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ANIK

ANIK es una novela de fantasía en la que una joven recibe un medallón mágico que le otorga unos poderes extraordinarios.

LA PIEDRA DE SCONE

ANIK sigue luchando para continuar su vida normal y no perder el amor de su vida en su lucha contra los seres alados.

LA INVASIÓN DE LOS REINOS DEL HIELO

La humanidad está en peligro y Anik, junto a sus hijos Sigurd y Meghan y los amigos de este: dos dioses asgardianos, lucharán para salvar a la Tierra y a sus habitantes.

ANIK

ANIK es una novela de fantasía en la que una joven recibe un medallón mágico que le otorga unos poderes extraordinarios.

LA PIEDRA DE SCONE

ANIK sigue luchando para continuar su vida normal y no perder el amor de su vida en su lucha contra los seres alados.

LA INVASIÓN DE LOS REINOS DEL HIELO

La humanidad está en peligro y Anik, junto a sus hijos Sigurd y Meghan y los amigos de este: dos dioses asgardianos, lucharán para salvar a la Tierra y a sus habitantes.

viernes, 7 de septiembre de 2012

GADEA, UNA MUJER ÍBERA



Gadea cruzó el claro del bosque y comenzó a subir la ladera de la sierra por el camino de siempre. El santuario se encontraba en la cima de la Sierra Pequeña, junto a la Fuente de los Dioses, en una cueva profunda cuyo eco, al entonar las oraciones formaban un ambiente de gran religiosidad. Cuando llegó al final del bosque escuchó un tropel de caballos por el camino de la ciudad. Dirigió su mirada hacia allí y vio como un jinete huía de otro grupo de jinetes, el jinete que huía era íbero, los otros eran sin duda, soldados romanos, parecía que podría escapar pero una lanza le alcanzó y lo derribó. Al caer al suelo se quedó inmóvil, los jinetes le rodearon y le pisaron con los caballos. Como no dio señales de vida, guardaron sus armas y continuaron su camino llevándose el caballo que llevaba el ibero, parece que era eso lo que buscaban. No le gustaban los romanos y aunque su tribu compartía su tierra con los íberos, que llegaron a esta tierra hace muchas generaciones, no era asunto suyo.

Pasó todo el día limpiando y preparando el altar para la ceremonia del día siguiente, al caer la tarde decidió volver a su alquería cuando vio de nuevo el cuerpo inerte del íbero. Se acercó y al darle media vuelta para verle la cara descubrió que estaba vivo.

Ella era sacerdotisa, no podía dejar abandonado un moribundo.

«Si está vivo tal vez los dioses quieran que viva». Lo apartó del camino y lo llevó junto a un árbol, le quitó el escudo y la falcata que colgaban de su cuerpo y buscó una piedra que le puso debajo de la cabeza, parecía respirar mejor. Examinó su cuerpo lleno de cicatrices de guerra, «se trata de un guerrero que ha debido de estar en muchas batallas». Tenía la punta de una lanza clavada en un muslo que le sangraba abundantemente. En el pecho un gran moratón indicaba que los caballos al pisarlo le habían roto algunas costillas y no podía respirar bien. «Lo más probable es que muera, pero mi obligación es curarlo, si vive o no que lo decidan los dioses».

Cogió su daga y hurgó la herida hasta encontrar la punta de la lanza, luego metió el dedo y la extrajo totalmente de la pierna. «El hierro solo ha roto carne, eso es bueno». Se quitó la túnica y con la daga cortó unas tiras y le vendó el muslo. El ibero seguía inconsciente. «Tengo que transportarlo a la aldea, paras ello necesitaré un carro. Debe moverse lo menos posible». Dejó al ibero bajo el árbol, no sin antes ponerle su falcata junto a su mano por si despierta y le ataca algún felino mientras vuelve, y se marchó a paso ligero a la aldea, distante una media hora de aquel lugar.

Entró a la alquería por la puerta de los espíritus, que conducía directamente al palacio dónde vivía junto a su padre. Dejó primero en el santuario de los Primeros Dioses sus aperos para realizar las ceremonias. Al llegar a su casa contó rápidamente el incidente a su padre que apoyó su acción y puso a su disposición un carro y dos hombres que le ayudaran en el rescate de aquel hombre. Con la carreta tuvieron que ir por el camino principal y tardaron más de los que Gadea deseaba. Quería que aquel hombre viviera «Dios de la vida, protégelo» rezaba mientras se acercaban al lugar. El ibero seguía inconsciente cuando llegaron, pero la herida del muslo había dejado de sangrar, prepararon unas parihuelas y sobre ellas lo depositaron en la carreta. Recogió las escasas pertenencias y se subió junto al herido, le cogió la cabeza entre sus brazos intentando amortiguar los baches del camino sin darse cuenta que su corazón palpitaba al mismo ritmo que el del herido. Seguía respirando con dificultad y durante el trayecto solo una vez abrió los ojos y fue para sonreírle pero rápidamente cerró los ojos y no respondió a ninguna pregunta. Gadea elevó su pensamiento a los dioses para que no muriera.

