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Advertencia: algunos relatos pueden tener contenido para adultos.

ANIK

ANIK es una novela de fantasía en la que una joven recibe un medallón mágico que le otorga unos poderes extraordinarios.

LA PIEDRA DE SCONE

ANIK sigue luchando para continuar su vida normal y no perder el amor de su vida en su lucha contra los seres alados.

LA INVASIÓN DE LOS REINOS DEL HIELO

La humanidad está en peligro y Anik, junto a sus hijos Sigurd y Meghan y los amigos de este: dos dioses asgardianos, lucharán para salvar a la Tierra y a sus habitantes.

ANIK

ANIK es una novela de fantasía en la que una joven recibe un medallón mágico que le otorga unos poderes extraordinarios.

LA PIEDRA DE SCONE

ANIK sigue luchando para continuar su vida normal y no perder el amor de su vida en su lucha contra los seres alados.

LA INVASIÓN DE LOS REINOS DEL HIELO

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viernes, 23 de mayo de 2014

Relato erótico: LOS GEMELOS DEL 6º B

Hace poco, un grupo de escritores publicamos un libro de relatos eróticos con la editorial Exebreebooks y cuyos beneficios irán a una ONG. El libro se llama EXTRAVIADOS EN EL FRENESÍ y lo podéis comprar por 10€ en el siguiente enlace: http://goo.gl/w81jtJ

Yo participo con un amplio relato titulado: UN SÁBADO DIFERENTE. Se trata de un amplio relato formado por tres historias entremezcladas: una esposa insatisfecha, dos gemelos con vidas secretas y un matrimonio que utiliza sus fantasias para mantener su amor. Hoy os pongo en esta entrada una de esas historias que trascurren en una ciudad cualquiera. Espero que os guste y compréis el libro.


LOS GEMELOS DEL 6º B

Anochece en la ciudad. La vida es a veces monótona, otras veces exaltada, pero siempre cobra un nuevo valor cuando llega el viernes en la metrópolis y los ciudadanos se disponen a descansar. Unos viven todos los sábados iguales. Otros sueñan con sábados diferentes. Y los que peor lo llevan son aquellos que trabajan el fin de semana.
Habitualmente eso le ocurre a Gloria. Es enfermera en el Hospital General y trabaja todos los fines de semanas en urgencias. Está casada y su matrimonio no le funciona, todo el mundo lo sabe. Desde hacía un tiempo se habían distanciado y la comunicación entre ellos era nula. Para colmo él había comenzado a beber.
No quería seguir así y decidió que haría algo para salvar su matrimonio. Pensó que la mejor arma para activar un matrimonio era el sexo. Sabía que su esposo salía antes del trabajo todos los viernes y decidió sorprenderlo. Se puso un tanga y un camisón  de dormir transparente, rojo, abrió la puerta del armario para verse de cuerpo entero en el espejo interior, a sus treinta años tenía una figura espléndida, se veía guapa y tenía unas tetas bonitas y enhiestas que no necesitaban sujetador. Un cuerpo fabuloso, pero falto de caricias. Se sentó en el sofá  y lo esperó pacientemente.
No volvió cuando salió del trabajo sino varias horas después; y borracho. Ella no se amilanó, lo llevó a la cama, lo desnudó, recorrió todo su cuerpo con la lengua y las manos, pero el miembro seguía flácido; lo acarició con la boca hasta que alcanzó un poco de rigidez y, rápidamente, se colocó encima y lo metió en la vagina. Él pareció reaccionar, moviéndose y diciéndole frases que no entendía muy bien. Intentó seguirle el ritmo, era difícil, su marido aguantó poco, se convulsionó y se quedó quieto. Gloria se sintió frustrada y volvió a su sitio en la cama. Apagó la luz, se tumbó con la mirada fija en el techo; como todas las noches tardó mucho en dormirse.
Un trueno la despertó, miró el reloj de la mesita y aún faltaba mucho para levantarse, tenía turno de mañana. Comenzó a pensar en el trabajo, hacía rato que la tormenta sonaba en el cielo, al principio se escuchaba lejos, ahora la oía muy fuerte, como si estuviese encima de su cabeza, llovía intensamente. Observó a su marido y sintió pena, ¿dónde estaba aquel hombre del que se enamoró? Se quitó el camisón y lo tiró a un lado de la cama con rabia, llevó la mano hasta su pubis y comenzó a acariciarse. Sus pensamientos fueron acompañando sus movimientos.

«Al terminar su jornada laboral, se dirigió al supermercado para hacer la compra. Aparcó y buscó un euro para sacar el carrito, ¾mierda, no tengo suelto¾ , vio uno que estaba sin enganchar y lo cogió, las ruedas no andaban bien y se le iba torciendo, pero siguió con él. Cuando terminó de realizar la compra le dolían los brazos del esfuerzo de conducir el carro. Al intentar ponerse en una cola, las fuerzas le fallaron y el carro se dirigió directamente hacia otro que se acercaba, el estruendo fue muy sonoro, ¾¡mierda, los gemelos del 6º B, con lo buenos que están!¾, pensó ella mientras les pidió perdón e intentó enderezarlo. Ellos la miraron sorprendidos, ¾no pasa nada¾ le dijeron y se fueron a otra cola. Con dificultad llegó a la caja y pagó; al salir se topó con ellos de nuevo —¿Te ayudamos?— le decían mientras le cogían el carro y se lo llevaban hasta el ascensor, ella los siguió en silencio mientras miraba aquellos dos culos apretados y graciosos, en ese momento le hubiera apetecido darles un pellizco.  Le dejaron la compra en el maletero del coche y se marcharon a recoger el suyo para volver a casa.
Gloria arrancó y se dirigió a la salida, en la calle se encontró directamente con la tormenta, el cristal del parabrisas se inundó de agua y apenas si veía la carretera, el tráfico era muy lento y no avanzaba nada. Varios kilómetros después, la circulación se agilizó y respiró aliviada, entonces el coche se paró ¾¿Qué pasa?¾ Gritó desesperada e intentó arrancarlo, pero el motor no se inmutó, ni siquiera hacía ruido y todas las luces del salpicadero se habían apagado ¾¡Mierda, qué hago ahora!¾, los conductores de atrás comenzaron a pitar pero ella no podía hacer nada; buscó su teléfono móvil y recordó que lo había dejado en el sofá; salió e intentó decirles que tenía una avería y necesitaba ayuda para apartarse. Con esa lluvia nadie le hizo caso y los pitidos aumentaron. Entonces volvió a verlos, los gemelos del 6º B se acercaban corriendo sin temor a mojarse, uno abrió la puerta del conductor y, cogiendo el volante, comenzó a empujar, su hermano lo hizo desde atrás; en un momento el coche se encontraba en el arcén. Ella les siguió sin escuchar los gritos que los automovilistas le dedicaban al pasar a su lado — ¡Vaya tetas! ¡Quítate la camiseta de una vez! ¡Esos pezones me los comía yo! — 

Uno de los gemelos la cogió del brazo para que entrara dentro del coche y resguardarla de la lluvia.
¾    Espera dentro, enseguida volvemos ¾se marcharon bajo un manto de agua.
Ella se quedó observando por el espejo retrovisor como corrían a su coche, al momento aparcaron detrás y se subieron con ella.
¾    ¡Cómo llueve, Gloria! ¾le dijo el que entró primero.
Ella no sabía cómo dirigirse a ellos, altos, muy guapos, rubios de ojos azules, no debían pasar de los veinte y aún vivían con su madre. Era todo lo que sabía de ellos, a pesar de ser vecinos desde hacía varios años. Bueno, eso y que conducían un Megane. Nunca se había aprendido los nombres, eran simplemente, “los gemelos del 6º B”.
¾    ¡Joder! ¡Qué mala suerte! Con el día que hace…
¾    Son cosas que pasan, se averían cuando menos te lo esperas ¾le volvió a decir.
¾    ¿Has llamado al seguro? ¾le preguntó el segundo.
¾    Me he dejado el móvil en casa ¾dijo ella con la mirada perdida.
¾    Toma, llama con  el mío, ¡ah! y diles que les dejas las llaves puestas y que te lo lleven al taller que hay junto a nuestro bloque, nosotros te llevamos a casa.
Llamó al seguro y les dio las indicaciones precisas devolviéndole el teléfono a su propietario.
¾    No quiero causaros más molestias ¾comentó disculpándose.
¾    No te preocupes, nuestro maletero está casi vacío y vamos al mismo sitio ¾dijo uno mientras salía del coche y comenzaba a trasladar las bolsas de la compra.
Gloria y el otro gemelo le imitaron. Apenas si se podía ver a un metro de distancia. Cuando terminaron, se metieron dentro. Chorreaban agua por todas partes.
¾    ¡Joder! El coche se va a poner hecho un asco por mi culpa ¾decía ella preocupada.
¾    Tranquila, no pasa nada, ya se secará ¾le contestaron como si fueran uno.
Antes de llegar a la cochera dejó de diluviar, pero ellos ni se dieron cuenta. Sacaron la compra y la acompañaron a su casa. El agua les chorreaba por los pantalones dejando un rastro hasta la puerta.
Entraron en el piso y, tras un momento de duda, se dirigió a la cocina, ellos la siguieron y dejaron las bolsas en la encimera. Rápidamente fue al cuarto de baño a por unas toallas, al entrar no pudo evitar mirarse al espejo. Se estremeció al ver reflejados los pezones y las tetas a través de su camiseta mojada, ahora entendía como la miraban los conductores al pasar y sus gritos obscenos, también entendió la sonrisa de los gemelos  ¾Qué más da, es mi cuerpo¾ se dijo. Cogió unas toallas y se las llevó, se secaron la cara y las manos, el resto seguía mojado por la ropa.
¾    Nos vamos, tenemos que cambiarnos ¾dijo un gemelo cogiendo las bolsas de su compra.
¾    Si hubiéramos comprado la secadora ahora nos vendría genial ¾le dijo su hermano.
Gloria reaccionó y sin saber por qué les dijo:
¾    Yo sí tengo, mi lavadora es también secadora, de aquí no salís con esas pintas.
Para reafirmar sus palabras se quitó la camiseta, a continuación la falda vaquera y hasta su tanga, las echó dentro de la lavadora, se secó con la toalla y también la metió con el resto de ropa. Se volvió hacia los gemelos que la miraban perplejos.
¾    ¡Vamos! Quitaos la ropa, en un momento se lava y se seca.
No dijeron nada, pero le obedecieron, ella recogió y metió sus prendas en la secadora, esperó que terminaran de secarse el cuerpo e hizo lo mismo con las toallas, cuando se agachó para poner el programa adecuado no pudo evitar sonreír al darse cuenta de la postura que había adoptado. Al volverse se quedó parada contemplando como la miraban, sus cuerpos parecían el David de Miguel Ángel, pero sus penes semierguidos tenían vida propia ¾¡Dios, cómo están!¾, pensó mientras decía:
¾    Podemos esperar en el sofá.
¾    ¿Cuánto tardará? ¾preguntó el que más sonreía.
¾    ¿Tenéis prisa? ¾les dijo mientras pasaba entre ellos camino del salón.
No cruzó aquella línea, los dos gemelos al unísono cerraron los brazos y la atraparon, ella no opuso resistencia.
Sintió como sus labios se unían a otros labios que la besaban con dulzura y pasión, como unas manos acariciaban sus tetas con una suavidad delicada, como otra lengua al recorrer su espalda le producía un escalofrío de placer que la extasiaba. Luego le daban la vuelta y comenzaban de nuevo sus caricias. Su cuerpo se había trasladado al mundo de los sentidos, ella cerró los ojos y se dejó hacer. Cuando se dio cuenta se encontraba encima de la mesa de la cocina, a cada lado las manos y las lenguas de los gemelos la recorrían en todas direcciones, si una se dirigía hacia el cuello la otra atrapaba su clítoris y la llevaba casi al éxtasis. No sabría decir cuánto tiempo estuvo así, era como si estuviera en otra dimensión. De pronto, uno de los gemelos la levantó en peso y la abrazó, ella lo rodeó con sus manos y sus piernas, la dejó caer hasta que tropezó con su miembro erguido que se introdujo en su lubricada vagina provocando una exclamación profunda. Gloria sintió como nunca jamás había sentido. A cada vaivén aumentaban sus gemidos. Abrió los ojos cuando notó que se encontraba en el aire, ahora era el otro gemelo el que la penetraba con pasión, sus gritos de placer volvieron a subir y se abandonó de nuevo. Ni sabía las veces que había alcanzado el orgasmo. ¡Aquello era genial! Y no quería que se acabara. Y para nada había acabado. Agarrada al rubio que movía el pene dentro de su cuerpo con una intensidad que la volvía loca, notó como el otro gemelo le puso el miembro en su ano y comenzó a penetrarla con suavidad pero con firmeza, con el mismo ritmo que su hermano. Gloría se sintió sorprendida, iba a decir que no, pero el placer subió por su cuerpo y la llevó de nuevo a un mundo de sensaciones desconocidas para ella. Un rato después los dos gemelos comenzaron a jadear y a convulsionarse acelerando sus movimientos, llevando a los tres a un orgasmo bestial.
Terminaron jadeando, abrazados, de pie junto a la mesa de la cocina. Durante varios minutos  no se movieron ni hablaron. Fue ella la que rompió el silencio.
¾    ¿Nos damos una ducha?
¾    Sí, es buena idea ¾contestaron al unísono.
Abrió el grifo de la ducha y se metieron los tres, ella cogió la esponja poniéndole gel, los fue frotando suavemente y después les fue quitando el jabón. Se hincó de rodillas y cogió sus miembros que descansaban después del trabajo realizado. Hasta ahora no había tenido oportunidad de observarlos de cerca, a las primeras caricias recobraron su rigidez y recorrió su perfil con la lengua, luego los fue introduciendo en su boca alternativamente. Sintió de nuevo el deseo y se los llevó a la cama.
Allí, fue ella la que recorrió sus cuerpos de arriba abajo, primero uno, después otro, luego cabalgó encima de un gemelo con su miembro dentro, hasta que explotó en un orgasmo que no olvidaría jamás. A continuación montó a su hermano y repitió la acción. Se miraron y se sonrieron besándose a la vez.
¾    ¡Ha sido genial! ¾ les dijo ella
Salieron y se sentaron en el sofá, ella fue a la cocina a por la ropa, la sacó y se la llevó. Mientras se vestían recordó que no sabía sus nombres.
¾    ¿Cómo os llamáis?, perdonad pero no lo sé ¾preguntó Gloria.
¾    Yo me llamo…. ¾comenzó a decir uno de los gemelos».

