarde silencio sobre ese tema. Nadie le va a creer y podría empeorar.
¾ Sí,
se lo he dicho. Opina que es «intuición
femenina». Dice que ese hombre
sabe cosas de Federico que solo él podría saber.
¾ Eso
es imposible. Federico está muerto. Este hombre debió conocerlo en Madrid y sus
heridas le confunden los recuerdos reales con la fantasía. No se puede creer lo
que cuenta, salvo para curarlo en la medida que podamos.
¾ Federico,
por desgracia fue asesinado. Eso no tiene arreglo.
¾ No
se preocupe por eso. A su esposa le gusta la poesía y ese tema le ha
influenciado en su percepción. Cuando esté en casa olvidará el tema. O al menos
no lo tendrá tan presente.
Volvieron
a la habitación y Mercedes se fue de nuevo a pasear con su marido. Domingo
miraba a Fernando pensativo. Aquella mujer había tenido la misma percepción que
él y eso le inquietaba. Como médico no podía hablar de ese tema con ella. Bueno
ni con ella, ni con nadie si no quería
complicarse la vida.
¾ ¿Seguimos
hablando de Federico?
¾ ¿Qué
más me quieres contar? Ya no volviste a verlo.
¾ No.
Ya no volví a verlo más. Es cierto. Pero unos días después me encontré por
casualidad con su enamorado al que llamaba Arlequín. Tenía ganas de hablar y me
contó que estuvo con él ese mismo día y que luego se marchó y no lo acompañó a
la estación del tren porque había quedado con otros amigos. Estaba arrepentido
y decía que también iba a ir a Granada para estar con él. Un par de días
después comenzaba la guerra y todo se fue al traste. Esto es lo que me contó:
Después de que yo me hubiera ido
de su casa. A media mañana. Llegó Arlequín golpeando la puerta con firmeza. Federico
se despertó sobresaltado. Le seguía doliendo la cabeza. Se levantó con las
manos en las sienes y los ojos cerrado, andando tambaleante. Llegó a la puerta
casi sonámbulo.
¾ ¡Voy,
voy!
Al
abrir la puerta seguía con los ojos casi cerrados, los abrió para comprobar
quien llamaba de esa manera tan brutal y se encontró con su enamorado que traía
puesta una careta de Arlequín. Eso le hizo sonreír. Se apartó para que entrara
y volvió a cerrar, volviendo al dormitorio. Arlequín había ido para darle un
poco de ánimo.
¾ ¡No
sabía que fuera carnaval! ¾le dijo Federico como saludo.
¾ Buenos
días princesa, la encontré entre tus cartas, quería darte una sorpresa, y
parece que no ha sido buena idea, perdona si te he asustado ¾le dijo Arlequín. .
¾ Si
me hubieras avisado, me habría vestido de Colombina. ¿Qué te ha pasado?
¾ ¿Cuánto
tiempo llevas sin salir de casa? ¾le preguntó al tiempo que se quitaba la
máscara.
¾ Ayer
no salí ¡Pasa!
¾ ¿Y
no has recibido visitas?
¾ ¡Claro
que no!, anteayer
estuve cenando en casa del chileno, había mucha gente y bebí, desde entonces
estoy en la cama, y además con terribles pesadillas, he soñado con mi muerte y
con una guerra¾decía
afligido.
¾ Cuando
tu corazón está triste, siempre sueñas cosas feas. Ya sabes que no debes preocuparte por los
sueños. Los sueños son solo sueños.
¾ Sí,
ya lo dijo Calderón. Pero tú sabes que a veces presiento cosas.
¾ Sabes
de sobra, que la mayoría no se cumplen y que forman parte de tu fantasía.
Espero que ahora
también te equivoques. Por cierto seguro que no conoces la noticia de ayer ni
la de hoy.
¾ No
he salido de casa ni he visto a nadie, no puedo saber qué ha pasado.
¾ Ayer
fue asesinado el teniente Castillo ¾le
contó con la voz grave.
¾ ¡Dios
mío! Sé quién es, no lo conocía personalmente, pero es un republicano
declarado. ¿Cómo
fue?
¾ Cuatro
pistoleros le dispararon al salir de su casa, eran las nueve de la mañana.
¾ ¡Dios
mío!
¾ Y
esta mañana ha aparecido muerto Calvo Sotelo.
¾ ¡Dios,
Dios! Ha comenzado la
espiral de violencia de mis sueños.
¾ La
situación es grave, pero se puede controlar¾intentaba
calmar a su amigo.