En cuanto traspasó las puertas de la muralla y se dirigió a casa del jefe de la tribu la gente se concentró en los alrededores para saber que había pasado. Ya casi oscurecía y todos habían terminado sus labores. La paz había llegado después de muchos años de guerras con los púnicos y romanos y no querían que ahora se rompiera por un incidente que no era de su incumbencia. Alojaron al herido en una de las habitaciones para invitados a petición de Gadea que quería tenerlo cerca y los curanderos comenzaron a examinarlo, Gadea permaneció a su lado y ayudó en el vendaje del cuerpo para que si vivía, las heridas de las costillas se curaran debidamente.

Chalbus, jefe de la tribu y padre de Gadea se dirigió a su gente en cuanto dejaron el enfermo en manos de los curanderos y les explicó que Gadea había visto desde el santuario de la Sierra Pequeña como el ibero había sido herido por unos bandidos que le habían robado su caballo, y lo había dejado por muerto. «No sabemos las causas de la agresión, en cualquier caso intentaremos que viva y cuando pueda nos explique qué pasó, luego decidiremos lo que hacer. Por ahora lo atenderemos conforme a nuestra hospitalidad con los forasteros». Se marcharon refunfuñando por la acogida que se le daba al desconocido, no sabían quién era ni que venía hacer a esta tierra. Tal vez fuera un viajero de paso, pero su aspecto de guerrero les causaba temor.

Gadea pasó toda la noche en vela por si el ibero se despertaba pero no fue así y al amanecer se quedó dormida. Se despertó por el bullicio de la gente que se había congregado en la entrada de la vivienda. Eran los iberos que vivían en el poblado y que antes de irse a sus labores querían verle la cara por si alguno lo conocía. Puso orden y les pidió que pasaran a verlo un momento, de uno en uno. Así lo hicieron y solo uno pareció reconocerlo, un bastetano que se había casado con Salea, hija de Selbus y que era agricultor.

  • ¾ Se parece a Sheraton, Hijo de Sheratus, un antiguo príncipe de Basti, si es él, se marchó con Aníbal hace muchas lunas. Su familia, parte de la cual era rehén de los púnicos, se enfrentó a los romanos y fueron derrotados y masacrados, los que sobrevivieron fueron vendidos como esclavos. Si es él, ahora no es nadie.

Gadea se sobrecogió al oír esa palabras y sintió pena por aquel desconocido que seguramente volvía a su tierra después de sobrevivir a la guerra y no sabía que ahora no tenía donde ir. Ahora lo importante era sobrevivir, lo demás ya se vería en su momento. Tenía pinta de saber solucionar sus problemas. Decidió lavar su cuerpo con agua aromática que ahuyentara los malos espíritus y le fuera más fácil la recuperación. Buscó la esponja de mar que su padre le había conseguido en un intercambio con un comerciante fenicio, y lavó su cuerpo con mucho cuidado por las zonas que no estaba vendado, el íbero de vez en cuando se quejaba de dolor. Tenía la piel clara, tensa y áspera y el pelo moreno, un poco largo, era delgado, alto y bello de rostro. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices «Dios creador de la vida, cuanto ha sufrido este hombre». Cuando llegaron los curanderos le cambiaron la venda del muslo y le limpiaron la herida que presentaba un mejor aspecto, el íbero seguía sin despertar pero ya movía los brazos de vez en cuando y parecía inquieto. «Parece que va a vivir» pensaba mientras preparaba sus cosas para salir a buscar plantas para la despensa de la botica de los curanderos. Aunque ella era sacerdotisa, había aprendido el oficio de los curanderos y ayudaba en todo lo que necesitaban, como la recogida de plantas medicinales y aromáticas. Esa mañana decidió ir sola. Junto a la talega para la recogida de plantas puso su falcata, ella era la única mujer del poblado que la llevaba y aunque los romanos había prohibido llevar armas de guerra, la espada la utilizaban no solo para defenderse sino para cortar todo lo que necesitaban por lo que finalmente el Pretor les había permitido que la llevaran si iban solos, pero no podían llevar escudos ni jabalinas para la caza.