En ese momento sonó el despertador.
Gloria se sobresaltó, retiró la manos de su sexo y lo apagó de un manotazo ¾¡mierda reloj, siempre suena cuando no debe!¾ Respiró hondo, estaba sudando y se sentía cansada, saltó de la cama y se puso la bata. Miró de reojo a su marido que seguía durmiendo. Se metió en la ducha y su cuerpo se refrescó, aquella fantasía la había puesto acalorada. Hacía tiempo que no tenía unos orgasmos tan buenos cuando se masturbaba.
Se vistió, pintó sus labios maquillándose un poquito, miró en su bolso si estaban el móvil y las llaves del coche, salió con rapidez en busca del ascensor. Al abrirse la puerta vio a los gemelos que se encontraban al fondo, saludó y se colocó delante de ellos. No pudo evitar sonreír al recordar su fantasía; respiró hondo sacando su pecho mientras veía reflejado en las paredes metálicas como la miraban de arriba abajo —Quizás algún día les pregunte cómo se llaman y los invite a un buen café — pensó mientras descendían lentamente.
Los gemelos eran de naturaleza aparentemente tranquila, no tenían problemas para dormir. A pesar de su edad la emancipación no llegaba, parecía que ninguno de los dos quería marcharse de casa de su madre. Todos los conocían muy bien, altos, guapos, jamás habían dado un escándalo y siempre iban juntos. Todo el mundo creía que no solo eran iguales físicamente sino que también sus almas se asemejaban. Pero las apariencias engañan y no siempre es lo que parece. Desde que los contrataron como vigilantes, trabajan todos los fines de semana cada uno en un lugar del municipio.
Casi todos los días se parecían, sin embargo este sábado iba a ser diferente, aunque ellos lo ignoraban. Como cada mañana cogieron el ascensor a la misma hora. En el piso de abajo se subió su vecina Gloria, un breve saludo y se puso delante, dándoles la espalda pero irguiendo el pecho para mostrar su magnífico cuerpo. Ellos conocían que su marido era un borracho, toda la comunidad sabe que en cuanto sale del trabajo se mete en el bar de abajo y bebe hasta que no puede más. A su casa solo va a dormir la mona. Todos le tienen lástima.
Con la misma rutina, el ascensor se paró en el segundo y María subió, saludó a sus vecinos que bajaban habitualmente a esa hora con un «buenos días» los tres contestaron brevemente mientras observaban que se había puesto un vestido de gala y se había maquillado más que cualquier día. No hubo tiempo para más. Ella trabajaba como directora de un hospital de una ciudad cercana y le gustaba irse pronto al trabajo, se sentía feliz con su trabajo y con su vida. Aunque como era sábado, hoy saldría a media mañana; aprovecharía para darle una sorpresa al amor de su vida.
Ya en el garaje, ellas  se dirigían a sus coches y ellos al suyo, no volverían a verse hasta el próximo día en el ascensor.
Esta semana el conductor es Jorge, eso quiere decir que llegarían tarde al trabajo porque conducía muy lento y respetaba todas las normas de circulación. Rafael, por el contrario, era muy temerario y le desesperaba la lentitud de su hermano.
Jorge llevó a su hermano a su lugar de trabajo en el polígono tecnológico y luego se dirigió a la galería de comercios donde trabajaba que se encontraba en el centro de la ciudad. Dejó el coche en el aparcamiento próximo donde la empresa tenía reservadas unas plazas para los empleados. Cogió la radio, la documentación y se dirigió a las oficinas para entregárselo a la chica que trabajaba como cobradora y secretaria. Desde hacía cinco años hacía lo mismo. En realidad, la joven no tenía obligación de guardarle nada, pero siempre le sonreía y lo metía en el armario que tenía a sus espaldas. Él le daba las gracias y se marchaba a hacer sus rondas. Llevaba cinco años repitiendo esa misma operación. La verdad es que solo quería verla. Aquella sonrisa lo hacía feliz. Daría media vida por tener la valentía de hablarle, de invitarla a una cerveza o al cine. Aunque la dejaría elegir, él le aconsejaría sobre la película o sobre los actores. El cine era su pasión.
Ese sábado, como siempre a la hora del almuerzo, se pasaba por el aparcamiento para verla salir y dirigirse a un restaurante cercano a comer  y ella, al igual que todos los días, lo saludó con una sonrisa y un gesto con su mano derecha. Él respondió al saludo; en ese momento vio como un coche, cuyo conductor iba despistado buscando un sitio libre, no la vio y la atropelló. El golpe no fue fuerte, pero su cuerpo fue a parar contra una columna y cayó desfallecida. Él corrió desesperado y la recogió del suelo, comprobó el pulso y su corazón se alegró al sentir que latía con regularidad. En unos momentos un numeroso grupo de conductores intentaban ayudarla. Les ordenó que se retiraran y dejaran espacio para que circulara el sucio y maloliente aire que se respiraba en aquel recinto cerrado, y que llamaran a emergencias.
La ambulancia apenas si tardó unos minutos, pero a Jorge se le hicieron eternos. Cuando llegaron los servicios sanitarios permaneció junto a ellos. Mientras la estabilizaban él reparó en el bolso que había quedado bajo un vehículo. Lo cogió, no pudo evitar abrirlo y escudriñar para ver qué llevaba  ¾Clara, se llama Clara¾ pensó al leer el nombre de su carnet de identidad. Uno de los sanitarios se le acercó y le preguntó:
¾    ¿Es usted familiar?
¾    Amigo, soy amigo.
¾    Bien, ¿le va usted a acompañar?
¾    Sí, por supuesto, íbamos a comer juntos ¾mintió.
¾    En ese caso le informaré a usted: tiene una conmoción cerebral a consecuencia de un golpe, ha perdido la conciencia  pero seguramente la recuperará en cualquier momento; apenas si hay inflamación y probablemente no será grave. Tiene también un golpe en la pierna, no sabemos si hay rotura, será trasladada inmediatamente al hospital de San Carlos, allí le harán las pruebas para determinar si hay algo más. Dígame los datos de la chica para la ficha.
Llamó a su compañero para informarle del suceso y le contó que su novia había sido atropellada y que la iba a acompañar al hospital, que él se hiciera cargo de todas las plantas.
Con el DNI en la mano respondió a las preguntas que le hicieron, luego se subió en la ambulancia y se sentó en el asiento del acompañante sin dejar de observarla. Parecía dormida, su cara era redonda con una nariz chata muy graciosa y el pelo moreno con melena por debajo de los hombros. Tenía los ojos cerrados, pero él sabía que eran marrones. Los labios levemente retocados con un tono rosa que habitualmente iban a juego con sus mejillas, pero que hoy marcaban su palidez. Su corazón le decía que estaba bien y que solo era el golpe de su cabecita con la columna.
De pronto abrió los ojos y lo miró extrañada, luego hizo un gesto de dolor y se llevó la mano a la cabeza. El sanitario acudió rápidamente y le contó dónde se encontraba y qué le había pasado, pero ella miraba a Jorge, él le cogió la mano y ella volvió a sonreír.
¾    ¡Tranquila, no ha sido nada! ¾le dijo muy bajito.
¾    ¡Uff! Me duele todo el cuerpo, pero sobre todo la cabeza.
¾    Te has dado un golpe contra la columna. Yo estaba bajando la rampa y lo he visto todo.
¾    ¡Qué tonta! Ni siquiera me he dado cuenta que venía un coche.
¾    La culpa ha sido del conductor, iba mirando los huecos y no se dio cuenta que ibas andando para la salida.
¾    Bueno, todo debe estar grabado en la cámara.
¾    No se preocupe señorita, parece que no tiene nada grave  ¾ le comentó un enfermero.
¾    ¿Quieres que llame a alguien para que venga al hospital a recogerte? —le preguntó el gemelo.
¾    No, yo no tengo a nadie. Mi madre ha muerto y no tengo familia.
En unos momentos llegaron al hospital y Jorge se fue a la sala de espera de Urgencias. Ni se acordó de que no había comido. Volvió a llamar a su compañero y le dijo que su novia estaba muy grave y que no volvería al trabajo. Naturalmente su compañero se enfadó y lo amenazó de dar parte a la jefatura pero no le importó. Allí se encontró con su vecina Gloria que estaba de guardia y le fue informando de la evolución de la chica.
La tarde se le hizo eterna. Por fin, a las cinco de la tarde, salió ella, andando como si no hubiera pasado nada, al verlo puso cara de extrañeza y luego le sonrió.
¾    ¿Todavía estas aquí? Pensé que te habrías marchado.
¾    ¿Cómo me voy a ir sin saber si estás bien?
¾    Eres muy bueno al acompañarme, ni siquiera nos conocemos.
¾    Para que me dejaran acompañarte en la ambulancia, les dije que éramos amigos y que íbamos a comer juntos.
¾    ¿Y tú trabajo?
¾    Ya está arreglado, un compañero me ha sustituido.
¾    Gracias, me llamo Clara y soy tu amiga.
¾    Yo me llamo Jorge y soy tu amigo. Pero no me has dicho como te encuentras.
¾    Bien, no tengo nada roto. Me duele la pierna a la altura de la cadera y la cabeza. Me han dicho que me tome una pastilla para el dolor, que me unte un antiinflamatorio en la cadera y que me tome unos días de reposo.
Se dieron dos besos en las mejillas y caminaron hacia la calle. Ella se cogió de su brazo muy contenta.
¾    Tengo hambre, ¿has comido algo?
¾    No, quería estar ahí cuando salieras.
¾    ¿Por qué?, soy una desconocida.
¾    Me da vergüenza decírtelo.
¾    ¿Vergüenza? No pareces vergonzoso.
¾    Lo soy.
¾    Bueno, dime lo que sea porque vamos a comer a un restaurante que conozco. Yo te invito.
¾    Durante cinco años he soñado con pedirte salir conmigo a cualquier sitio, al cine, que me gusta mucho, a comer… pero nunca me atreví.
¾    Hoy vamos a comer juntos. ¡Eso es un principio!
¾    Sí, porque te ha atropellado un coche.
¾    No hay mal que por bien no venga. A mí me apasiona el cine, pero no me gusta ir sola, cuando terminemos de comer… ¿Quieres invitarme esta tarde? Elige tú la película, a mí me gustan todas.
¾    ¡Genial, Clara!, aunque tú no lo sepas hemos estado muchos días juntos en el cine.
¾    ¡Umm! Vas a tener que contarme muchas cosas que hemos hecho juntos sin que yo lo sepa.
Jorge se puso colorado como un tomate, pero no le contó todo lo que soñaba con ella. La tarde fue maravillosa para ambos. Se encontraban a gusto juntos y parecía que se conocían de toda la vida.
Comieron y después buscaron un cine. Encontraron uno muy cerca, echaban una película cuyo título les gustó a los dos: “Cuando te encuentre”. Ella seguía cogida a su brazo, como si temiera perderlo. La película era una bella historia de amor y les encantó a los dos, de vez en cuando se miraban y sonreían. Al salir a la calle ella volvió a cogerse de su brazo.
¾    ¿Te ha gustado?
¾    Sí, pero parecía que no se iban a entender.
¾    Al final ha triunfado el amor. A mí me gusta que terminen bien.
¾    Y a mí.
Hablaron un rato sobre la película, como lo harían dos viejos amigos; siguieron paseando sin rumbo definido y encontraron una plaza con unos jardines en el centro, se dirigieron a un banco y se sentaron.
¾    Estoy muy a gusto contigo, pero  no sé nada de ti ¾le comentó Clara a modo de interrogación.
Jorge comenzó a contarle su vida con su madre y su hermano gemelo, su trabajo, su soledad...
¾    ¿Hay alguna chica? ¿Estás enamorado?
¾    Sí, hay una chica, pero nunca he tenido valor para decírselo.
Clara se puso rígida y lo miró preocupada.
¾    Trabaja en las oficinas del parking donde te han atropellado.
¾    Y… ¿Cómo se llama esa chica?
¾    Hoy he averiguado que se llama Clara ¾le dijo mirándola a los ojos.
Ella acercó los labios a los de él y lo besó, suavemente primero y luego con intensidad. La voz de unos niños jugando les hizo separarse.
¾    Yo tampoco sé nada de ti ¾le dijo Jorge cogiéndole la mano.
¾    Me acompañas a casa y te cuento todo sobre mí, vivo cerca de aquí.
La acompañó a casa, Clara vivía sola desde el fallecimiento de su madre hacía solo unos meses. Se sentaron en el sofá, ella apoyó su cabeza sobre el pecho del hombre y comenzó a contarle su vida. También se había enamorado de un hombre al que no se atrevía a decirle nada y llevaba esperando que él le dijera algo o que ocurriera un milagro. Un rato después los dos lloraban mientras se miraban sonriendo.
¾    Tengo que llamar a mi hermano para decirle que no voy a recogerlo. Se va a enfadar. Pero por un día, que coja un taxi.
¾    Lo siento, no quería causarte molestias.
¾    ¿Molestias? Es el día más feliz de mi vida.
¾    ¿Preparo la cena?
¾    No sé, se me va a hacer muy tarde.
¾    Puedes dormir aquí… Si quieres.
¾    En el sofá o en la cama.
¾    Elige donde más te guste.
¾    Te elijo a ti.
Llamó a su hermano y luego a su madre. No esperaron a la cena, cuando terminó de hablar, ella lo cogió de la mano y lo llevó hasta el dormitorio donde comenzó a desnudarlo. Él se dejó hacer y luego la desnudó e hicieron el amor.
Rafael se bajó del coche y dijo adiós a su hermano con un gesto, llegaba tarde y eso le ponía de mal humor.  Afortunadamente su jefe todavía no había llegado. Hizo sus rondas y hacia las diez de la mañana se dirigió a la salita del café pensando que un sábado habría poca gente. Escogió las capsulas y se preparó un capuchino, se sentó en el mirador para tomárselo con tranquilidad y ver el trajín de coches circulando por la avenida principal del polígono. Detrás de él entro Sara, la jefa del departamento de tecnología, y cerró la puerta con pestillo. Rafael no puso cara de buenos amigos, ni respondió al saludo, aun así, ella le colgó los brazos al cuello y lo besó en los labios. Luego bajó su mano hasta la bragueta y le bajó la cremallera, le sacó el miembro y se lo acarició, cuando alcanzó el grosor adecuado se puso de rodillas y se lo llevó a la boca. Unos minutos después se levantó y lo frotó en su trasero.
¾    Métela. Por favor.
Rafael obedeció y comenzó a moverse, sabía que no podía negarse. Alguien intentó abrir la puerta y ella se irguió rápidamente, colocándose bien la ropa.
¾    Empuja, está abierta ¾gritó para disimular y se dirigió hacia la entrada para abrir, pero antes le dijo ¾A la una y media te quiero en mi despacho.
Ella se fue y entraron dos chicas de la planta inferior que subían a tomar café.
¾    ¿Qué estabais haciendo? No estarás enrollado con esa arpía le preguntaron.
¾    ¡No, no!, la puerta se ha cerrado sola.
¾    No me lo creo ¾dijo la misma chica.
Rafael se marchó, y continuó trabajando hasta la hora del almuerzo. Se pasó por el despacho de Sara, una cincuentona que no solo era jefa de un departamento, sino también hermana del dueño de la empresa, le hizo el amor en unos minutos para que lo dejara en paz. Luego se dirigió al bar donde comía todos los días y pidió el menú. Tuvo la mala suerte de que en la mesa de enfrente se sentó su ex novia y su ex mejor amigo, ella lo dejó para salir con su amigo, en realidad, llevaban mucho tiempo enrollados y lo sabía todo el mundo, menos él. Pasó mucha vergüenza.
Intentó comer como si no pasara nada, pero le fue imposible; ver como la besaba lo sacó de sus casillas. Salió a la calle y encendió un cigarrillo mientras paseaba. Sus pasos le llevaron al bar que estaba en el otro extremo de la calle y pidió un whisky; cogió un billete de cincuenta y pagó, le pidió al camarero que le diera el cambio en monedas. Se sentó en la máquina tragaperras y se puso a jugar hasta que agotó el último euro. Pasada la hora del almuerzo volvió a su trabajo. Cuando terminó su jornada laboral se dirigió a la parada de autobús donde lo recogía su hermano. Sabía que se retrasaría y se lo tomó con calma, entreteniéndose en contar lo que tardaban en llegar los autobuses.
Finalmente su hermano llamó diciéndole que no iría a recogerlo, que había encontrado una amiga y quería estar con ella ¾Pero si es tan tímido que nunca le habla a una mujer¾ pensaba mientras colgaba el teléfono. Y para colmo se había gastado todo el dinero en la dichosa maquinita.
Iba a volver a llamar a su hermano para contarle su problema pero prefirió que no se enterara y decidió llamar a su amigo Juan, que lo recogió, pero no lo llevó a su casa sino a un apartamento que utiliza como picadero. Se conocían desde el instituto pero nunca habían sido muy amigos. Sin embargo, el año pasado se lo encontró en un bar de ambiente gay y se enrollaron. Se ven cuando tienen tiempo, pero ninguno quiere salir del “armario”. Ambos viven en casa de su respectiva madre y no quieren lastimarlas con esa noticia. Le contó sus desventuras e hicieron el amor. Luego lo llevó a su casa. Al llegar, su madre, muy preocupada, le contó que su hermano no iba a dormir. Él también se preocupó, ¾Jorge no solo es tímido con las mujeres sino que no sabía sobrevivir sin ellos ¿Quién sería aquella chica? Seguramente lo de la amiga sería mentira¾ pensaba mientras lo llamaba por teléfono. Pero la operadora le decía que el teléfono se encontraba apagado o fuera de cobertura. Se fue a la cama preocupado por su hermano ¾Bueno, ya es mayorcito para pasar una noche fuera de casa¾  Por primera vez, desde hace muchos años, los gemelos del 6º B no dormían bajo el mismo techo. Rafael se durmió con una sensación de soledad desconocida para él.
Continua...