¾ ¿Y
el ejército, se ha manifestado de alguna manera?
¾ Todavía
no, pero seguro que siguen conspirando contra la República.
¾ ¿Y
qué ha dicho el
pueblo?¾preguntó Federico, impaciente.
¾ El
pueblo somos nosotros, el pueblo sufre con esta violencia.
¾ ¡Dios
mío! Se me acelera el corazón, ¡decidido!…voy a sacar los billetes para el tren
de esta noche y me voy a mi tierra, Madrid se está poniendo peligroso.
¾ ¡No!¾gritó su amigo.
¾ Estoy
decidido.
¾ Si
es así, quiero que luego te marches a México, me gustaría que te alejaras un
tiempo de España, aquí sufres mucho. Aunque se me ahoga el corazón de pensar
que estaremos mucho tiempo sin vernos.
¾ ¿No
estás enfadado conmigo? ¾le preguntó Federico con la voz lastimera.
¾ Nunca
estaré enfadado contigo, ¿acaso podría? Si me enfado solo me dura unos
segundos. No quiero que te vayas a Granada ni a ningún sitio. Sin embargo,
pienso que estarías mejor fuera de España. Aquí, temo que los radicales la
tomen contigo por ser diferente.
¾ Yo
tampoco quiero
separarme de ti.
Los
dos se miraron y se abrazaron largamente, con ternura, luego se separaron sin
soltarse de la mano. Parecía que sus cuerpos no deseaban separarse. Ni sus
cuerpos ni sus mentes.
¾ Sabes
que tengo la obligación de pasar unos días con mi familia, lo hago todos los
años.
¾ Lo
sé. Pero este año es distinto, mi corazón se siente triste, angustiado.
¾ El
mío también, además he tenido sueños sobre mi muerte, pero no debo hacer caso a
esas cosas, sabes que solo es miedo, siento pánico solo de pensar que sea
verdad; en Madrid cada día muere alguien. Mi
sueño estaba teñido de rojo, había cañones y hasta aviones que soltaban bombas,
y en el fondo estaba la Alhambra. Soñé con una guerra en Granada ¾le contaba Federico afligido.
¾ Granada
es una ciudad pequeña, sin importancia militar, si hay una sublevación será en
Madrid.
¾ Es verdad, en Granada nunca pasa
nada, allí está mi familia, además podré escribir con más calma y con más
tiempo que aquí. Lo de México, prometo pensármelo.
¾ Gracias.
Tú sabes lo que te quiero, me
moriría si te pasara algo ¾hablaba
con pasión.
¾ Yo
también te quiero, tu amor me ha dado la tranquilidad que necesitaba mi alma,
tú alumbras mis noches sin luna. Eres el amor que siempre esperé.
¾ ¿Me
serás fiel?¾le preguntaba su amigo a sabiendas que no
lo sería.
¾ Ya
me conoces, eso no lo sé. Solo
te prometo pensar en ti en cada segundo ¾Federico
era sincero.
¾ Me
duele el amor que sentimos, como si fuera sucio, la sociedad no nos perdona que
nos amemos así.
Arlequín
cerró los ojos mientras acariciaba La cara de Federico, como si quisiera
memorizarla y retenerla para siempre en su pensamiento. Y este le respondió con
un beso profundo y prolongado.
¾ Nuestro
amor es amor, por sucio que parezca, es el amor oscuro, el que no se ve, pero
existe desde que
el hombre es hombre, y Dios también lo creó.
¾ No
digas eso, si alguien te oye pensará que blasfemas.
¾ No
lo digo en voz alta para que nadie se sienta ofendido, pero ¿y nosotros? ¿A
ellos les importa cómo nos sentimos?
¾ Para ellos somos basura.
¾ Putrefactos.
¾ Nunca
nos perdonarán¾afirmaba categóricamente Arlequín.
¾ Te
equivocas, algún día seremos libres de amarnos, la opresión no durará
eternamente.
¾ Ni
siquiera nos dejarán la libertad.
¾ La
lucha entre la
opresión y la libertad será eterna, igual que la lucha entre el bien y el mal ¾a Federico también le gustaba
filosofar.
¾ Pero
nosotros no duraremos eternamente.
¾ Pero
nuestro amor sí, él vivirá en mis obras, porque tú estás en ellas. Nuestro amor
vive en cada palabra
que yo escribo. Ellos no lo saben pero también te amarán a ti.
¾ Los
poetas pueden vivir eternamente, pero yo no soy nada sin ti ¾afirmaba Arlequín con tristeza.
¾ Tú
formas parte de mi vida como un todo que no se puede separar.