Gadea puso las pertenencias en su barca y se sentó remando rio abajo hasta encontrar las plantas e hierbas aromáticas que necesitaba para la botica. Volvió a su alquería antes del mediodía. Quería saber cómo seguía el íbero.

sábado, 1 de septiembre de 2012

SI YO TE HABLARA DE AMOR


La timidez me hizo parco en palabras habladas, pero la palabra escrita salía con facilidad de mi mente. En mi adolescencia, la timidez se acentuaba con el sexo femenino, encontrar la palabra justa en el momento oportuno era toda una odisea. Pronto descubrí una manera especial de sentir la vida y empecé a escribir poesías donde expresaba mis sentimientos, todo aquello que quería que llegara a otra persona, a veces una amiga, a veces un amor, a veces para nadie. Esa forma de sentir aumentaba la realidad de los sentimientos y los desamores se volvieron dramas terribles. Desde que tuve conciencia del amor siempre me sentí enamorado, amar y ser amado era el objetivo de mi vida adolescente. Con mis cualidades solo llegaba al grado de amigo, muy pronto descubrí que a las chicas les gustaba una de mis cualidades, la sensibilidad poética, y utilicé las poesías para llegar a ellas. La sensibilidad era todo un problema, pues las lágrimas afloraban con facilidad y eso a veces es un incordio, por cierto, que después de mi contacto con la muerte, esa sensibilidad ha aumentado, y ahora, cuando estoy solo, veo las películas llorando, todo un problema que tengo que ir controlando. Pero no era de eso de lo que estaba hablando si no de la sensibilidad poética.

Como me costaba trabajo comunicar mis sentimientos, siempre utilicé la poesía para que ellas supieran lo que sentía. Era otra manera de hablar. A comienzo de 1977 estaba enamorado de una chica a la que llamaba Yusy, “La Loquilla de arriba” y a la que le dirigía mis poesías. En una ocasión, después de una charla con ella, le entregué una poesía titulada “Declaración de un poeta”. Era una declaración de amor en toda regla, pero me contestó que no la entendía. En el recreo le hice una estrofilla rápida y me contestó: “esta es muy corta”. Durante una clase sin que el profesor me viera escribí otra poesía más larga que titulé: “Para cuando lo leas” (y que conste que es difícil escribir mientras el profesor explica). Al salir de clase, por el camino de vuelta a casa, se la entregué, eran dos folios cuadriculados escritos con bolígrafo verde que me devolvió al día siguiente y que ahora tengo en mis manos. Está escrita a la una del mediodía de marzo de 1977, pero no dice que día. Hoy esa adolescente será una señora de cincuenta años, con un marido probablemente aburrido y unos hijos a punto de volar...A Yusy, con el recuerdo del corazón......

PARA CUANDO LO LEAS

Si yo te hablara de amor

te podría dar felicidad,

creo que bien sabes

mi corazón te sabría amar.

—Eso te dije yo—

Es corta tu poesía

—me dijiste tú—

Abstracta como la soledad

breve como la vida

oscura como un callar.

—añadiría yo—

Aparecía tu sonrisa en mi mente

y ya no sabía controlar

las imágenes del pensamiento

que tratabas de ocultar.

Quizás seas tú, mi amiga

escondida en el azar

ocultando la quimera de tu vida

en un continuo saltar.

Tus ojos me dicen deseos,

me piden besos que no puedo dar.

Mis labios dicen “te quieros”

que no puedo pronunciar.

Quisiera escribirte cosas bonitas

alegres e interesantes

–¡lo siento!– pero en este instante

mi pensamiento no me da más.

Sigo pensando en tus ojos

que me dicen la verdad

pequeños, como la primavera

bonitos, como la arena del mar.

Veo tu sonrisa volar

a lo alto de la montaña

rodeada de mariposas

que tus labios quieren besar

y tu piel acariciar.

Quisiera contarte mis sueños

llenos de amor y paz

y solo encuentran el silencio que besa

la soledad.

Si yo te hablara de amor

te podría dar felicidad,

creo que bien sabes

mi corazón te sabría amar.

No creas que estoy enfadado con ella

ni contigo, ni con las estrellas

solo con el amor que me esquiva,

que me huye,

que no me deja llegar a ti.

Continúo escribiendo, sin pensar

este momento del pensamiento

a la una del mediodía del mes de marzo

de mil novecientos setenta y siete

y siento

que no es lo que quisieras oír del viento.

Quisiera escribirte cosas bonitas

alegres e interesantes

–¡lo siento!– pero en este instante

la soledad vuelve a brillar

y el profesor me va a pillar.

((Andos))

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