martes, 6 de mayo de 2014

LA CHICA DEL MEDALLÓN DEL ÁNGEL ENAMORADO.- Capítulo primero.



CAPITULO PRIMERO

1
El medallón

Esta historia comenzó a forjarse con la aparición del medallón en la Sierra Pequeña, hermana de Sierra Nevada y que los castellanos denominaron Sierra Arana. Allí, en una cueva estrecha, que parecía una mina, pero que no había sido horadada por el hombre, existía uno de tantos portales por el que los enviados de Dios venían a la Tierra para cumplir con sus obligaciones.
El artífice del medallón había sido derrotado por los arcángeles y desterrado a la oscuridad, pero antes de ser vencido se lo había entregado a Lilith, su enamorada, y lo había dotado de todos su poderes y de una magia aprendida de los ángeles caídos antes de la gran rebelión. Esa magia hacía indestructible al medallón e inmortal a su poseedor.  A través de ella, podría volver a la Tierra y vivir su eterno amor.
Cuando el arcángel Metaniel, jefe de los seres alados, consiguió el medallón, intentó destruirlo pero no pudo, tampoco supo eliminar esa magia y, en la entrada de aquel portal, lo escondió, sellando la entrada para que no pudiera volver a ser utilizado. De esta manera pensó que el problema estaba solucionado.
Eso ocurrió hace miles de años terrestres. Estos seres superiores a los hombres, no conocían lo imprevisible de un corazón humano y nunca pensaron que un niño pudiera encontrar ese medallón y abrir el portal sin tan siquiera saberlo.