¾ Gracias
por distinguirme así.
¾ No
seas tonto, sabes que es así. Lo de irme
a Granada es de verdad, Madrid me agobia. Tengo que ir a sacar los billetes,
podemos ir a una agencia que hay en la Gran Vía, por la tarde tengo que
despedirme
de varias personas. Le prometí a Don Antonio, mi antiguo maestro de la escuela,
despedirme de él, también tengo que ir a la residencia de Señoritas a
despedirme de mi hermana. Tengo tiempo de todo. El tren sale a las diez y media
y llega a Granada a las ocho y veinte, oficialmente claro. Tendré toda la noche
para descansar en el tren ¾ahora
era Federico el que lo animaba.
¾ Tengo
la sensación de vivir una pesadilla. Algo terrible está a punto de pasar.
¾ Toda
la vida humana es un sueño que hay que vivir hasta que se acaba.
¾ Esta tarde tengo que trabajar, ya
sabes, no podré despedirte…
¾ No
te preocupes, nos despediremos ahora. Quiero estar un rato contigo.
¾ Yo
también, pero no quiero que sea una despedida sino un hasta luego.
Federico
volvió a besarlo al tiempo que lo empujaba hacia atrás, le desabrochaba la
camisa y se la quitaba, siguió besando su pecho y recorriéndolo con su lengua
hasta llegar a la cintura. Desabrochó su cinturón, los botones de su pantalón y
tiró de ellos hasta dejarlo completamente desnudo. Luego lo amó como nunca lo
había hecho.
¾ Así me lo contó Arlequín. Él tampoco podía
sospechar que no volvería verlo. De haber pensado esa posibilidad no lo hubiéramos
dejado partir. Luego vino a verlo un amigo, que lo acompañó a la estación del
tren. Arlequín habló con él y le contó su despedida. Federico siempre iba
acompañado a todas partes o no iba. Perdona, continuo con la historia:
Cuando se recompuso de su tristeza decidió preparar la maleta. Si había
decidido marcharse tenía que cumplirlo. Una y otra vez metía la ropa y los
libros y los volvía a sacar porque no cabía todo. Apesadumbrado se sentó en la
silla.
» Pues parece que no me puedo ir a
Granada¾pensaba mientras hacía y deshacía la maleta.
Cerca del mediodía volvieron a llamar a la puerta, era un amigo que venía a
visitarlo. Al entrar, lo primero que vio fue la maleta encima de la mesa
rodeada de libros y ropa.
¾ ¿Has decidido marcharte? Seguro que no te cabe todo lo
que quieres llevar ¾le dijo a sabiendas de su torpeza.
¾ La maleta no quiere que me vaya a Granada. Y yo me
quiero ir. Sí, ya lo he decidido. Celebraré el cumpleaños con mis padres.
¾ Te ayudaré.
Su amigo cogió la ropa y la fue colocando dentro, luego ubicó los libros y
la cerró. Después lo miró sonriente. El Poeta se puso las manos en la cabeza
tapándose las orejas como si fuese un niño castigado.
¾ ¡Dios mío!, he recorrido medio mundo y todavía no sé
preparar una maleta. Voy a ser un cateto toda la vida.
¾ Sabía que estabas solo y he venido a invitarte a comer
a casa. Tú solo no te alimentas bien y el arte hay que alimentarlo.
¾ Tienes razón. Me duele la cabeza, debe ser de no
comer.
Se marcharon a casa de su amigo donde almorzaron. Por la tarde fueron a ver
a su antiguo maestro, don Antonio, amigo de la familia, para que le prestara doscientas
pesetas para pagar el viaje. Después se despidió de su hermana y regresó al
piso a recoger el equipaje. Un taxi los llevó a la estación del tren en Atocha.
Durante ese corto trayecto, Federico seguía con la incertidumbre de
marcharse o no. En realidad no bastaba con tomar una decisión, sino que seguía
con la misma duda después de tomarla. El taxi paró en la entrada de la puerta
principal, se bajaron del coche, Federico pagó al taxista y se dirigió a la
estación.
¾ ¿Y la maleta? ¾le preguntó el amigo.
¾ Es verdad, qué tonto estoy, un día me dejo la cabeza.
¾ Déjalo. Yo te la llevo.
Su amigo la cogió, la llevó hasta su compartimento y la subió al guarda
maletas. Federico detrás lo observaba. De pronto se asustó y entró corriendo y
cerrado la puerta.
¾ ¡Mierda!, ¡lagarto!, ¡lagarto!, qué mala suerte ¾dijo Federico.