AA


Huélago, jueves, 8 de mayo de 1969

Don Antonio y su mujer, la señorita Mari Carmen, también maestra de Huélago, habían acordado con otros colegas de Moreda realizar una excursión con todos los niños de los dos pueblos a la Fuente de los Hornajos, que está en lo alto de la Sierra, a unos dos mil metros. A pesar de la altitud, se puede subir sin mucha dificultad por una vereda que utilizaban los pastores.
El día señalado amaneció totalmente despejado. Después de un invierno lluvioso con continuos temporales que habían provocado que el campo estuviera embarrado y no se pudiera pasear por él. Con la llegada de la primavera había aparecido el sol y la alegría a los corazones de la gente. El barro se había secado y la tierra comenzaba a florecer por todas partes.
Ese día, nada más levantarse, Antonio salió a su corral para orinar, por entonces no existían los cuartos de baño en Huélago, el sol asomaba por el Canto del Llano de la Estación ¾Hoy va a hacer un buen día¾ se dijo al levantar la vista. Eso era un buen presagio.
Se sentía contento, le gustaba salir al campo y esta excursión era una oportunidad para cumplir su sueño: subir a lo alto de la montaña. Era como si le hubiesen dado un premio por ser tan buen estudiante. Desde la ventana de su casa, donde se sentaba para leer, se veía la sierra y, concretamente, el lugar donde iban ahora se mostraba como un manto verde. Soñaba que en aquel lugar vivía aventuras que otros niños no podrían vivir jamás. Sin embargo, aunque era un lugar deseado, nunca había ido allí; en una ocasión, y sin que su padre lo supiera, llegaron hasta la Venta del Puntal, al pie de la sierra, muy cerca del lugar, claro que al volver, su progenitor le calentó el culo por haber ido sin permiso. Ahora iban guiados por los maestros y, aun así, su papá se negó en un primer momento, la sierra era muy peligrosa para un niño ¾pensaba su padre¾, pero la tristeza del niño, al conocer la negativa de su progenitor, fue  lo que provocó la intercesión de su madre, y al fin, pudo llevar la autorización a la escuela.
Descolgó la trébede pequeña de la pared de la chimenea y la puso sobre el fuego, que previamente su padre había dejado encendido antes de marcharse a trabajar a la cantera del Cerro la Torre, colocó un cazo encima y puso un poco de leche. Cuando estuvo caliente la echó en un tazón, añadiéndole cola cao y azúcar, la acompañó con sopas de pan. Su madre estaba barriendo la puerta de la calle y al darse cuenta de que se había levantado, entró rápidamente a la casa y le preparó el macuto con una fiambrera de carne con tomate para varias personas por si tenía más hambre, pan, una naranja y un bocadillo de tortilla para la merienda de la tarde. Agua no necesitaba ya que había allí donde iban. En realidad no quería llevar tanta comida pero no había manera de convencer a su madre de que con un par de bocadillos le sobraban para pasar el día.
Todos los niños participantes debían estar a las ocho de la mañana en la puerta de la escuela. Antonio ni siquiera miró el único reloj de la casa que estaba sobre la cornisa de la chimenea, en cuanto apuró el tazón del desayuno, cogió el macuto y se lo colgó a la espalda. Salió corriendo de la casa y en unos minutos estaba en la puerta de la escuela. La mayoría de los niños ya estaban allí aunque aún faltaba un rato para la hora de salida. Los maestros en cambio llegaron a la hora justa, para eso habían planificado al detalle le excursión. Reunieron a los niños por clases y cursos y pasaron lista. En esta ocasión, no les preocupaba que comenzaran las clases y todos estaban contentos de estar allí. Poco después llegaron las maestras y las niñas que se habían reagrupado en las Escuelas Viejas, que eran las escuelas de las niñas. En aquellos días la enseñanza en España estaba separada por el sexo de los alumnos. Las niñas en una escuela y los niños en otra.
Don Antonio les dio las últimas instrucciones y comenzaron a caminar por la orilla de la carretera en fila de a dos. En el paso de la Rambla, algunas madres aguardaban el paso de los niños para decirles adiós y darle las últimas recomendaciones sobre cómo debía ser su comportamiento. Al llegar al llano, después de subir la Cuesta de Atascadero, comenzó a generalizarse un murmullo ante la visión de la Sierra, «allí, allí vamos a subir». En el paso a nivel del tren, las cadenas estaban echadas y el guarda, Gabrielillo, vigilante por si algún niño cometía una imprudencia. La alegría de los niños se desbordó cuando pasó el tren. La fila se rompió y los niños gritaban «adiós, adiós» a los asombrados pasajeros que se asomaban por la ventanilla. El guarda esperó el tiempo estipulado y quitó las cadenas para que pasaran. Poco después, los maestros se encontraron con otro problema al llegar al cruce con la carretera nacional. Aunque había poco tráfico eran muchos los niños y los mandaron parar, para organizarse. Unos maestros se pusieron a vigilar si venía algún coche y los demás, a ambos lados de la calzada, les iban diciendo cuando podían pasar. Cuando terminó la operación siguieron por la carretera de Bogarre hasta el cortijo de Las Grajas, que era el punto de reunión con los niños de Moreda. Los alumnos del pueblo vecino todavía no habían llegado y decidieron esperarlos jugando al fútbol en una de las eras. Cuando estuvieron todos juntos organizaron a los niños en fila y subieron por la vereda de los pastores que llevaba a la Fuente de los Hornajos. Una hora después ya estaban bebiendo agua en la fuente. Allí les dieron libertad de hacer lo que quisieran, siempre que no se salieran de la zona que ellos podían controlar con la vista, es decir, la explanada.
La rivalidad entre los dos pueblos se extendía a todos los ámbitos. Naturalmente el fútbol era el máximo exponente y organizaron un partido. Se eligió a once jugadores por cada equipo y a dos maestros, uno de cada pueblo, como árbitros, los demás se pusieron a animar desde la orilla. A los que no les interesaba este deporte se fueron a explorar por los alrededores. Jugar un partido de fútbol a dos mil metros de altura no era problema para aquellos chavales que no se estaban quietos ni un momento, la dificultad estaba en que se jugaba en la ladera de una montaña. Se estableció que el que echara la pelota fuera, debía de ir a buscarla. Aunque había dos balones para jugar, siempre había algún patoso que echaba la pelota barranco abajo y tenía que ir a por ella, mientras, se jugaba con la otra, pero al poco rato también había que ir a recogerla y claro, no había otra opción que esperar a que volviera alguno con una pelota para seguir jugando. Por fortuna, unos cientos de metros más abajo, había un bosquecillo de chaparros que retenían los balones e impedían que se perdieran. El partido duró hasta la hora de comer. No ganó ningún pueblo, empate. Después, el almuerzo y la siesta.
En la explanada solo había un árbol, que fue ocupado por los numerosos maestros. El resto, al sol, no aguantó mucho rato y, en cuanto los vigilantes se tumbaron para echar la siesta, se fueron a explorar para no aburrirse. Uno de los niños, Antonio, les propuso a sus amigos ir hasta el pico más alto, que se veía desde allí. Antes de llegar encontraron unas rocas que les permitía jugar al escondite y rápidamente eligieron a uno para que los buscara, los demás corrieron a esconderse.  Antonio se escondió junto a una abertura tapada por una enorme piedra de más de dos metros de alto que aguantaba estoicamente de pie, pero que las inclemencias parecían querer derribar.
Aquello le llamó la atención. Parecía que la piedra tapaba la entrada a algún lugar desconocido. Eso estimulaba su imaginación y deseó saber que podría haber escondido allí. Cuando terminaron de jugar, decidió enseñárselo a sus amigos.
¾    ¿Y si la tiramos y entramos a ver lo que hay? ¾les propuso Antonio.
¾    ¡Vale! ¾gritaron los demás.
Se subieron todos, sentándose uno al lado de otro, poniendo los pies sobre la roca y empujando con todas sus fuerzas. Era más la ilusión que ponían que la fuerza que lograban hacer. Sin embargo los miles de años que la piedra llevaba de pie pareció hacer efecto y esta cedió imprevisiblemente.  Primero volteó sobre si misma ante el susto de los niños, luego comenzó a girar barranco abajo hasta que tropezó con un grupo de chaparros y se detuvo.
Los niños se quedaron anonadados ante las repercusiones que podían tener si los maestros los descubrían. La piedra al caer comenzó a formar un gran estruendo y los niños, asustados, miraban la explanada. Los maestros estaban tumbados bajo el árbol echando la siesta pero uno de ellos que no dormía se levantó para ver de donde procedía ese ruido e intentó otear el horizonte. Ellos se escondieron y vigilaron para ver que hacía, pero desde su posición, aquel individuo no podía ver nada y volvió a tumbarse bajo el árbol pensando que sería algún animal.
La abertura que había quedado al descubierto parecía la entrada de una mina, pero muy estrecha. Tendría un metro de ancho y dos metros de alto. Justo para un hombre. El grupo de niños miraba aquella entrada oscura, deseosos de entrar pero con miedo ante lo que hubiera en el interior. Eran valientes, pero temían a lo desconocido. Uno de ellos, que fumaba a escondidas, llevaba una caja de cerrillas en los bolsillos. La sacó y la enseñó, ofreciéndola.
¾    ¿Quién entra primero?
¾    Dame, vamos a ver hasta dónde llega ¾dijo Antonio cogiendo la caja de cerillas¾¿solo te quedan cinco o seis mistos?
¾    Vemos lo que hay y si nos gusta venimos otro día con una linterna ¾propuso Agustín.
¾    ¡Vale! Vamos.
Antonio se levantó y comenzó a andar por la abertura, en cuanto llegó a la oscuridad se paró, intentó adaptarse, pero no veía nada. Del interior salía un olor extraño, parecido al azufre y a tierra mojada; el aire estaba viciado y le costaba trabajo respirar con normalidad. Le dio miedo pero ya no podía volverse atrás.
¾    ¿Qué pasa? ¾preguntaron enseguida.
¾    Enciende ya el misto ¾le gritaban.
Encendió la cerilla y, con el brazo en alto, comenzó a andar; el olor a humedad se incrementó conforma avanzaba. La luz era tan tenue que andaban sin ver casi nada. Apuró la cerilla hasta que se quemó los dedos y encendió otra. Con cada encendido andaban unos pocos metros, así no llegarían muy lejos. Aunque no veían lo que había alrededor, la emoción era tan grande que no se percataban del peligro que corrían ya que podían encontrarse un agujero y caer por él. Uno de los niños descubrió algo extraño en aquel túnel.
¾    ¡Las paredes son amarillas! ¾gritó Juanito.
Encendió una nueva cerilla y todos se concentraron en ese descubrimiento, ahora el reflejo aumentaba la luz y podían ver sus sombras reflejadas en la otra pared.
¾    Es verdad, ¡qué piedra tan lisa! ¡qué bonita! Esto es un mineral ¾ decía emocionado Antonio.
¾    ¿Será oro?
¾    No, imposible, el oro está en pepitas.
¾    No, no, esto es oro puro.
¾    Hemos descubierto un tesoro.
La cerilla se apagó y todo se quedó oscuro. La impaciencia se apoderó de ellos.
¾    Enciende otra, que no se ve nada.
¾    Ya no quedan más ¾les comentó consternado Antonio.
¾    Entonces no podemos seguir. Vamos a decírselo a los maestros.
Con las manos puestas en la pared comenzaron a retroceder para salir de la cueva, salvo Antonio que miraba asombrado un punto de luz que brillaba más adentro. Mientras sus compañeros salían fuera de la cueva, él se puso de rodillas y comenzó a andar a cuatro patas en dirección contraria buscando ese punto de luz. Cuando la tuvo a su alcance dudó qué hacer. Finalmente tocó con su mano esa fosforescencia y todo se iluminó, como si se hubieran encendido todas las bombillas del universo. Entonces pudo verlo todo con claridad. Se encontraba en una cueva no muy amplia, con las paredes y el suelo de color amarillo y su resplandor quemaba los ojos. La luz parecía salir de un medallón viejo que había en el suelo. Lo cogió y lo miró detenidamente. Pudo observar la cara de una mujer en el anverso y unas runas en el reverso. Del medallón colgaba también una cadena ¾esto parece de hierro, pero pesa poco, será un tesoro de los moros¾pensaba mientras admiraba todo aquello.
No entendía que estaba pasando pero algo le decía en su interior que se lo guardara en el bolsillo, lo hizo y la luz se apagó quedando en completa oscuridad. Se acercó a una pared y con las manos tocándola, como si fuera un ciego, se dirigió a la salida. En ese momento aparecieron don Antonio y varios maestros con una linterna.
¾    ¿Qué haces aquí a oscuras?, dime, ¿quién te ha dado permiso para entrar en esta cueva? ¾comenzó diciendo muy cabreado.
¾    Todo es amarillo ¾balbuceo Antonio, sin saber que decir.
¾    ¿Amarillo? ¿Y qué? Amarillo te vas a poner cuando se lo diga a tu hermana Nicolasa.
Los maestros se aproximaron a la pared y estuvieron examinándola y discutiendo si era cuarzo o calcita, desde luego no era oro como habían pensado los niños.
¾    ¡Vámonos! Hay que llevarlos a la fuente antes que le ocurra algo a alguno ¾ordenó un maestro.
Salieron todos de la cueva bajo la luz de la linterna de don Antonio, fuera todos los niños esperaban agrupados para ver el tesoro de oro que habían encontrado.
¾    ¡Todos a la explanada!¾ordenaron los maestros.
¾    ¿Y el tesoro? ¿Dónde está? ¾preguntaban los niños.
¾    No hay tesoro, solo son piedras amarillas.
¾    Seguro que hay un tesoro y decís que no, y por la noche venís y os lo lleváis ¾comentaba otro niño en voz alta.
La carcajada fue general, Antonio guardó silencio, no quería decir nada sobre lo que había encontrado, ni siquiera a sus mejores amigos, si lo enseñaba lo perdería y algo le decía que debía protegerlo de otras gentes.
Volvieron todos a la explanada y prepararon la vuelta. Cada maestro reagrupó a sus alumnos para que nadie se quedara atrás y comenzaron la bajada hasta el cortijo de Las Grajas. Antonio, en cuanto pudo se apartó un poco y, escondido detrás de una retama, sacó el medallón de su bolsillo y lo pudo observar mejor, a la luz del sol la imagen parecía más bonita. ¿Quién será esta mujer? ¿Cuánto tiempo llevará en la cueva? ¾Se preguntaba¾ El tacto le resultó extraño, y no parecía caliente ni frío. No tenía ningún punto luminoso ni nada especial que se reflejara salvo la luz del sol. Pero en la cueva había brillado, de eso estaba seguro. La luz que salía del medallón había iluminado toda la cueva y se había apagado cuando iban a llegar los maestros. A lo mejor era un medallón mágico con poderes.
Lo guardó en el macuto y se unió a sus amigos. En el cortijo volvieron a jugar un partido de desempate. El único lugar donde podía jugar era una “era” de las que usan los agricultores paras trillar los cereales, solo tenía un inconveniente y era que el suelo era de piedras. Eso hizo que muchos no quisieran jugar por el peligro de romperse una pierna. De nuevo la contienda quedó en tablas ya que nadie metió un gol.
Al terminar el partido, uno de los niños que había participado dijo que le habían robado un reloj de pulsera y los maestros pidieron que se lo devolvieran, pero nadie lo hizo. Entonces apartaron a los que se encontraban cerca de donde decía que lo había dejado y decidieron registrar los bolsillos y los macutos de cada uno.
Antonio no había jugado, pero se encontraba cerca del lugar. Se puso nervioso e intentó separarse del grupo con disimulo, pero los maestros lo impidieron. Ya habían registrado a la mitad de los niños cuando alguien se acordó que lo había visto guardar el reloj en su macuto. Comprobaron el bolso y allí lo encontraron. Nadie lo había robado. Aquello sirvió de cachondeo durante un buen rato.
Los maestros de cada pueblo organizaron de nuevo a los niños, contándolos y comprobando que estaban todos, y los pusieron de nuevo en fila de a dos para andar por el borde de la carretera. Al llegar al cruce, cada grupo tiró para su pueblo. Al separarse, algunos niños gritaban consignas contra el otro pueblo, pero los maestros ordenaron silencio y consiguieron que la excursión no terminara en pelea.
Antonio realizó el camino de regreso intranquilo e impaciente. Le preocupaba que alguien se diera cuenta de lo que llevaba en el bolsillo y se lo quitaran. Cuando llegó a su casa, parecía que alguien le decía que guardara aquel objeto y rápidamente corrió a depositarlo en su escondite secreto que se encontraba detrás de la puerta de acceso a la planta alta de la vivienda, debajo de un ladrillo rojo de arcilla, en cuyo hueco Antonio guardaba sus tesoros.
Yo, entonces, vivía en París, tenía ocho años y disfrutaba de una infancia feliz. Por nada del mundo podía imaginar las aventuras que me esperaban en aquella tierra.


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2
El Instituto

Miércoles, 20 de octubre de 1976.

Aquí aparezco yo. Apenas si llevaba un mes viviendo en Guadix cuando comenzó el curso escolar en el liceo. Mi madre y yo habíamos heredado un viejo palacio y una cuenta bancaria con mucho dinero, procedente de una herencia de mis abuelos paternos, que habían fallecido en esta ciudad. Como mi padre había fallecido, la heredera era yo, pero las decisiones las tomaba mi madre y para mi sorpresa, ella decidió vivir aquí y yo no tuve más remedio que aceptarlo. Me matriculó en el liceo, que aquí llaman instituto, para hacer el bachiller español. Comenzaba el curso y tenía la obligación de ir a clase. ¡ Mon Dieu! Que tortura.
Sonó el despertador que mi madre había puesto junto a la mesita de noche. Lo apagué de mal humor y me levanté, sabía que si no lo hacía, ella entraría y me despertaría bruscamente. Semidormida y con los ojos casi cerrados llegué al cuarto de baño. No pude evitar mirarme al espejo, sin gafas, parecía un ser borroso, hacía frio y me apetecía volver a la cama y seguir durmiendo. Hice mis necesidades y abrí los grifos del agua regulándolos hasta que salió templada, me puse un gorro para no mojarme el pelo y me metí en la ducha, el contacto con el agua me abrió los ojos espabilándome lo necesario para comenzar el día.
Cuando me vestí, mi madre ya tenía listo el desayuno: “pain et confiture”, como no tenemos baguettes, utilizamos pan de barra abierto y le untamos mermelada y mantequilla acompañadas de un vaso de leche con cola cao y unas magdalenas. Echaba de menos los cruasanes y brioches pero tampoco quería engordar mucho.
No había terminado cuando mi madre ya estaba lista para acompañarme. No dije nada porque llevábamos una semana discutiendo sobre la conveniencia de que me acompañara al instituto el primer día de clase. Como no estaba conforme con su imposición le quise fastidiar y me fui al cuarto de baño, no sé a qué. Me miré al espejo y me encontré con una chica triste que me dio pena, mi pelo largo y ondulado, pelirrojo, parece que está hecho de rastras, mis gafas que ocupan toda la cara me dan una sensación repelente; tal vez si me arreglara el pelo y no necesitara gafas podría parecer guapa y gustarle a los chicos, pero así me sentía fea y poco atractiva. A mis catorce años ningún chico se había fijado en mí y ahora no iba a ser diferente. Esa era la actitud con la que comenzaba una nueva etapa de mi vida.
Después de varias llamadas de mi madre, ya desesperada porque pudiera llegar tarde, respiré hondo y salí con nuevas energías. «Aunque sea fea me puedo comer el mundo» me dije para mí y desde luego pensaba cumplirlo. Naturalmente mi madre utilizó el coche, aquí la gente no anda por la acera sino por la calle y conducir es una temeridad, pero me llevó hasta la puerta del instituto sana y salva, y sin atropellar  a nadie.
Me dio un beso y me dejó bajarme del coche. Por fin me sentía libre, cómo sabía que me observaba, no quise parecerle miedosa, eché el pie derecho y entré muy decidida. Ya había comenzado el curso pero mi madre me había aconsejado retrasar unos días mi llegada por miedo a las novatadas de los primeros días. Me dirigí a la Secretaría y pregunté cuál era mi clase, se sorprendieron de mi acento francés, siempre que abría la boca alguien se sorprendía. No me gustaba España. No entendía por qué mi madre había decidido vivir en este país, solo habíamos heredado una casa y un poco de dinero de mis abuelos paternos, eso no era suficiente para cambiar Paris por Guadix, un pueblo pequeño e insignificante donde hacía un calor espantoso y solo tenían abanicos para refrescarse. ¡Dieu, cuánto retraso!
Aquí no conocía a nadie, ni había encontrado a alguien interesante; todos mis amigos habían quedado allí, bueno, tampoco tenía tantos amigos, realmente solo tenía dos amigas, los demás vivían muy lejos para considerarlos amigos.
Me dijeron dónde estaba mi clase y me dirigí a ella. Entré y me fui al fondo del aula, casi todos los bancos estaban vacíos y los pocos alumnos que había charlaban agrupados. Cómo no sabía dónde sentarme me decidí a preguntarles.
¾    Buenos días, soy nueva, ¿dónde hay un asiento libre? ¾ dije intentando disimular mi acento, si no fuera por la maldita erre lo hubiera conseguido.
¾    Yo no tengo compañera, siéntate conmigo….allí. ¾Me contestó una chica que también llevaba gafas como yo, señalándome el lugar.
Me senté donde me dijo esa chica intentando pasar desapercibida. Saqué un cuaderno y un bolígrafo y los puse encima de la mesa. Alcé la cabeza y estaba rodeada de chicas y chicos.
¾    ¿Eres extranjera?
¾    ¿Eres francesa? ¾me preguntaban observándome como si fuera un mono de feria.
¾    No, soy española, pero vivía en Francia.
¾    ¿En qué parte de Francia? ¿En Paris?
¾    Sí, vivía en Paris, ¿pasa algo?¾comencé a sentirme molesta.
En ese momento llegó el profesor de historia y todos corrieron a sentarse. Durante cinco minutos el murmullo fue general. Yo estaba sorprendida por el poco respeto que tenían los alumnos, solo cuando pasaron unos minutos el profesor alzó la cabeza mirando fijamente a los que hablaban y consiguió que todos callaran.
¾    Buenos días, veo que tenemos gente nueva en clase ¾dijo como saludo para todos.
Me di por aludida y me levanté. Era mi primer día de clase y tenía que presentarme.
¾    Soy Anik Calvet, perdón Segura Calvet.
¾    Si, aquí te tengo en la lista, ¿eres francesa? ¾esta vez era el profesor el que me preguntaba¾ Bueno Aní, no te preocupes, cuando no entiendas algo, me preguntas, no te cortes, y que Carmen te ponga al día de lo que hemos dado.
¾    Carmen soy yo ¾me dijo bajito mi compañera.
¡Merde! Aquí todos dicen Aní y yo soy Anik, no se enteran de que pronuncian mal. ¡putain! Me van a cambiar el nombre. ¿Y qué puedo hacer, escribírmelo en la frente?
Mientras explicaba, el profesor andaba por toda la clase y, en un momento dado, se acercó a mi lado y se inclinó para ver lo que escribía en la libreta, me sentí mareada, como en una burbuja en la que flotaba y giraba dando vueltas ininterrumpidamente. Mi corazón se aceleraba  cada vez que me miraba o se acercaba a mi asiento. Al terminar la clase volví a sentir normal. Pude comprobar que era su presencia la que trastornaba mi espíritu. En cuanto salió el profesor, mi compañera me comentó:
¾    Se llama Anael, yo sé dónde vive.
¾    ¿Eso es un nombre?
¾    Es un nombre raro, pero está buenísimo
¾    Ya lo veo, pero es un profesor.
¾    ¿Y qué? si no se entera nadie.
¾    ¡Ah!
Lo dicho, los alumnos aquí no respetan a los profesores como docentes, los ven como hombres y eso no es bueno. Al momento, todos volvieron a acosarme a preguntas, preferí contestar para ver si me dejaban en paz. Era como su juguete nuevo y todos querían jugar conmigo, pero a mí me agobiaban. Cuando llegó el recreo mi compañera me cogió de la mano y me dijo:
¾    Vamos que te tengo que poner al día de todo el instituto.
Cuando el profesor le dijo que me pusiera al día, se refería a la asignatura, pero ella consideró que tenía que informarme de todos los cotilleos del instituto. En el fondo me vino bien, con ella no me aburrí.
El viernes por la tarde, Carmen vino a buscarme a mi casa y me llevó a pasear por el Parque. Parecía que se había tomado la obligación de ser mi anfitriona en la ciudad. Me enseñó las tiendas de ropa y los lugares que, como mujer tenía que conocer. Naturalmente, me presentó a todos los chicos que nos encontramos por la calle. Carmen no era muy agraciada, yo tampoco, pero tenía una gran facilidad para hacer amigos.
Los siguientes días tampoco fueron tranquilos, al contrario que en París, donde los chicos no me hacían ningún caso, aquí me convertí en el centro de atención, al menos los primeros días. Todos querían acercarse y hablar conmigo. Claro que algunos solo deseaban oír mi acento, ¡imbéciles! Poco a poco fui conociendo a la gente y seleccionando mis amistades. Me sorprendí haciendo tantos amigos, yo, “una chica tímida”, que apenas si había forjado un par de amistades en mi niñez y solo porque  vivían en el mismo bloque. Aquí la gente era diferente, se abrían con facilidad. Sin darme cuenta yo también lo hice y comencé a sentirme mejor.
Yo no quise venir a España, a mi madre se lo he dicho infinidad de veces, y menos quedarme a vivir. Era como si me hubiesen condenado por ser adolescente. Como menor de edad no podía negarme, y me resigné. Sin embargo, bastaron dos días para que mi amargura inicial se fuera diluyendo en un sueño de esperanza. Porque sobretodo era una soñadora empedernida.
El lunes por la mañana, camino del liceo, a la altura de la catedral, me crucé con un chico que me miraba fijamente, como embobado, parecía mayor que yo; no era guapo, tenía el pelo largo y la nariz prominente, luego comprobé que me seguía. Llevaba una carpeta y deduje que también iría al instituto. No lo sabía. No volví la cara. Tampoco se acercó a mí. En el recreo Carmen y yo salimos a pasear comiendo pipas por el Camino del Cementerio, andando nos juntamos con otros compañeros y formamos un grupito diverso de chicas y chicos.
En un momento dado Carmen se paró para hablar con otra amiga, seguramente para recabar información sobre alguien, y me quedé hablando con Loli, una chica de segundo, morena y muy guapa que rebosaba simpatía. Al darnos la vuelta un joven estaba parado observándonos y sonreía. Era el chico de la mañana. Cuando llegamos a su altura se dirigió a Loli:
¾    Hola, ¿qué tal? ¾se acercó dándole dos besos.
¾    ¿Ya has vuelto, Antonio? ¾le contestó sonriente.
¾    Sí, vine el domingo, hoy es mi primer día de clase. ¿Cómo te va?
¾    Bien, muy bien.

Entonces metió su mano en el bolsillo, sacó una rosa y se la entregó sonriendo.
¾    Para ti ¾le dijo, ¡Mon Dieu! ¡Qué romántico!
En ese momento creí que había hecho magia y la flor había aparecido por encanto. Pero no.
¾    Gracias, no se te olvida que me gustan las rosas. ¿Cómo te ha ido este verano?
¾    Trabajando.
¾    ¿Y tus amores? ¾le preguntó sonriendo.
¾    Sigo lo mismo, he intentado olvidarla, y pensaba que había tenido éxito, pero en cuanto he llegado, lo primero que he hecho ha sido ir a buscarla al instituto de abajo.
¾    ¿Y qué te ha dicho?
¾    No la he encontrado, y vengo con el corazón roto. ¿Y tus amores?
¾    A mí nadie me quiere, ya lo sabes ¾me sorprendió que una chica tan guapa dijera eso.
¾    Eso es imposible ¾le dijo mirándola a los ojos. Entonces se dio cuenta de mi presencia.
¾    ¡Ah! Esta es Anik. Está en mi clase, y este es Antonio, un amigo¾por fin nos presentó.
¾    Hola Anik, la cogí esta mañana para ti.
De nuevo apareció una rosa en su mano y me la entregaba sonriendo. Yo lo miré sorprendido. Me dio dos besos en las mejillas.
¾    No seas embustero, esta mañana no me conocías.
¾    ¿Por qué te iba a mentir?, esta mañana te he visto y he sentido la necesidad de buscarte. He cogido una rosa para Loli y otra para ti, sabía que te iba a conocer.
¾    Bueno, bueno, yo me voy y os dejo solos ¾dijo Loli marchándose y uniéndose a otro grupo.
Nos quedamos solos, mirándonos, y comenzamos a andar despacio.
¾    ¿No eres muy lanzado?
¾    No, no, no me interpretes mal. No pretendo ligar.
¾    Me da igual, paso de chicos.
¾    Eso me gustaría a mí. Pero mi corazón necesita amar o se muere.
¾    El romanticismo ya no se lleva.
¾    Lo sé, pero yo voy siempre a contracorriente, soy romántico por naturaleza y me gusta ser así.
¾    A mí me gustan los chicos románticos…quiero decir sensibles…no quiero decir que me gustas tú, bueno, tampoco que no me gustas, bueno…
¾    Ja, ja, ja, no te preocupes, estoy acostumbrado a que me cuenten sus penas y se enamoren de otro…ese es mi sino.
¾    Podemos ser amigos, ¿no te parece?
¾    Por supuesto, cuando te he visto esta mañana he sentido la necesidad de buscarte.
¾    ¿Y dices que no quieres ligar?
¾    No, te pareces a alguien que conozco, pero no recuerdo a quien.
¾    Antes has hablado con Loli de una chica del otro instituto, ¿es tu novia?
¾    No, ya quisiera yo. Estoy enamorado de ella desde hace varios años, pero no me corresponde y quiero olvidarla pero no lo consigo.
¾    Entiendo… ¿en qué clase estás?
¾    En el C, en COU C.
¾    ¿COU?
¾    El curso de orientación universitaria.
¾    ¡Ah! Todavía no conozco bien algunas cosas.
¾    Nosotros hemos hecho el bachiller antiguo que era de seis años, tú haces el bachiller nuevo que es de tres.
¾    Sí, eso sí lo sé. ¿Qué edad tienes?
¾    Tengo diecinueve, en marzo cumplo los veinte.
¾    ¡Ah!
¾    ¿Te parezco mayor?
¾    No, me gustan los hombres mayores…no, no quiero decir eso…
¾    Tranquila, que ya te he entendido. Comencé a estudiar un par de años más tarde de cuando debía. Por eso soy un poco mayor que mis compañeros. ¿Y tú?, como decís vosotros, ¿cuánto eres de vieja?
¾    Muy vieja, tengo catorce años y en marzo cumplo los quince.
¾    ¿En marzo? ¿Qué día? Tengo varios amigos que cumplen años en marzo.
¾    El día seis.
¾    Yo también, cumplimos años el mismo día. ¡Qué casualidad!
¾    ¡Oh là là! qué casualidad.
Hablando y hablando, entusiasmados con la conversación, habíamos llegado a la puerta de mi clase. Se despidió y se marchó.
Los siguientes días me centré en planificar las asignaturas. Con algunos profesores tenía dificultad para entenderlos y me leía primero los temas. Mi español no era muy fluido, me encontraba un poco sorprendida por la manera de hablar de esta gente, con una pronunciación muy rápida y cerrada que a veces me producía una sensación de sordera porque no me enteraba de lo que decían.
En los recreos, me quedaba en clase pese a la insistencia de Carmen de pasear con el libro debajo del brazo y por la tarde venía a buscarme a mi casa y nos íbamos al Parque. El viernes, al atardecer, volví a encontrarme con Antonio. Estaba yo sentada en un banco y mi amiga había ido a los quiosquillos a comprar pipas cuando se sentó a mi lado.
¾    La soledad me ha dicho que estabas aquí.
¾    ¿No sabes saludar?
¾    ¡Hola Soledad!
¾    Me llamo Anik
¾    Ja, ja, ja,… bromeaba. ¿Cómo estás?
¾    Muy bien, y no estoy sola, estoy con Carmen.
¾    Lo sé, la he visto irse.
¾    Ha ido a comprar pipas, volverá enseguida. ¿Vas a ver a tu chica?
¾    Yo no tengo chica que ver, salvo a ti, anoche soñé contigo.
¾    ¿Has terminado con ella?
¾    Bueno, nunca empecé, antes venía a verla aquí todas las tardes porque iba a su pueblo en el transporte escolar que salía de los quiosquillos. Este año se ha venido a vivir a Guadix. Pero ya no nos vemos.
¾    Lo siento, no quería molestarte.
¾    No me molesta, tengo que olvidarme de ella.
¾    Pues un amor se olvida con otro amor.
¾    En ese caso tendré que enamorarme de nuevo. Me voy a mi pueblo a ver a mis padres. Nos vemos el lunes ¾me dijo levantándose y colgándose la mochila.
¾    ¡Vale! ¿De dónde eres?
¾    Yo soy de Huélago, está a unos treinta kilómetros.
¾    ¿Has dicho Huélago?
¾    Sí, es un pueblo pequeño.
¾    Tiene una sierra al lado.
¾    Sí, ¿lo conoces?
¾    No, solo aparece en mi sueño.
¾    ¿Y eso? ¿Qué es lo que sueñas?
¾    No lo sé, solo es una luz amarilla muy fuerte y alguien que dice: «allí está Huélago».
¾    Te estás quedando conmigo.
¾    No, no, lo sueño casi todas las noches. ¿Anoche soñaste conmigo? ¿Qué soñaste?
¾    Desde que te conocí tengo el mismo sueño todas las noches. Eso es muy raro, quizás te pueda ayudar, pero si no corro voy a perder el tren. El lunes hablaremos de este tema.
Se marchó casi corriendo, me quedé sorprendida y dándole vueltas a la cabeza. No entendía nada. Bueno, presentía que en ese lugar estaba la clave de mi existencia pero hasta este día no sabía que era un pueblo.


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3
La dueña del medallón

Martes, 2 de noviembre de 1976.