¾ ¿Qué te pasa? ¾le preguntó volviéndose hacia él, preocupado.
¾ Un gafe de Granâ que no quiero ver ni en pintura. Voy
a echar las cortinas para no ver a nadie, intentaré dormir durante toda la
noche. No vaya a salir y encontrarme a ese. ¡Qué repelús me ha dado al verlo!
¾ En ese caso me voy. Nos vemos en Granada dentro de un
mes.
¾ Allí te espero.
La despedida fue corta. Se abrazaron y su amigo se marchó. Federico volvió
a cerrar la puerta del compartimento y echó las cortinas, cerró los ojos y
esperó al sueño que vino pronto, poco después de oír el pitido que indicaba que
el tren se ponía en marcha.
Aquella noche el tren Expreso salió puntual hacia
Granada.
Fernando hablaba con mucha pasión. Recordaba su vida al lado
del Poeta muy bien. Lástima que solo recordara eso. En ningún momento parecía que estuviera celoso,
ni siquiera molesto. A pesar de decir que lo amaba intensamente.
En realidad, Domingo no veía ninguna razón
para mantener a este hombre encerrado en una institución psiquiátrica. Sin
embargo la orden de internamiento venía de la Jefatura del Estado y necesitaba
averiguar por qué. Probablemente por razones políticas y no médicas. Tal vez
Fernando era portador de algún secreto, aunque no lo recordara y el Régimen no
quisiera que saliera a la luz. Estando encerrado en un hospital psiquiátrico, como
si fuera otro enfermo más, así se aseguraban que nada de lo que dijera fuese tomado
en cuenta. No había ningún informe que nos indicara qué tipo de enfermedad tenía.
Ni siquiera por qué estaba allí.
Fernando lo miraba expectante, como si
supiera lo que estaba pensando. Domingo sintió un poco de vergüenza y decidió
continuar con la conversación sobre Federico.
¾ ¿Tú crees que Federico estaba muy
enamorado de Arlequín?¾le
preguntó finalmente, después de un rato de silencio.
¾
Sí.
Federico se enamoraba fácilmente. Es cierto. Pero de ninguno como de Arlequín.
Amaba a muchos hombres, pero este fue su gran amor.
¾
¿Y
él le correspondía?
¾
Sí.
El problema era la sociedad. Federico lo tenía claro y no disimulaba su estado.
Arlequín no quería que su familia lo supiese y lo ocultaba.
¾
Lo
comprendo. ¿Cuál es el verdadero nombre de Arlequín?
¾
No
lo sé. No lo puedo recordar. Sé que lo llamaba así.
¾
De
acuerdo. Nos vemos en la comida.
¾
Sí.
Gracias a usted, ahora como todos los días en el comedor.
¾
Me alegro que tu vida mejore. ¿Te gustaría
trabajar?
¾
¿Cómo el jardinero?
¾
Sí.
¾
¿En el jardín?
¾
No. En Granada.
¾
Sí. Dicen que Granada es muy bonita.
Yo no la recuerdo. Mercedes dice que la Alhambra es muy hermosa. ¿Dónde
trabajaría?
¾
En una biblioteca. Pero antes hay que
pedir muchos permisos.
¾
¡Vale!
Seguro que me gustará.
¾
Es cierto que Granada es muy bonita, pero
yo soy de Madrid y todavía no la conozco. Podríamos ir a recorrerla un día.
¾
Solo usted puede autorizarme a salir
de aquí.
¾
Sí.
Es verdad. Intentaré organizar una excursión con algunos internos más. Ahora
tengo que irme. Me ha encantado tu conversación.
¾ Sí. Ya no volví a ver a Federico. No
recuerdo cuando vine a Granada. Pero seguro que vine para estar con él.
Los días de otoño iban enfriando la ciudad
y para cuando llegó el invierno, Granada era una metrópoli diferente. Aunque
sus jornadas laborales eran muy largas, más de lo que le obligaba la ley,
cuando tenía tiempo salía a pasear para conocer la ciudad de la Alhambra. En el
trabajo, se centró de pleno en sus reformas psiquiátricas, ya había pasado el
tiempo prudencial que le exigía la responsabilidad. Y comenzó a poner en
práctica sus nuevas ideas. No todo el personal aceptaba de buen grado los
cambios introducidos, pero ya los aceptarían con el tiempo. La mayor parte del
personal estaba anclado en el pasado y no le gustaban los cambios, pero estos
eran necesarios. Los enfermos iban a ser los grandes beneficiados.
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