El fin de semana lo pasé preocupada por la conversación con Antonio, algo me decía que mi vida estaba relacionada con la suya, pero no sabía qué. ¿Me habría enamorado? No, bueno tampoco me he enamorado nunca, ¿cómo sabré cuando estoy enamorada? Ja,ja,ja,… ya me enteraré.
El lunes fui al instituto deseando de ver a mi nuevo amigo. Me esperaba en la puerta de clase hablando con Yusy, otra chica que era de su pueblo. Me paré junto a él, me miró sonriente, primero a los ojos y luego creo que a mi boca, o tal vez a mis tetas, eso me desconcertó.
¾    Tengo un regalo para ti ¾me dijo.
¾    ¿Qué es?
¾    Espérame en el recreo, vendré a verte.
¾    ¡Vale!
Las dos clases se me hicieron eternas, intuía que algo iba a ocurrir, cuando sonó el timbre me quedé en mi mesa, esperando. Enseguida se me arrimaron unos cuantos compañeros intentando ligar, como todos los días, parecía que algunos tenían la obligación de abordar a las extranjera, y si era francesa, más. Antonio sonreía desde la puerta, me levanté y me dirigí hacia él.
¾    ¡Vamos! ¾me dijo como saludo.
¾    ¡Vamos!
Salimos del instituto y en lugar de ir por donde todos los días paseábamos, me llevó a la izquierda, hacia lo que me dijo era la ermita de San Antón que estaba en una era. Hacía un viento frío que helaba la cara. Llegamos a la puerta, entramos y nos sentamos en un banco de madera.
¾    Es la primera vez que me la encuentro abierta —me dijo para romper el hielo¾ aquí no viene nadie y podemos hablar tranquilamente.
Yo no le respondí, me sentí tensa y asombrada de que su bolsillo brillara. Cuando se dio cuenta se asustó y sacó un medallón. Brillaba como si fuera un sol, irradiando una luz amarilla por todos lados.
¾    Cuando lo encontré brilló por un momento, no había vuelto a brillar hasta ahora. El medallón me habló y me dijo que lo escondiera hasta que apareciera su dueña. Ahora me ha dicho que te pertenece. Tómalo, yo he cumplido mi papel.
¾    No entiendo nada.
¾    Yo tampoco. Mira la mujer, se parece a ti.
Lo cogí entre mis manos y observé detenidamente el rostro de aquella mujer que tanto se me parecía. Pero no entendía qué significaba aquel medallón que parecía tener magia. Tal vez aquella mujer representada en el anverso fuera una antepasada mía, no sé, tal vez. Lo giré para ver el reverso y me quedé perpleja al poder leer aquella escritura hasta hoy desconocida para mí. Miré a Antonio más asombrada de lo que ya estaba.
¾    ¿Sabes lo que dice ahí? —me preguntó, imaginando lo que yo estaba pensando.
¾    Sí.
¾    ¿Y cómo lo sabes?
¾    Solo sé que lo sé.
¾    ¿Y qué dice?
¾    «Repite el juramento y volveré a ti»
¾    ¿Qué juramento?
¾    No lo sé.
¾    ¿Quién volverá?
¾    No lo sé —contesté contrariada.
¾    ¿Te habla?
¾    Ahora no.
¾    ¡Joder! Esto es de locos.
Oímos jaleo en la entrada y me colgué el medallón en el cuello metiéndolo dentro de mi jersey, su tacto era cálido y agradable. La luz se apagó. En ese momento entraron dos señoras con escobas y cubos de fregar y se pusieron a limpiar la ermita. Oímos el timbre del instituto, que señalaba el fin del recreo y nos fuimos a clase.
Al salir nos dio frío, el viento soplaba con fuerza y el cielo se había vuelto de un rojo incandescente. Aligeramos el paso, un poco asustados al ver como el rojo se volvía completamente negro, el día se oscureció como en una noche polar. Durante una semana no salió el sol, pero la vida cotidiana siguió como todos los días, salvo por un hecho que conmovió a todo el instituto, la hospitalización de Leoncio, el profesor de matemáticas.
Una semana después mandaron un sustituto y ¡Dieu! qué bueno estaba. Si hubiera una medida para calibrar la belleza, hubiera obtenido la máxima puntuación, y no era yo sola la que opinaba eso, sino todo el mundo femenino, incluidas las profesoras. Pero a mí eso no me afectaba, con mis cuatro ojos y mi fea cara, yo era invisible. Al menos estaba entre las afortunadas que lo tenían como profesor de matemáticas.
Yo no me separaba del medallón, ni siquiera para ducharme, pero la luz no se había vuelto a encender. Algo me decía que debía de llevarlo siempre conmigo. Aunque no sabía cómo se activaba aquello, ni tampoco para que servía, si es que servía para algo, pero algo mágico debía de tener porque yo supe leer aquellas runas sin problemas. Los siguientes días hice y dije de todo pero no se activó ni dio señal alguna. A lo mejor se le habían gastado las pilas. Pensé que no debía obsesionarme con los posibles poderes del medallón y continuar con mi vida normal que ya de por sí, tenía bastantes novedades como para entretenerme.
Con la llegada del nuevo educador me olvidé del medallón. Bueno, no es que me olvidara de él sino que al no mostrar ningún poder pensé que ocurriría como le había pasado a Antonio, que brilló una vez y se apagó sin que ocurriera nada y lo seguí usando pero como adorno. Tal vez se active solamente al cambiar de dueño.
Samael, que así se llamaba el nuevo profesor, era muy alto y delgado, de piel morena y ojos negros como su pelo. Tenía la cara redonda y la sonrisa angelical, como las estampas que te regalan en algunas iglesias. Su cuerpo era atlético y musculoso. No había chica a la que no le pareciera muy guapo, tremendamente guapo.
Lo primero que hizo en clase fue advertirnos que en unos días nos pondría un examen para ver cómo íbamos en la materia. Y todos nos pusimos como locos a estudiar. Las matemáticas no se me daban mal, lo suficiente para aprobar. Pero no era un genio. Por eso me extrañó que con solo leer supiera la solución sin problemas. El examen no fue muy sencillo y sacar buena nota resultó difícil para la mayoría. Cuando el profesor me entregó la hoja de examen corregida con un sobresaliente me dijo: «perfecto», pero eso no fue lo que más me gustó, sino su angelical sonrisa. Cuando miraba parecía que solo me miraba a mí. ¡Mon Dieu!
Unos días después mi vida de nuevo fue perturbada con la aparición de un compañero que por enfermedad no se había incorporado. ¡Dieu! ¿Dónde estaba escondida la gente guapa? ¿Acaso era necesario que un profesor se pusiera enfermo para que aparecieran? En una semana había encontrado a dos por los que hubiera dado mi vida, aún sin conocerlos. Quizás por ser guapo tenía un nombre raro. Uriel era rubio y de piel blanca, ojos claros que tendían al azul y una mirada cautivadora. ¡Oh là là! Lo mirabas y te quedabas embobada. Tenía dieciocho años, y pronto nos enteramos que había abandonado los estudios hace varios años y que ahora se reincorporaba en el nuevo bachiller.
Se sentó detrás de mí, en el último asiento. Hubiera preferido que lo hiciera delante para poder observarlo. Tenía una voz musical y lo oía cuchichear con su compañero sobre lo que habíamos dado y este le ofreció traerle los apuntes para ponerlo al día. Curiosamente le dijo que ya tenía quien se los dejara. Al terminar las clases me levanté de mi asiento cuando él pasaba y tropezó conmigo sin querer, me empujó y para que no cayera al suelo me cogió entre sus brazos. ¡Mon Dieu, quel arôme!
¾    Perdona, qué torpeza la mía.
¾    ¿Dónde vas tan corriendo?
¾    Quería hablar con el profesor, pero hablaré otro día. ¿Eres francesa?
¾    No, no soy francesa y tú ¿eres noruego?
¾    Lo digo por tu acento —contestó avergonzado.
¾    Y yo por tu aspecto.
¾    Está bien, te he pedido perdón. ¿Qué más quieres?
¾    Olvídame.
Me arrepentí en el acto de mis palabras, pero disimulé, cogí mi carpeta y me la puse sobre mi pecho al notar que tenía la piel erizada y los pezones de punta. ¡Dieu! Eso solo me pasa cuando me asusto o me cabreo. Que rabia me daban estos tíos que me sacan tan rápidamente de mis casillas.
Tenía la sensación de que se había producido un terremoto y me encontraba un poco aturdida cuando salí a la calle. No sabía por qué, pero ese chico me había hecho enfadar. Nadie me había puesto nunca las manos encima, bueno, ahora tampoco, solo me había abrazado para que no me cayera al suelo, pero mi cuerpo había temblado con su contacto. ¡Merde! ¿Qué me estaba pasando? Caminaba sola sin prestar atención a nadie, de pronto unos brazos me sujetan y me arrastran hacia atrás, en ese momento oí el chirrido de un coche frenar y me asusté de verdad. El conductor gesticulaba y voceaba que mirara antes de cruzar, yo no dije nada, era consciente del peligro que había pasado y de mi culpa por ir distraída. Me volví a dar las gracias a mi salvador y me encontré con Uriel que sonreía. Me quedé anonadada, incapaz de pronunciar palabra alguna. Era la segunda vez que sus manos me abrazaban, bueno, la primera vez fue por su culpa pero ahora me había salvado la vida.
¾    Gracias, iba distraída.
¾    No sería por mi culpa.
¾    ¡Por supuesto que no!
Quería disculparme y darle las gracias, pero de nuevo me sacaba de quicio. ¿Es que no sabe hacer otra cosa? Me di media vuelta y continué mi camino sin mirar atrás.
¾    Oye, discúlpame si te he molestado.
No le contesté, me parecía pretencioso, odioso y no sé cuántas cosas más. En ese momento me hubiera gustado desaparecer.
¾    Necesito ayuda.
¡Merde!, ¡merde! Había dicho la palabra mágica que ablandaba mi espíritu. Con mi padre me ocurría lo mismo, a veces me enfadaba con él y no quería volver a hablarle y entonces me decía la palabra justa con el tono adecuado: «me ayudas» y todo el enfado se me olvidaba al instante.
Me paré y lo miré, bueno no sabría expresar que cara puse, pero rara seguro. Le daría una nueva oportunidad, al fin y al cabo, me acababa de salvar la vida o algo así.
¾    ¿Qué ayuda? ¾le pregunté con curiosidad.
¾    Necesito los apuntes de todas las asignaturas para ponerme al día. ¿Me los puedes dejar?
Qué embustero, yo había oído como su compañero se los ofrecía y él dijo que ya tenía quien se los dejara. Empieza mal este chico, pero voy a ver qué tontería se le ocurre. Conmigo se va a equivocar si cree que voy a estar rendida a su cara bonita.
¾    ¿De veras me estás pidiendo los apuntes? ¾le dije intentando parecer enfadada.
¾    Sí, mi compañero me los ha ofrecido, pero son muy malos y tiene muy mala letra. He visto que tu letra es muy bonita y que eres muy ordenada, y he pensado que los tuyos me interesaban más. Perdona por mi atrevimiento.
Aquellas palabras me desarmaban de nuevo, tal vez no fuera mal chico y yo me había precipitado. Siempre me ocurre igual, primero pienso mal y luego tengo remordimientos por haberme equivocado.
¾    Está bien, es que tengo un mal día, perdóname por mi mal humor y gracias por evitar que me atropellara el coche.
¾    No pasa nada, he visto que ibas distraída y no habías visto el coche. Por fortuna, estaba detrás de ti y me ha dado tiempo.
¾    Gracias de nuevo. Carmen me dejó los apuntes y aún estoy copiándolos, este fin de semana los termino y te dejo los míos el lunes.
¾    Vale, nos vemos el lunes. Yo me voy por ahí.
¾    ¿Dónde vives?
¾    En una cueva que me han dejado unos amigos de mis padres, pero aún no la tengo habitable. Tengo que blanquearla y comprar unos muebles.
¾    ¿Una cueva?
¾    Sí.
¾    ¿No eres de aquí?
¾    No, soy de Baza.
¾    ¡Ah!
¾    Es que de aquel instituto me expulsaron y no me pude matricular, por eso estoy aquí.
¾    ¿Por qué te expulsaron? ¾le pregunté sin poderlo evitar.
¾    Bueno, es una historia muy larga.
¾    ¿Pero qué hiciste para que te expulsaran? ¾no podía marcharme sin saberlo.
¾    Le pegué a un profesor.
¾    ¡Ah! ¾exclamé sorprendida.
¾    Quiso aprovecharse de una chica y no me pude aguantar.
¾    ¿Por qué esa chica no denunció?
¾    No le hubiera servida de nada, era palabra contra palabra y el profesor sale ganando.
¾    Comprendo, ¿era tu novia?
¾    No, solo una amiga.
¾    ¡Ah! Vale, ya me lo contaras algún día.
¾    Más adelante quizás. Adiós, me esperan mis padres para ayudarme a montar mi nueva casa.
Nos habíamos quedado solos, parados el uno enfrente del otro, todos nuestros compañeros habían desaparecido. Nos mirábamos como si no quisiéramos separarnos. Hasta el mal humor se había ido. Giró y se marchó corriendo sin mirar atrás. Yo continué mi camino cuando vi a Carmen que me esperaba.
¾    ¡Joder tía! ¿qué te pasa hoy? Has salido casi corriendo de la clase sin que te pueda acompañar; él iba detrás sin dejar de observarte, menos mal, porque si no te hubiera atropellado el coche. Y luego casi le pegas. Parecías enfadada. Con lo bueno que está y tú lo desaprovechas.
¾    Perdona, es que tengo la regla y me siento fatal.
¾    A todas nos viene la regla una vez al mes y no pasa nada.
¾    No es lo mismo, a mí me duele mucho y me vuelvo insoportable.
¾    A todas nos duele —dijo con retintín.
¾    A todas no nos duele igual, a mi madre le viene y no se entera ni nada.
¾    Bueno, si eres de las que se ponen muy malas te aguantas.
Estábamos llegando a mi casa y tenía que ir al cuarto de baño rápidamente. Nos despedimos hasta la tarde.

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Lunes, 22 noviembre de 1976.

El fin de semana se me hizo muy largo. Mi madre me dijo que nos teníamos que comprar ropa de invierno, yo hubiera preferido ir sola o con mis amigas, pero ella no opinaba así, tenía que controlar todo lo que iba a llevar puesto. ¡Mon Dieu! ¡Cuando seré mayor, para no estar todo el tiempo peleando! Llamé a mi amiga Carmen que me acompañó muy contenta, a ella si le gustaba ir de compras.
Primero visitamos “El sábado”, es decir: el mercadillo ambulante y después nos pasamos por Tejidos Romera y me compré dos vestidos, cuatro faldas, dos jersey y un abrigo largo. Y mi madre otro tanto. Mi amiga alucinaba por la generosidad de mi progenitora, pero resulta que habíamos traído muy poca ropa de Francia. Ya era hora de ponernos algo decente, que en Guadix hace un frío que pela, como dicen ellos.
El domingo, Carmen tenía que visitar unos familiares y yo me aburrí terriblemente. Me pasé todo el día sin ganas de nada, si abría el libro de matemáticas me preguntaba cómo besaría Samael, si abría el libro de historia como besaría Anael, bueno, también en cómo besaría Uriel. Cuando vine a España, nunca imaginé que iba a tener a un trío tan singular en mi imaginación. La verdad es que son los hombres más guapos que he conocido. ¡Mon Dieu!, qué nombres tienen los españoles, y yo pensando que todos se llamaban Pepe o Antonio. A más no quise llegar ¿Con cuál me gustaría hacer el amor? Bueno, para saberlo primero tendría que probarlo. ¿Hablo de amor? No, solo de sexo, no quisiera enamorarme ahora que estoy en esta encrucijada.
Llegó el deseado lunes y al llegar a la carretera él me esperaba, ¿quién? Quien iba a ser, Uriel. Su pelo amarillo brillaba bajo la tenuidad del sol matutino. Su sonrisa me pedía que besara aquellos labios rosados. ¡Mon Dieu! No se me va de la cabeza este hombre. Tengo que controlar mis pensamientos. Le pregunté cómo le iba con su nueva casa y me contó todo lo que había hecho el fin de semana. Ahora tenía una casa solo para él y me invitó a visitarla para enseñármela. Por supuesto que  iría, pero no sola, eso sería muy peligroso. En cuanto llegamos a clase le devolví sus apuntes a Carmen y le entregué los míos a Uriel que los recogió con una preciosa sonrisa y un “gracias” muy bajito porque acababa de entrar el profe de historia.
Carmen llegó un poco tarde y en cuanto se sentó me dijo: “lo he hecho”, yo no la entendí o no quise entenderla pero en cuanto salimos al recreo me agarró del brazo y me llevó a dar vueltas por el campo de fútbol para contarme su aventura con un hombre.
¾    ¿Te dolió? —le pregunté ingenuamente.
¾    No lo sé, estaba tan helada que no me enteré de nada.
¾    ¿Pero usaste condón?
¾    No, ¡para qué!, la primera vez no te puedes quedar embarazada.
¾    ¿Quién te ha dicho esa tontería?
¾    Mi prima, la que vive en mi misma calle.
¾    ¿La misma de que si no eres virgen ya no te duele la regla? ¡Por favor!… ¿cómo puedes creer esa tontería?
¾    Ella lo hizo y no le pasó nada.
¾    Pero eso es una patraña, una leyenda urbana que es mentira. Espero que no te quedes embarazada.
Carmen me miró asustada, ni siquiera se había cuestionado esa gilipollez.  Pero ya estaba hecho, ahora solo había que esperar que no pasara. ¡Mon Dieu, cuanta imprudencia! Del susto creo que enfermó y no vino a clase durante un tiempo. A comienzo de diciembre volvió muy alegre, le había venido la regla, nada más entrar por la puerta me dijo:
¾    No ha sido nada.
¾    Pues aprende de la historia.
¾    Ya he aprendido, no volverá a pasar.
En los siguientes días me centré en estudiar. Al fin y al cabo, ese era mi cometido. Uriel no había vuelto a dirigirme la palabra, pero sí a las demás chicas. Todas lo abordaban con cualquier excusa y parecía muy contento, yo no quise entrometerme, lo cual era un martirio para mí, porque estaba todo el día oliendo su aroma y eso me ponía de mal humor. Unos días después, Uriel me devolvió los apuntes y me invitó a visitarlo el fin de semana en su casa. Por supuesto que le dije que no. Había estado toda la semana tonteando con unas y con otras y ahora venía con esas. No, yo quiero un chico solo para mí.
Se aproximaba la Navidad, había que preparar los exámenes de la evaluación y me olvidé de todo, no quería suspender en el Liceo. No sé cómo pero ahora a la hora de estudiar no tengo problemas y los exámenes los hago perfectos. Jamás mi mente había estado tan centrada y aprendía tan rápidamente. Cuando terminó la evaluación me relajé un poco. Las buenas notas merecían una fiesta.


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4
La fiesta del Instituto

Viernes, 17 de diciembre de 1976.

El viernes diecisiete era el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad y el liceo había preparado varios actos para celebrarlo. A las diez tenían programada una charla en el salón de actos, a las once había una actuación del coro donde participaban algunas de mis compañeras, y tenía intención de asistir. Los alumnos de COU que eran los “mayores” habían organizado un baile para después del concierto en la discoteca del Albergue, un bar que estaba a la salida, en la carretera de Esfiliana. Cuando me dirigía al Salón de Actos me di de bruces con Uriel. Como siempre me sonría.
¾    ¿Te quedas para ver todo esto?
¾    Sí.
¾    Yo me voy a dar un paseo y luego a la discoteca, paso de charla y de coro.
¾    Me gustaría marcharme pero cantan algunas amigas y se enfadaran si me voy.
¾    Ni se enterarán, luego les dices que han estado muy bien y ya está.
¾    No sé. Quiero desearles una “feliz navidad”.
¾    Vamos, te enseñaré mi tocadiscos. Será solo un momento, luego nos vamos a la discoteca y allí vemos a todo el mundo.
¾    ¿Tienes un tocadiscos?
¾    Sí, me lo ha comprado mi padre a cambio de trabajar todo el verano para él. Esta noche tengo que marcharme a Baza a pasar las navidades con ellos.
¾    Está bien, te acompaño solo un rato y luego nos vamos a la discoteca, me apetece bailar. ¿Tú crees que me dejaran entrar?
¾    Claro, es una fiesta privada para los alumnos del instituto. Puede entrar todo el mundo.
Nos fuimos sigilosamente sin que nadie se diera cuenta y me llevó por unos caminos que iban entre cuevas, cruzando por encima de ellas hasta que salimos a la calle donde estaba situada su casa-cueva. No conocía aquella zona aunque había visto fotos en postales que mi padre recibía. Me resultaba curioso que la gente viviera en cuevas como los hombres primitivos, a mí me daría miedo dormir allí.
La cueva tenía delante una explanada con unas parras que en verano debían dar buena sombra. La distribución era igual que la de un piso, un pasillo y las habitaciones a ambos lados. Tenía corriente eléctrica pero carecía de agua, lo que significaba que no había wáter ni duchas y eso para mí la hacía inhabitable. Sabía que las viviendas bajo tierra mantienen una temperatura constante a lo largo del año, por eso me sorprendió que hiciera tanto calor al entrar, al llegar al salón lo entendí. Una chimenea con grandes troncos estaba encendida. Yo lo miré con cara de interrogación y pareció entenderme.
¾    Perdona, pero querías que vieras mi casa y dejé encendido el fuego para que te sintieras cómoda.
¾    ¿Es una encerrona?
¾    No, por favor solo es mi casa, nos podemos marchar cuando tú quieras.
¾    Ni hablar, hemos venido a ver tu tocadiscos y no me iré sin verlo ¾acababa de localizarlo sobre una mesa en la pared más alejada de la chimenea, allí me dirigí.
¾    Por supuesto, selecciona los discos que quieres y te los pongo, puedes poner hasta veinticinco.
¾    ¿Veinticinco discos?
¾    Sí, es automático, lo cargas y él solo vas poniéndolos, nunca falla.
¾    ¡Oh là là!
Tenía una gran cantidad de Lps, y me tomé mi tiempo para seleccionar los que me gustaban. Rod Stewart con “Tonight's the night (gonna be alright)”; Elton John con “Don't go breaking my heart”; Wings con “Silly love songs”; The Four Seasons con “December, 1963 (oh, what a night)”; Paul Simon con “50 Ways to leave your lover”; Santana con “Europa”; Chicago con “If you leave me now”; The Manhattans con “Kiss and Say Goodbye”;
¾    ¿Solo te gusta la música inglesa?¾me preguntó con curiosidad.
¾    Apenas si conozcola música española.
¾    Mira, a mí me gustan estos: Miguel Gallardo con “Hoy tengo ganas de ti”; Santa Bárbara con “Donde están tus ojos negros”; José Luis Peralescon “Quisiera decir tu nombre”; ¿Quieres oírlos?
¾    Vale, pon los que quieras.
Nos sentamos en la alfombra que había delante del fuego y charlamos sobre las asignaturas que teníamos mientras la música comenzaba a sonar. La conversación se hizo amena y terminamos hablando de nosotros. No sé por qué me sinceré con él. La verdad es que me apetecía hablar aunque apenas si nos conocíamos. No sé lo que sentía él pero yo lo deseaba y me sentía como en una nube, borracha de oxígeno. El calor era excesivo y nos quitamos los abrigos largos y más tarde los jerséis, yo llevaba una camiseta blanca con un bordado muy bonito en el cuello y como no usaba sujetador se me notaban claramente los pezones, lo observé por si se fijaba pero parecía no darse cuenta. Hablaba y hablaba como si no tuviera interés por mi cuerpo. Yo sin embargo aspiraba su aroma y deseaba probar sus labios. ¡Dieu! ¿Cuándo se va a lanzar?, pero parecía que no lo iba a hacer.
¾    ¿Quieres bailar?¾me dijo de pronto.
¾    ¿Bailar juntos?
¾    Claro, agarrados.
¾    No sé, en Francia nunca fui a un baile. Con catorce años no te lo permiten.
¾    Pues aquí cuando hay fiestas baila todo el mundo. ¡Vamos! Yo te enseño.
Se levantó y me cogió de la mano llevándome al centro de la habitación, me abrazó cuando ya sonaba una canción muy sugerente: “Hoy tengo ganas de ti”, me indicó los pasos que eran muy sencillos, y comenzamos a movernos con nuestros cuerpos pegados, acercó su mejilla a la mía y cerré los ojos. Me aferré a su cuello para asegurarme que no me caería. Flotaba entre sus brazos. El calor se hizo asfixiante y comenzamos a sudar. Giramos levemente la cara y nuestros ojos quedaron mirándose fijamente, nuestras narices jugueteaban como si estuvieran solas en el universo, nuestros labios separados por apenas unos milímetros ansiaban encontrarse. El primer beso fue suave, apenas si me rozó, pero todo mi cuerpo tembló. Olvidamos la música. Nuestros labios se unieron de nuevo intentando absorber el deseo que nos invadía durante un tiempo infinito. En el tercer beso su lengua buscó la mía y juntas compartieron el sabor de nuestras bocas. ¡Dieu! Tantos años esperando ese beso. Nos abrazamos para respirar un poco y su lengua recorrió mi cuello provocando un placer desconocido para mí. Nuestras bocas volvieron a juntarse y sus manos bajaron hasta mi cintura cogiendo mi camiseta y levantándola por encima de la cabeza. Alcé los brazos para que terminara de quitármela y yo hice lo mismo salvo que él tenía una camisa y fue más difícil sacársela por la cabeza sin desabrochar los botones. Sus manos comenzaron a acariciar mis pechos y se encontraron con el medallón, se quedó quieto, embobado, mirándolo fijamente, como hipnotizado. Lo cogió y una luz brillante lo golpeó lanzándolo al suelo mientras me miraba aturdido. Me llevé las manos a la cara y grité asustada pero reaccioné rápido acercándome a socorrerlo.
¾    ¿Qué ha pasado? ¾me preguntó atolondrado, yo tampoco lo sabía, pero busqué una excusa para justificar lo que había pasado.
¾    He sentido como un calambre, algo eléctrico, y te has caído hacia atrás. Parece que el medallón ha acumulado mucha electricidad estática y al tocarle te ha dado un calambrazo.
¾    ¡Joder! ¿Y la luz?
¾    Yo no he visto ninguna luz.
Fuera lo que fuera, el medallón había actuado, eso lo sabía, no sabía porqué pero el momento erótico se había terminado. ¿Acaso Uriel me iba a hacer daño y me ha defendido? Imposible, lo que estaba ocurriendo era porque yo lo quería. ¿Cuál será el significado de este medallón? Nos vestimos en silencio, sin comentar nada más. Apagó el tocadiscos y nos fuimos a la discoteca. En la calle me cogió de la mano y volvió a sonreírme. En un principio me sentí feliz paseando a su lado, pero no quería que me vieran así y me solté. Él no dijo nada. Yo no estaba segura de lo que había ocurrido, no sabía si era solo deseo o amor. O las dos cosas. Mi cabeza estaba ofuscada y me costaba razonar.
Para entrar en la discoteca había que pagar veinticinco pesetas y yo no llevaba dinero así que le dije que me volvía a mi casa, pero él se ofreció a pagarme la entrada. En el interior enseguida se le acercaron muchas de las chicas del instituto y lo forzaron a bailar suelto. Yo me dirigí a un rincón donde vi a Antonio con tres amigas de su pueblo, dos de ellas de mi clase y la otra de COU. Me senté a su lado y nos miramos sonriéndonos, hacía tiempo que no hablábamos.
¾    ¿Qué te ha pasado? ¾me preguntó al oído.
No sabía si contárselo o no, pero era el único con el que podía hablar de ese tema.
¾    El medallón ha actuado.
¾    ¿Cómo?
¾    Le ha soltado una descarga a Uriel, como si tuviera electricidad. Pero no le ha hecho nada, solo lo ha aturdido un poco.
¾    ¿Y por qué? ¿Cómo ha sido?
¾    No quiero que nadie lo sepa ¾le dije acercando mi boca a su oreja.
¾    Somos amigos. Yo respeto las intimidades de cada uno.
¾    ¡Vale! Le he acompañado a su casa y nos estábamos besando cuando me ha cogido el medallón y le ha soltado una descarga que lo ha tirado al suelo.
¾    ¡Joder! Y que ha dicho él.
¾    Piensa que es un calambrazo por la electricidad estática.
¾    Bueno, mejor. Si le contamos a alguien lo del medallón nos toma por locos.
¾    Yo no pienso contar nada, pero estoy asustada, si por lo menos supiera cuál es su finalidad.
¾    Creo que te lo dirá en el momento oportuno.
Tenía razón, si el medallón quería algo de mí, me lo diría en el momento oportuno. En ese instante se acercó una de las antiguas compañeras de piso de Antonio llamada Antonia y lo invitó a bailar:
¾    Le he dicho al DJ que ponga tu canción favorita“ Europa” —le dijo ofreciéndole la mano.
¾    Europa es mi canción, ella lo sabe —me explicó sonriéndome.
Antonio se puso a bailar con su amiga y yo me quedé con la mirada perdida en la pista donde bailaban y no le vi venir. Uriel se acercó a mí y me invitó a bailar, me hubiera gustado estar de nuevo entre sus brazos pero decliné su invitación y me fui a casa. Esa noche lloré durante mucho tiempo. Así me quedé dormida.

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Los sueños del medallón.

Aquella noche tuve mi primer sueño extraño. Volaba sobre nubes de color rojo y oía gritos de dolor y voces que parecían de odio, pero no veía nada. En un momento dado todo era blanco, aquella luz era intensa, pero no me molestaba. Mi habitación brillaba como una luciérnaga. Era mi medallón el que emitía aquella luz. Me incorporé y me senté en la cama. La luz comenzaba a ser absorbida por el espejo y yo con ella. Grité con todas mis fuerzas para despertarme. Volaba por el cielo agarrada a un ángel entre sus dos alas blancas que se movían a gran velocidad, el viento me cortaba la cara, por eso la volví hacia atrás y entonces vi a un gran dragón que escupía fuego sobre nosotros y otro ángel que lo conducía con una mano mientras con la otra nos amenazaba con una espada de fuego ¡Mon Dieu! ¿Que era aquello? Pensaba que sería un sueño. Sin soltarme me toqué los ojos para ver si los tenía abiertos, luego me pellizqué por si estaba dormida pero lo que me hizo sentir que no era un sueño fue la llamarada que pasó rozando nuestras cabezas y que afectó a las alas del ángel que me llevaba a sus espaldas. Le oí chillar y comenzamos a descender hacia el suelo a gran velocidad. Sus alas ya no le servían y volvió su cara para decirme:
¾    Lo siento. Te quiero, no puedo cumplir mi promesa de vivir eternamente contigo. Llámame con el medallón y volveré a ti. Solo tú podrás liberarme.
¾    ¿Quién eres? ¾le iba a preguntar cuando sentí el impacto en el suelo y salté por los aires para volver a caer.
La caída fue brutal, pero no perdí el conocimiento y me incorporé para ver como el ángel del dragón extendía una red por encima del ángel con el que yo había viajado y lo atrapaba, depositándolo sobre el dragón. Yo quise levantarme y huir pero no me podía mover. Aquel ángel se acercó con su espada de fuego en la mano y me la puso en el pecho, al tocar el medallón la espada revotó, me miró con cara de desprecio o de odio, cogió al otro ángel y se montaron en el dragón alejándose volando. A pesar de ser de fuego, la espada no me quemó, ni siquiera sentí calor. No entendía nada, intenté levantarme y me caí por un barranco lleno de piedras.
Cuando me desperté, me encontraba en brazos de Samael, el nuevo profesor de matemáticas, me llevaba por el cielo hasta lo alto de una montaña, por encima de su hombro pude ver dos alas blancas que se movían con rapidez. Aquello me dejó anonadada, sin poder decirle una palabra hasta que me depositó junto a la entrada de una cueva, me dejó en el suelo y se dirigió a ella, yo le seguí, de pronto nos encontrábamos en una sala con las paredes de mármol blanco, la luz era similar a la que había aparecido en mi habitación. Había dos estancias, la primera tenía el suelo cubierto de alfombras y grandes cojines, a una altura superior se encontraba el dormitorio con una gran cama de madera ricamente labrada, aquello parecía un palacio de la antigüedad.
¾    En este refugio estarás segura, tienes todo lo que necesitas. Aquí no te buscaran.
¾    ¿Esto es un sueño?
¾    El medallón ha utilizado tu sueño para mostrarte el último acto que vivió antes de ser ocultado por Metaniel. Parece que no conoces la historia y tendré que enseñártela, pero no ahora, si Metaniel se entera puede destruirme. Yo fui amigo de Araziel  y quiero ayudarte.
¾    ¿Qué está ocurriendo? ¿Quién eres tú y quién es Araziel?
¾    Araziel es el creador del medallón, es tu antepasado. Yo soy Samael.
¾    ¿Y qué tengo yo que ver con el medallón?
¾    La dueña del medallón murió, ahora eres tú su heredera.
Agitó sus alas y se marchó volando. La puerta se cerró y quedé sola en aquella estancia, me tumbé en la cama y sin poderlo remediar me puse a llorar desconsoladamente. No entendía nada.
¾    Anik, Anik, despierta. Es una pesadilla ¾era mi madre que me zarandeaba.
Abrí los ojos asustada, mirando hacia el espejo, pero allí no había nadie, solo mi madre que me abrazaba. Respiré hondo y me serené.
¾    Había un ángel con un dragón y una espada de fuego que me perseguía a mí y a otro ser alado.
¾    Tranquila, era solo una pesadilla.
¾    Otro ángel diferente me ayudaba y era mi profesor de matemáticas, bueno, el nuevo.
¾    Es que llevas mal las matemáticas.
¾    No, las he aprobado.
¾    Los sueños son extraños, antes de dormirte ¿estuviste estudiando matemáticas?
¾    Sí, nos mandó hacer unos problemas estas vacaciones, dejé el libro abierto para hacerlos hoy.
¾    Entonces eso ha sido, no te preocupes, todo ha sido un sueño. Ahora relájate y a dormir.
Mi madre se marchó y de nuevo me quedé sola en la habitación, me toqué el medallón y comprobé que aún lo tenía en mi cuello. Si, había sido un sueño porqué tenía el cuerpo dolorido del porrazo que me había dado al caerme, a mí me había parecido muy real. Me resultó curioso que uno de los ángeles fuera el profesor de matemáticas, que me sacó de aquel lugar y me llevó a un lugar seguro, aunque luego desapareció. No sé por qué tengo que soñar con él. Preferiría soñar con Uriel. ¡Merde! Otra vez Uriel, no debo pensar en él.
Cuando llegamos a la discoteca no me hizo caso, como si no me conociera. Cuando las otras no están entonces si me mira, pues no me interesa. Yo quiero un tío que solo tenga ojos para mí, y con lo fea que soy nunca lo voy a encontrar. Y volviendo a Uriel, ¿Por qué el medallón le hizo eso? ¿Acaso no iba a estar con un hombre por culpa del medallón? Umm, la próxima vez me lo quito antes. Con esos pensamientos me dormí.


AA




Sábado 18 de diciembre de 1976.

A la mañana siguiente me levanté tarde, desayuné y me salí a la calle a darme una vuelta. Necesitaba tomar el aire. Al pasar junto a la churrería que hay junto al parque, vi a Anael sentado tomando un café y comiendo churros. Estaba vestido con un pantalón vaquero y un jersey rojo que lo hacían más joven. ¡Dieu, qué guapo! ¾Pensé¾, no pude evitar pasar a su lado y aunque me hice la despistada me llamó.
¾    Anik, buenos días, me acompañas por favor.
¾    No, gracias profesor, ya he desayunado.
¾    Siéntate y tomate unos churros.
¾    ¿Churros? No me gustan, tienen mucho aceite.
¾    En ese caso acompáñame, tengo que hablar contigo.
¾    ¿Ahora? Estamos de vacaciones.
¾    Lo sé, pero es un asunto personal. Si no te sientas esta noche vas a soñar con el profesor de matemáticas.
Aquellas palabras me desconcertaron, me senté en la silla mientras él tomaba un sorbo de café y un churro. Yo lo miraba asombrada. ¿Acaso conoce mi sueño?
¾    Enseguida termino el café y nos damos un paseo, tenemos que hablar en privado y te lo explico todo ¾me dijo.
¾    Vale, pero por qué me ha dicho que soñaré con el profesor de matemáticas.
¾    Ja, ja, ja, es lo que se me ha ocurrido, podía haberte dicho de historia.
¾    Es que anoche soñé con el profesor de matemáticas.
¾    No me digas, no me extraña, muchas chicas sueñan con él.
¾    No es eso, fue una pesadilla.
¾    A eso me refiero, es muy duro y muchos alumnos le tienen terror.
¾    Pero yo las llevo bien.
¾    ¿Y qué soñaste?
¾    Qué un ángel me perseguía montado en un dragón y él me salvaba.
Se quedó un momento pensativo, luego siguió comiendo churros mojados en café.
¾    Ja, ja, ja, eso sí que es raro. Bueno necesito que veas algo que te concierne. Solo será un momento.
¾    Usted también sueña cosas así.
¾    Tutéame por favor. No, yo no sueño.
¾    Todo el mundo sueña.
¾    Algunos somos diferentes.
Anael me tenía sorprendida, en ascuas, como dice Carmen. Mientras me hablaba, lo observaba cómo bebía, cómo movía los labios, en aquel momento me parecía tan guapo, tan sexy. Deberá de tener al menos los treinta, parecía vigoroso y lleno de vitalidad. Su cabello era oscuro, los ojos negros y una mirada muy profunda, su voz cálida, culta e inteligente. Cuando hablaba en clase todas nos sentíamos atraídas por el sonido de sus labios, yo no era la única que opinaba así, había oído a varias chicas decir lo mismo. En definitiva, que me atrae y creo que se ha dado cuenta. Bueno, lo mismo ha sido casualidad que esta mañana saliera a pasear para encontrármelo. O lo mismo no es casualidad y se trata de un diablo que quiere pervertirme.
Terminó y pagó al camarero. Entramos en el parque por la puerta de al lado, había poca gente a esa hora, mejor, no quería que me vieran con él ¡Oh, là,là,là !, que dirían entonces. Guardé silencio, esperando que él iniciara la conversación, tenía curiosidad por saber qué es lo que quería que viera, y que me tenía que contar, lo mismo se ha enamorado de mí.
¾    ¿Cómo te va Anik?¾pronunció correctamente mi nombre.
¾    Bien, me va bien.
¾    Pero te has trasladado de país, has cambiado de amigo, de amores…
¾    ¿De amores? no, no he dejado ningún amor en París.
¾    Puedo preguntarte por qué este traslado.
¾    Puede.
¾    Cuéntame lo que desees contarme.
¾    Por imperativo legal.
¾    Eso qué significa.
¾    Que soy menor de edad y tengo que vivir donde viva mi madre. A ella le gusta vivir aquí, era hija de españoles y vivía en Francia desde la guerra, conoció a un joven español y se casó con él. De ahí nací yo. Mi padre amaba su tierra pero era un enamorado de París y de Francia. Murió hace dos años, en un accidente de coche. Este verano recibimos la notificación de un notario de España sobre la herencia de mis abuelos. Vinimos y a mi madre le gustó el palacete que habíamos heredado y en lugar de venderlo, decidió quedarse aquí. Y ahí termina la historia.
¾    Comprendo, pero creo que lo llevas bien. Te he observado en el instituto y he visto que has hecho amigos y que te relacionas bien con los demás.
¾    Bueno, con el carácter de los españoles es fácil hacer amigos. En París apenas si tenía un par de amigas. Allí la gente no tiene tiempo para los demás.
¾    Me alegro de que te vaya bien.
¾    Gracias, pero ha dicho que me iba a enseñar algo.
¾    Sí, es cierto, te vas a sorprender.
¾    Lo mismo no.
¾    Sí, seguro que sí. He alquilado un piso en este bloque, tengo allí lo que quería enseñarte. Te lo explicaré todo.
Habíamos salido por un lateral del parque hasta la carretera de Murcia sin que me diera cuenta. Su conversación me tenía intrigada. Tenía dudas si quería ligar conmigo o si realmente había algo que enseñarme. Bueno yo tengo mi medallón, si se propasa seguro que me defiende. Llegamos a su casa, el piso parecía el de una familia clásica. Entró en el salón y encendió la estufa de butano, en unos segundos la temperatura aumentó y se volvió agradable. La estufa de mi madre necesita una hora para calentar el salón de mi casa.
¾    Calienta bien esta estufa.
¾    Sí, es de aire circulante y reparte el calor por igual. No es necesario estar a su lado para calentarse.
¾    Qué bien. Bueno, ya estoy aquí, que es lo que quiere enseñarme.
¾    Ahora lo veras.  Ven conmigo.
Se dirigió a una habitación próxima, le seguí expectante, llena de curiosidad. Era la habitación de un pintor. Las paredes llenas de cuadros y junto a la ventana una mesa manchada de pinturas y al lado un caballete con un lienzo tapado con un velo blanco.
¾    Esto es lo que quiero que veas.
Levantó el velo y me quedé sin palabras, era una chica joven con el pelo al viento.
¾    ¿Por qué me pintas a mí? Porque esa chica soy yo. ¿Pintas de memoria?
¾    Sí, no lo puedo negar. Este lo comencé a pintar después del primer día de clase. Pero quiero que veas este también.
Me señaló otro cuadro que había en la pared, se trataba de una mujer con un traje de lujo bajando unas escaleras de un palacio. ¡Dieu! Eran las escaleras del palacete de mis abuelos y la señora se parecía a mí. Yo estaba sin palabras.
¾    Ese lo pinté hace mucho tiempo. Es una vieja amiga ya fallecida. Cuando te vi en clase la recordé, eres igualito a ella.
¾    Todas las chicas pelirrojas nos parecemos, será una casualidad.
¾    Ahora sé que no.
¾    Tanto te ha impresionado esa coincidencia.
¾    Es algo más. ¿Tú sabes algo de esa señora?
¾    No, ni idea. Qué raro todo, ¿No? La verdad es que la mujer se me parece y también esas escaleras son como las de mi casa. Pero eso no quiere decir nada.
¾    Al conocerte lo he entendido todo. Eres una descendiente de ella, la elegida para cumplir su misión.
¾    ¿Qué misión?
¾    Yo no te puedo hablar todavía de eso, solo sé que estoy en este pueblo esperándote. Estoy aquí por ti.
Yo me quedé pasmada, anonadada, no me lo podía creer, aquel tío tan guapo me estaba diciendo que vivía en este pueblo para esperar mi llegada. ¡Esto es de locos! No sabía qué pretendía mi profesor de historia pero no me sentía cómoda en aquella situación.
No le di explicaciones, salí corriendo y abandoné el piso. Me marché a casa y me encerré en mi habitación. Aquel cuadro parecía muy antiguo y decía que conocía a esa mujer. ¡Qué torpe! Ni siquiera le he preguntado quien era su amiga. Tal vez me pueda dar algún dato de ella y pueda averiguar qué significa el medallón. Mi intuición me dice que todo está relacionado con el medallón. ¡Mon Dieu!
Cogí el medallón entre mis manos y lo observé, me di cuenta de que el anverso la frase escrita con runas había cambiado, ahora decía: «pronto llegaré a ti». No entendía nada pero iba atando cabos, por una parte el medallón está relacionado con la señora del anverso y con el cuadro de Anael, pero no llego a captar el objetivo del medallón. Sé que es poderoso, lo presiento muy poderoso, pero no sé cuál es mi papel. ¿La heredera que tiene que cumplir una misión? ¿Qué misión?

AAA


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